Briamel González Zambrano
Cuando trabajaba en Puerto La Cruz un camarógrafo se acercaba a las periodistas mientras esperábamos a algún político o declarante de turno. Nos decía con su rápido acento oriental: “¡Licenciadas, denle de comer a esas peluqueras! Están feísimas. Vayan a alisarse esos cabellos”. Yo me reía. Pensaba que se lo decía a las reporteras de televisión, pero está claro que era un mensaje para todas.
Pasados los años y el triunfo imbatible de alisados japoneses, queratinas y baños de brillo de seda en Venezuela, las exponentes del pelo rizado nos convertimos en una rareza en un país de mestizaje donde hay mulatas, zambas,blancas, morenas, rubias y mujeres de todas las razas. Salir de casa sin someter a tu cuero cabelludo a altas temperaturas es casi como hacerlo sin cepillarte los dientes. Constituye,pues, una actitud temeraria y un descuido imperdonable.
Terca como soy, obviamente no hago caso de modas de peluquería y ostento los rulos sin pudor. Comprendo cierta necesidad de renovación, de cambio de look, de nuevas experiencias capilares. De hecho me lo he alisado en varias ocasiones porque me apetecía, pero de ahí a que te miren con lástima, como si padeces una enfermedad mortal solo por conservar la melena ensortijada, pues no, chica.
Lo peor es cierta percepción clasista de que si conservas la naturaleza de tu pelo es porque estás inmersa en una suerte de atraso, un anacronismo, de estancamiento en el pasado. Vamos, que: “pobrecita ella que no tiene secador ni plancha y sale así a la calle”. Todo esto me llama a la carcajada. Sin embargo, confieso sin acritud mis ganas de ver cuando pase esa moda de lisura y entonces vuelva aquella atrocidad llamada “la permanente” y todas apliquen químicos agresivos y supliquen por tener aunque sea una pequeña onda en su cabeza. Entonces, alguien reirá de último y, reirá mucho mejor.

