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Los encargos

 
 

A los tres meses de llegar a Madrid se apareció el novio de una amiga con una bolsa de Nestea, Toddy, Susy, Cheez Whiz y colonia Chicco. Yo no lo había pedido, pero ella es mi pana desde la infancia y sospechaba que esas cosas me harían falta estando tan lejos. Aquél fue, sin saberlo, mi bautizo de regalos y encargos de cosas venezolanas. Un amigo me dice que con tanta Nutella y chocolate por estos lares para qué voy a pedir El Rey, Savoy y Bolero. En el fondo, todos esos sabores me remiten a momentos, a lugares, a personas, a risas de colegio, a meneos en una mata de mango (lo siento , soy de pueblo y sí, jugaba mucho en árboles de mi calle).

 

Hace como un año me llegó una bolsa repleta de chucherías, el remitente dejó olvidada la factura y cuando la vi casi me da algo. Era una cifra exorbitante.  Me sentí malísimo pensando en todos aquellos que me han traído mis tontos antojos, en el dinero que se habrán dejado en un Farmatodo o los sitios que habrán recorrido buscando unos pirulines. Ahora ya no pido nada, porque tampoco hay mucho, la verdad. Así que cuando alguien me anuncia que viene a Madrid y me pregunta si quiero algo, digo: “Tu presencia”.

De todos modos es bonito pensar que tantísima gente ha cargado a lo largo de cinco años con cosas para traerme. Incluso desconocidos que leen mis lamentos en las redes sociales y me escriben a manera de contrabando casi: “Mira chama, tengo unos platanitos y Nestea, si quieres nos vemos”. Es verdad que hay tiendas aquí, que muchas cosas se consiguen, pero el valor agregado del afecto de quien lo manda es importante. Además, hay días en que amanezco pensando en comer mamón o ciruela de huesito. Eso sí está difícil de conseguir y de describir a quienes nunca lo han visto.

Esta semana me han llegado chuches de parte de Tamoa , unos cocosettes que me mandó mi hermana  y una postal que vino desde Miami…¿pueden creer que aún me envío postales con mis amigos? Pues eso, que sí, llámenme nostálgica, pero las envío y las recibo.

Esto de los encargos y regalos es universal para los migrantes. Mis amigos españoles que han vivido fuera dicen que echaban de menos el buen vino, el jamón serrano, el cola cao, las croquetas de sus madres, el gazpacho,  las sepias, los calamares, las frutas, las verduras etc. Ellos lo tienen más difícil para que alguien se los lleve a sus destinos, eso sí. Aunque más de una madre carga con su pata de ibérico para complacer paladares.

 

¿Y  tú? ¿Has cargado con algo para un amigo que vive fuera? ¿Alguien te ha llevado algo insólito que te recuerda a tu infancia a ese lugar de tu nueva vida? Seguro que entregarlo o recibirlo te han sacado una sonrisa y ya con eso mereció la pena.

 

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Un duelo raro

A Juanita Valderrey de González

Briamel González Zambrano

Cuando la parca se lleva a un familiar y se está lejos, el sentimiento es confuso. Hay dolor, claro. El estómago se estruja, pero tú no estás. No lo vives. No acudes al sepelio. Recibes la noticia por teléfono y te quedas en blanco. Luego rememoras todo lo que viviste junto a ese pariente. Ves fotos, quizá.  La garganta se te anuda. Piensas en la última vez que estuvieron juntos. En aquel abrazo antes de que te fueras al aeropuerto… En ese: «Dios te bendiga, mi linda. Llamas al llegar, ¿oíste?».

El cerebro actúa, a veces, de forma extraña (al menos el mío, que está muy maltratadito por tanto chocolate).  Para una parte del istmo del encéfalo, el familiar fallecido sigue vivo. Te olvidas de que ya no está, a lo mejor por el hecho de no haber acudido a las exequias. Piensas en llamarle por teléfono o ves en las tiendas cosas para regalarle. Microsegundos después te viene el recuerdo de que ha partido. Te dices: «Bueno, chama, no estabas. Es válido que la memoria ahogue ese episodio».

En el último año se han ido mi abuela y dos tías adoradas. Menos mal que cuando vivían les escribí muchas cartas y las leyeron con alegría.  Y las llamaba por teléfono y reían. Las tres me preguntaban siempre: “¿Hace frío ahora? Abrígate bien. ¿Estás comiendo como Dios manda? No vayas a adelgazar mucho que te pones fea”.  Esa demostración de amor que es preguntar siempre si has comido …

Un amigo escritor me dijo que estas muertes solo se asumen cuando se va a Venezuela y se comprueba que sus habitaciones están vacías, que hay  fotografías suyas con marcos que parecen mortajas, que en el camposanto hay  lápidas con sus nombres.

En todo caso, estar lejos no hace que el dolor sea menos insondable. La distancia se convierte en un abismo profundo. El Atlántico parece más grande. Te quedas  llorando algo que no ves y a alguien que tampoco volverás a ver y que sigue profundamente dentro de tus pensamientos.

 

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Entre paisajes y afectos



Briamel González Zambrano

Una amiga, que es también mi madre putativa caraqueña, coquetea con la idea del exilio desde hace una década. Cada vez que recrudecen las constantes crisis en Venezuela desempolva el pasaporte europeo de su esposo. Sus hijos ya han cruzado el Atlántico hace unos años. Ella, en cambio, resiste en una Caracas cada vez más hostil, que a veces la sorprende con atardeceres resplandecientes, pero que le deja gases lacrimógenos en su ventana, después de una protesta.

 

Además de las poderosas razones económicas, sus argumentos para no irse siempre han sido los afectos. “No me interesan el verdor de El Ávila, ni las playas, ni Los Roques, ni la música llanera que jamás en mi vida me ha gustado. Paisajes bonitos hay en todos lados. Me importan los afectos, negra. Los amigos de siempre, el cariño, mis herman@s, mi mamá. Los abrazos que son de verdad. Eso no lo encontraré en España ni en ninguna parte”, solía decirme en nuestras conversaciones de sobremesa. Resulta que esos amigos también empezaron a irse, y los hijos de esos amigos y algunas de sus hermanas. En su mente sigue bamboleando la idea de marcharse.

De momento, es una enganchada de las redes sociales y del skype para hablar con sus hijos (incluyéndome a mí, que soy su hija adoptiva). Viene cada año a visitar a sus retoños. Le aterra la idea de convertirse en abuela y no poder disfrutar de sus nietos. No quiere perderse nada de lo que pase en nuestras vidas. Los compañeros de su oficina saben qué estudiaron sus hijos, en dónde viven, qué película vieron el fin de semana, a dónde irán de viaje en el verano. “Solo hablas de ellos ¡Qué fastidiosa, mano!”, le dice su esposo, a quién bautizaremos como “El amoroso”.

Gracias a la oleada migratoria  de últimas dos décadas hay venezolanos en las zonas más apartadas del planeta. Así que, como ella, miles y miles de madres en cada rincón de Venezuela suspiran y tienen fotos de sus hijos vestidos de invierno en la sala de estar. Acumulan en el ordenador y el álbum digital las fotos de sus nietos de distintas nacionalidades. Las enseñan a sus vecinas. Las de más edad aprendieron a enviar correos electrónicos y a hablar por skype. Son adictas a Televisión Española, Univisión, Telemundo, según sea el país de destino de sus vástagos. Rezan cada noche para que nada les pase. Aunque uno haya perdido la costumbre de pedir la bendición o nunca la haya tenido, ellas dicen:  “Dios te bendiga, mi amor”,  antes de colgar por el teléfono.

 

Detrás de todo aquel que se haya ido hay un portraretrato en su ciudad de origen con la foto de la comunión, de los carnavales, la graduación, o la boda. Late la historia de una madre, de un padre, de unos abuelos, de unos primos, de una separación…