Migrantes

Los migrantes esos…

Briamel González Zambrano

Estoy en el parque jugando con mi hijo de dos años. Es sábado muy temprano por la mañana y solo estamos nosotros y tres señoras mayores de pelo blanco cardado en un banco muy cercano. Cuando voy a buscar agua para darle al bebé, escucho oraciones aisladas de la conversación de las doñas.

Mi pequeño se mete a jugar en una casita de plástico del parque y yo alcanzo a oír que una de ellas dice: «me da miedo». Ya con esas tres palabras y el bebé en plena distracción serena, la reportera que me habita decide escuchar como quien no quiere la cosa (yo les deba la espalda).

«Me da miedo, pero no creáis que soy racista ni nada. Ni que digo que los migrantes esos son los culpables de todo y quitan los trabajos y eso, para nada. Lo que digo es que tienen costumbres diferentes. Eso no suele terminar bien. Al principio todo es pasión, pero luego salen las cosas. Me da miedo es que se termine separando mi niña. Que en la familia no hay divorciados», dice.

Yo no doy crédito a lo que pasa, pero no me puedo girar tan descaradamente a ver cuál de las tres era la autora de la frase. Quiero decirle: «señora, el niño que está en la casita es hijo de un español y una venezolana. No sea necia», pero no lo hago.

Otra responde: «¡No seas antigua, mujer! Será por divorcios en este mundo. Se puede separar hasta si se casa con el vecino de toda la vida. No tiene nada que ver que el muchacho sea de otro país. Si se quieren y es buena persona, pues está todo hecho».

Yo sigo con ganas de voltear para identificar a cada una en el diálogo, pero tengo que disimular.

Una tercera relata: «Mira, a finales de los setenta fueron de visita al pueblo en Soria unos familiares de unos vecinos. Venían de América. Era lo único que sabíamos. Se pasaron quince días del verano en la cosecha con mis primos, mis hermanos y lo pasamos fenomenal. Resultó que una prima se quedó prendada de uno de los chicos forasteros y al mes él le pidió matrimonio por carta y para allá que se fue y se casó. ¿Te imaginas el escándalo en mi familia? Nadie estaba de acuerdo porque apenas se conocían y parecía una locura todo. Gente de otro país en aquel tiempo era como extraterrestres»

A punto estoy de preguntar: «¿Y qué pasó? ¿Se casaron? ¡No me deje con esta intriga!

Ella sigue contando: «Pues resulta que mi prima se casó y que el muchacho a los pocos años resultó que se hizo millonario en su tierra. Creo que puso una fábrica de hacer zapatos allí. Mi prima es la que mejor ha vivido de toda la familia todos estos años. Casas, viajes, coches, lujos y muy contenta. Ya se ha vuelto para aquí porque allí la cosa está muy mal, pero en Venezuela vivió unos cuarenta años o así. Lo que te quiero decir es que la vida es una ruleta y que no te preocupes más. Si están enamorados, pues tú a apoyarles y ya está».

Casi aplaudo, pero Mateo se cae dentro de la casa y tengo que ir a ver qué tal la situación.

Se me quedó en la cabeza toda la conversación de las doñitas. Sobre todo, me retumbó lo de «los migrantes esos». Me hizo pensar en lo ocurrido esta semana en Estados Unidos. Los políticos utilizando a los migrantes como arma arrojadiza en medio de sus pleitos. Sin importar que lo han arriesgado todo por cruzar una selva peligrosísima, que han caminado durante horas, quizá semanas y que aún hoy tienen el miedo en el cuerpo. Los migrantes somos personas y no puede ser tan difícil entenderlo. De verdad, primero personas.

Migrantes

Madres que sueñan

Briamel González Zambrano

Hace pocos días me conmovió el relato de una madre venezolana quien me contó que había logrado reunir a sus cuatro hijos en Madrid. Todos, progenitores y vástagos, viven en países diferentes. La mujer lideró la gesta que implicó reunir presupuesto para los viajes de todos, hacer coincidir vacaciones y superar la burocracia pandémica en los aeropuertos con el único propósito de encontrarse todos en un mismo lugar después de más de ocho años.

Esta historia me hizo pensar en cómo valoramos el tiempo con la familia una vez que estás lejos y en las líneas que permanecen inalterables en nuestras listas de deseos, en que llevo siete años sin ir a Venezuela, en que no sé cuándo mi hijo podrá conocer de dónde viene su madre. Aunque tampoco tengo especial prisa porque aún es muy pequeño.

Algo tan sencillo como una reunión familiar entre unos padres y sus hijos es una tarea titánica para muchas familias venezolanas

La madre no quiso ir a museos, ni dar paseos, ni ir a restaurantes, ni exposiciones, ni tiendas. Solo quería tener a sus hijos juntos como si celebraran navidad en plena primavera. Los quería tener cautivos en el piso que alquilaron. Sentados con juegos de mesa, viendo fotos, recordando anécdotas y actualizándose hasta la madrugada, tomando un poco de vino y haciendo videollamadas a primos y tíos. Los hijos se rebelaron un poco del plan materno para poder conocer algo de la capital española, pero la complacieron en estar juntos para todos lados.

“Yo no quería salir porque me da terror el Covid. Ya somos mayores mi marido y yo, pero estar con ellos otra vez, fue cumplir un sueño. Recé mucho para que esto ocurriera. No sé si será la última vez ¿sabes? Así que con esto me quedo, con los días por aquí y la idea de que podamos hacerlo en otra oportunidad”, me dijo suspirando.

Por esas madres que rezan por sus hijos migrantes todas las noches, por las madres que rezan a la vez por sus propias madres que están lejos,  por las que han vencido el miedo a los aviones para ir a ver a sus hijos y nietos por el mundo, por aquellas que tragan fuerte al hablar por teléfono en la distancia de las navidades, los cumpleaños, los nacimientos o los duelos, por las que tienen a todos sus hijos en diferentes continentes, por las que se tuvieron que ir de su país y sueñan con regresar a un lugar donde sea posible el reencuentro. Por las madres que sueñan he escrito estos párrafos. Para desearles, desearnos, un feliz día.

¡Feliz día madres!

Feliz día de la madre 2022
Felíz día de la madre
Migrantes

«Venezuela está ahí»

Briamel González Zambrano

Una amiga que vive en Estados Unidos estaba hace pocos días disfrutando de un crucero en familia. Al pasar por Aruba señaló a un lado de la costa y lo primero que le dijo a sus hijos adolescentes es que: «Venezuela está ahí». En efecto, entre la isla caribeña y el Cabo de San Román hay apenas treinta y siete kilómetros. Me llamó la atención este gesto de mi amiga porque yo también lo hice con mi hijo Mateo cuando estuvimos en Cádiz el verano pasado. Sentados en la arena y mirando al Atlántico le conté que «al otro lado del mar se encontraba el país de su madre, mucha familia y amigos (como si un bebé de meses pudiera entender de geografía y migraciones).

La necesidad de enseñarle a nuestra descendencia sus orígenes creo que acompaña mucho al migrante en general. Ya sea a través de la música, el baile, las palabras, el acento o con gestos como ponerle a la mascota o a la casa nombres como «Caribe», «Amazona» o «Canaima». Porque llega un punto en el que los hijos nacidos en el país de acogida notan que en su hogar se dicen palabras que no oye en la calle, se habla de una forma diferente, hay fotos de lugares lejanos y siempre hay llamadas telefónicas con familiares que viven a muchos kilómetros de distancia.

Mis amigos que son hijos de migrantes en Venezuela dicen, de broma, que sabían que eran hijos de extranjeros porque en la lonchera del colegio había sanduich con chorizo , pizza o bolo do caco, mientras que sus compañeros tenían arepas y malta. También en las navidades, que se comían cosas diferentes y que en sus casas no se hacían hallacas o no había abuelos presentes sino en fotos. Además oían historias de guerras, dictaduras, hambre, fronteras, despedidas, viajes largos en barco, maletas y arribos a puertos como La Guaira o Puerto Cabello.

La maternidad, entre otras cosas, me ha hecho pensar en qué le contaré de la migración a mi hijo y cómo. La información general sobre Venezuela la tendrá en internet, pero las razones de cada migrante son íntimas. Por el momento, ya come arepas, le leemos un libro que se llama «Mis primeras palabras venezolanas», tiene camisetas de la selección Vinotinto y de Los Leones del Caracas que le han regalado mis amigos. Además, desde que estaba en mi tripa le cantaba canciones de «Serenata Guayanesa», así que él ya sabe que «La Pulga y el Piojo se quieren casar».

El otro día echaban en la tele un documental de África. La voz en off del locutor dijo: «estos animales se dispersan por la gran sabana africana». Yo empecé a cantar «Sabana» de Simón Díaz. Mateo se empezó a reir sin entender nada y al final bailó también. Parece que le diré siempre : «Venezuela está ahí», cuando aparezca la ocasión.

Migrantes

El bálsamo de los amigos

Briamel González Zambrano

La vida pandémica nos quitó muchas cosas. Lo primero y más imporante es que acabó con muchas vidas alrededor del mundo. Si llevamos los efectos del Covid-19 a la vida cotidiana nos da como resultado obvio el uso de las mascarillas, pero también la falta de abrazos, de reuniones, de sonrisas, el elíxir de estar con los afectos. Ya van a cumplirse dos años de esta situación. Para quienes somos especialmente amigueros no nos es suficiente el zoom, la cámara del móvil y los mensajes de voz. Aunque yo pensé que esos artilugios tecnológicos eran un buen sucedáneo, ya he pasado demasiado tiempo queriendo a través de las pantallas.

No sé si será eso que los especialistas llaman «fatiga pandémica», pero me he dado cuenta recién de que es una necesidad física estar y hablar con amigos. Más allá del «me apetece», es algo necesario, útil y sanísimo. Sé que no estoy descubriendo América, lo que pasa es que palparlo es muy intenso. Este mes he vuelto a y abrazar a amigas. He llorado con algunas en vivo y directo, en plena calle o en el sofá de su casa por algún infortunio . Hemos recordado juntas nuestro recorrido vital. Con otras he reído a través de una llamada de whatsapp para hablar de la situación del país, de los padres, de los maridos, de los hijos y de los trabajos.

Vino además un amigo de la infancia. Estudiamos juntos en el colegio, bailamos juntos en el teatro muchas veces (era mi pareja oficial en todos los actos culturales) y en nuestra vida adulta nos hemos visto en nuestra natal Puerto Ordaz, en Santiago de Chile (donde él vive con su familia) y este fin de semana en Madrid.Pudo conocer a mi hijo y le quiso contar cosas de su madre, jaja. Yo volví a ver a los suyos que ya están grandísimos.Estos encuentros de amigos de la niñez son siempre gasolina para mi alma y me dejan repleta de recuerdos. «¡Qué nostálgica!» dirán algunos. La verdad es que cuando los panas son familia, el saborcito de encontrarse es una maravilla.

La gente buena con la que uno creció y que ahora está desperdigada por el mundo suele reafirmanos de dónde venimos, cómo hemos sido de pequeños y cómo hemos evolucionado. Asombra la seguridad con la que cuentan tus propias anécdotas. Como sabe él que me importaba la ortografía, la historia o el arte y cómo sé yo que a él lo que le encantaba era estar reparando una moto, un coche y usar las herramientas. La alegría de verse en persona, de escuchar el acento de mi ciudad y de recordar hasta el fotoestudio donde nos sacábamos las fotografías tipo carnet para la inscripción del colegio.

El bálsamo de los amigos es universal. Sin embargo, los migrantes tenemos a nuestros afectos en un mapa mundi raído y vernos nos innuda el alma de chispas de afecto. Por más momentos así para la gente.

Entrevistas, España, Migrantes

 “El venezolano es un excelente pagador y un cliente cumplido”

Juan Pedro Mancin, socio fundador de la empresa Reddo Credit, dejó atrás una vida de veintiún años en Estados Unidos para emprender en Madrid. Su compañía otorga préstamos rápidos y diseña productos financieros para la comunidad venezolana migrante en España. Ya han dado un millón de euros en créditos.

Juan Pedro Mancin, CEO de Reddo Credit, una empresa que otorga créditos a venezolanos en España

Briamel González Zambrano

Mientras hacía hallacas con su familia y un grupo de amigos en Madrid en diciembre de 2019, Juan Pedro Mancin (Caracas, 1977) empezó a macerar la idea de un emprendimiento relacionado con créditos rápidos para venezolanos residenciados en España. En enero de 2020, se reunió de nuevo con sus compañeros y no pararon de moldear el proyecto, investigando al mercado, los competidores y las posibilidades de éxito. El estallido de la pandemia de Covid no les detuvo. En mayo, plena efervescencia de confinamiento, Mancin y sus seis socios registraron la empresa y así nació Reddo Credit, una compañía que otorga préstamos rápidos a migrantes.

Antes de llegar a Madrid en 2018, Mancin vivió veintiún años en Boulder (Colorado, Estados Unidos). Allí estudió Administración en la universidad y trabajó como director en una empresa de telecomunicaciones. También emprendió con un restaurante y fue franquiciado de una cadena de pizzerías. En lo personal, se casó con su novia venezolana, que se fue a vivir con él a Estados Unidos. Tienen dos hijos que hoy tienen quince y once años respectivamente.

.-¿Por qué te viniste a España?

.- Quisimos tener la experiencia de vivir en Europa. De dar un cambio y la oportunidad a nuestros hijos de que vieran otra forma de vivir. Mis chamos son gringos, aunque siempre los llevé a Venezuela para ver a la familia, hablan español, comen arepas, pero crecieron en Estados Unidos y su mentalidad es la de allá. Mi esposa y yo queríamos también que vieran otras cosas. Ellos ya de mayores decidirán lo que deseen hacer. A mi hijo mayor le gusta mucho el fútbol así que está fascinado con el cambio (risas). A la pequeña le costó más al principio, pero ya está contenta también.

.-¿Por qué decides con tus socios diseñar una empresa destinada a venezolanos?

.-Cuando llegamos algunas personas nos sugirieron que emprendiéramos en hostelería, por ejemplo, pero pensamos que es un sector que los españoles tienen muy bien controlado y que sería mejor buscar un área donde aportáramos algo distinto. Así que, por una parte, nos parecía obvio que había un mercado con los venezolanos que nadie estaba explorando. Somos también migrantes. Sabemos que a mucha gente le cuesta ser tomado en cuenta por la banca tradicional. Por otra, tenemos una idea fija que es hacer país fuera del país. Quiero decir, para nosotros hacer que un venezolano prospere con estos préstamos, que monte su emprendimiento, que consiga pagar una deuda sin estar ahogado, que se compre una furgoneta, todo eso es también ayudar a Venezuela en buena medida. Evidentemente somos una empresa y buscamos obtener buenos resultados, pero lo que hacemos también tiene un impacto social.

.-De hecho, fuimos a la Web Summit en Lisboa, un evento dedicado a emprendimientos fintech (de tecnología financiera) y nos dieron el premio de “Startup de Impacto” generando aporte a la integración. El premio lo tenemos puesto en la oficina y me da mucho orgullo cuando lo veo. Lo hemos conseguido en muy poco tiempo, pero con mucho trabajo.

.-¿Qué se necesita para solicitar un crédito a Reddo Creddit?

.-Tener más de 18 años, tener documentación y rellenar el formulario que está en nuestra web. Hacemos un estudio del caso y le respondemos en pocas horas. Puede ser que al día siguiente ya tenga el dinero ingresado en su cuenta. Todo es por internet. No conocemos en persona a la gran mayoría de nuestros clientes. Es una empresa 100% digital. A los clientes que hemos conocido ha sido porque se han ganado algún premio en un sorteo de nuestro Instagram y lo han ido a buscar a la oficina.

.-Nuestros créditos personales van de 300 a 2000€. Prestamos también dinero a los “riders” (repartidores de comida/encargos a domicilio) para que puedan comprarse sus motos. Luego tenemos otros productos como créditos para microemprendimientos, con Pages Seguros tenemos pólizas para familiares en Venezuela, tenemos acuerdo con una clínica de estética y damos créditos para intervenciones allí.  Además, refinanciamos deudas. Le enseñamos a los clientes a tomar decisiones conscientes sobre sus finanzas personales. Tenemos una reincidencia de nuestros clientes del 52%. Es decir, en cuando terminan de pagar un crédito, evalúan la situación y tiempo después solicitan otro.

De izquierda a derecha: Alejandro González, Fernando Pages, José Antonio Cruz y Juan Pedro Mancin, socios fundadores de Reddo Credit. / Foto Cortesía

.- Parece una cifra de reincidencia muy alta. ¿Los intereses de vuestros créditos cuáles son?

.-Varían, pero en los préstamos personales son 10%. Te podría parecer muy alto, pero las empresas de microcréditos que ves anunciadas en la televisión cobran hasta el doble que nosotros. No nos gusta compararnos con este tipo de compañías porque trabajan distinto a nosotros, con plazos muy ajustados, intereses altísimos, sin asesorar bien al cliente, sin revisar si hay antecedentes del cliente en temas de apuestas. Nosotros tenemos otra visión y otra manera de gestionar los créditos. 10% suena alto, pero ten en cuenta que en Reddo prestamos el dinero (en el caso de los personales) casi sin ninguna garantía y el riesgo es altísimo y los créditos son a seis meses en muchos de los casos.  

.-¿Y el índice de morosidad?

.-Muy bajo. El venezolano es un excelente pagador, un cliente cumplido. Si no te puede pagar, escribe un mail, llama para la oficina, plantea el caso, da explicaciones y nosotros buscamos cómo solucionar. En este sentido estamos muy contentos. La respuesta y el compromiso de nuestros clientes es fantástica. El 72% de nuestra clientela es venezolana. Creo que le gusta nuestra empresa porque hablamos como ellos y conocemos de dónde vienen. Sabemos que en muchos casos la banca tradicional no los tiene en cuenta y es por eso que acuden a nosotros. En cuanto al resto de los clientes es de 20% de españoles y hay un 8% de migrantes de otros países.

.-¿Cuál es vuestro mayor caso de éxito?

.-No te podría decir uno porque aunque parezca demagógico en cada crédito estamos solucionando un problema a alguien. ¿Sabes lo que le soluciona a un rider tener su moto propia? También hemos dado un crédito a una chica que montó un mini emprendimiento de impresión (para vender tintas, etc), otro compró su furgoneta. La gente que compra seguros y ve que a su familia en Venezuela la atienden con casos de Covid. Todo esto nos llena mucho. Y si quieres un número, en diciembre pasado llegamos al número redondo de haber prestado ya 1.000.000 de euros. Parece poco para ser una empresa que se dedica a esto, pero si tienes en cuenta que son créditos de 300€, 600€, 2000€ entonces entiendes que se trata de un volumen alto.

Juan Pedro Mancin, Alejandro González y Carolina Páez Pumar, parte del equipo de Reddo.

.-¿Cuál es la diferencia de emprender en España con respecto a Estados Unidos?

.-El primer choque es la burocracia y la lentitud de los trámites. Al principio puede ser desesperante, pero luego lo entiendes. Imagínate que abrir una cuenta de banco para la compañía te lleve varios días. Eso en Estados Unidos es impensable, claro.

.-Pasa el tiempo y te vas adaptando a que así funcionan las diligencias. A veces, aunque quieres las cosas muy rápido, solo es cuestión de paciencia y de saber esperar.

.- En el caso de los temas bancarios también he vivido lentitud como cliente particular. A veces piden firmar papeles y declarar que no lavas dinero (por ser venezolano). Como sabes, tenemos paisanos que traen ingentes cantidades de dinero sin justificación.

.-Sí, claro. Sabemos que pasa eso. Yo tengo pasaporte italiano, pero el documento dice que nací en Venezuela y por eso me piden más requisitos y me hacen más preguntas.

.-¿Qué diferencias hay entre la vida en Estados Unidos y la de España?

.-(Suspira y sonríe un poco). No quiero herir a nadie porque en Estados Unidos fuimos muy felices y dejé a tantos amigos allá, pero vivir aquí es otra cosa. Es trabajar y también saber disfrutar de las cosas buenas y sencillas de la vida. Me fascina ver a media mañana a señora de ochenta años con sus amigas tomando unos churros con chocolate en una cafetería. Un tipo joven que hace un descanso del trabajo, se bebe una cañita en el bar de abajo (no es que se cae a palos, ojo) y vuelve otra vez a su oficina. Esa pausa para comer tranquilamente y seguir en tus obligaciones es una maravilla.

.-En Estados Unidos yo podía ver a gente comiéndose una hamburguesa dentro del coche durante la pausa del semáforo. Hay que construir la agenda cuidadosamente para cumplir con todo, trabajar, buscar a los niños al colegio, ir a reuniones, volver a casa y a lo mejor seguir trabajando. Es un ritmo muy frenético a veces. El tiempo del ocio y descanso no está en las prioridades del día a día. Aquí la gente sí lo tiene en cuenta porque sabe además que es bueno para la salud.

.-¿Qué proyectos tienen en Reddo Credit en el corto plazo?

.-Vienen muchas cosas buenas para los clientes. Una app de Wallet (billetera) desde donde puedan gestionarlo todo, una tarjeta de crédito Reddo y además queremos abrir en Italia y en Portugal donde vemos que hay grandes oportunidades. Todos estos planes son en el corto y mediano plazo.

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Adiós al tío Zam

Briamel González Zambrano

En la librería “La Guaricha” se vendían sopas de letras, crucigramas, muñecas de trapo, variados juguetes de plástico, bisutería, material escolar, novelas y periódicos. Detrás del mostrador estuvo por varias décadas su dueño, mi tío Hildebrando Zambrano. Nadie lo conoce por ese nombre tan antiguo, formal y de calendario. En todo San Antonio de Capayacuar (estado Monagas) le dicen “el maestro Zambrano”, porque durante muchos años fue docente de la escuela de pueblo, donde empezó trabajando como bedel.  

En mi familia ha sido venerado como ejemplo de esfuerzo, trabajo y dignidad. Se encargó de su madre y de sus cinco hermanos pequeños, cuando el padre irresponsable se fue “a por tabaco”, como se dice en España. Se casó con mi tía Hortensia y tuvo seis hijos, mis divertidos y queridos primos. También siguió siendo pilar de las decenas de nietos y bisnietos. Para todos ellos es “Papá Zambrano”.

Mis vacaciones decembrinas del colegio solía pasarlas en medio de la Zambranera. Me metía en la librería a verlo hablar con los clientes. Su voz carrasposa y pausada explicaba los titulares de los periódicos: “Hoy en ‘El Sol’ dicen que el gobernador y que va a venir por esta zona. Vamos a ver si es verdad”, “Navegantes del Magallanes tiene los puntos para ser campeón otra vez”.  Los clientes lo escuchaban como si él fuese el narrador del telediario y yo me quedaba asombrada porque me parecía que era dueño de una sabiduría infinita. Yo estaba ahí dándole a mi plastilina, pero escuchándolo todo. Al final, uno es reportero o cotilla desde pequeño (como lo quieran ver, jaja). Me deleitaba el olor a tinta sobre el papel de los diarios, el mismo que me acompañaría tantos años después como parte de mi trabajo. Veía a mi tío cómo sacaba las cuentas mentalmente y daba el vuelto a los compradores. Yo observaba además la cajita de metal azul donde estaban todas las monedas de cinco y los billetes verdes con la cara bigotuda de José Antonio Páez. Era para mí como los baúles de tesoros que veía en los dibujos animados.

Una vez, ya más grande, mi tío me dijo que se iba a desayunar y que me encargara diez minutos de la librería. Me comentó los precios de cada cosa, me dio la calculadora y aquella caja que ya estaba escarapelada. Como era temprano, todo el que entraba quería sus periódicos. “Deme un Sol y un Nacional”, “Un Sol y un Tiempo, por favor”. “Un Sol y un Meridiano”, así hacía la gente sus pedidos y yo iba repartiendo, cobrando y dando las vueltas. Hasta que llegó un señor mayor y me preguntó que quién era yo: “zapatero a su zapato. Llámeme al maestro Zambrano. Él es quien me vende a mí las noticias”. Me sentó muy mal ese comentario. Le respondí que yo le podía vender lo que necesitara. El hombre respondió: “yo lo espero aquí a que termine. A mí me atiende el dueño”. En efecto, se quedó ahí con su cara de antipático, mientras yo contaba monedas y atendía a los demás. Volvió mi tío. Atendió al señor. Me dijo: “viejo sin manías, no es viejo. Tú tranquila, mija. Hay que saber llevar a los clientes”.

Muchos años después, trabajaba yo en el diario El Tiempo. Estaba en la redacción y me dijeron que en el departamento de distribución preguntaban por mí: “soy el distribuidor del periódico en Monagas. El maestro Zambrano me dijo que si venía por aquí preguntara por su sobrina. Que mi abuelo se negó a que usted le vendiera las noticias y ahora usted es quien las escribe”. Los dos reímos y le tuve que contar la historia con detalles.

A sus casi noventa años, mi tío Zambrano se ha ido ayer de este mundo, dejando un familión de duelo en distintas sitios del planeta y a mi madre como la única superviviente de sus hermanos. Yo recordé esta historia, y muchas otras. Doy gracias porque fue para mí lo más cercano a la figura de un abuelo. En la Nochevieja recordaré cómo siempre cada treinta y uno de diciembre ponía en un LP el poema “Las uvas del tiempo” para recordar a mi abuela, su madre. Le decíamos que era pavosísimo ese poema, que qué fastidio. Hasta que me enteré de que Andrés Eloy Blanco lo escribió en Madrid, pasando unas fiestas lejos de los suyos y dijo:

“Madre, esta noche se nos muere un año

En esta ciudad tan grande, todos están de fiesta;

Zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;

Claro, como todos tienen a su madre cerca;

Yo estoy tan solo madre,

tan solo, pero miento que ojalá lo estuviera;

estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año pasado

que se queda”.

Adiós tío Zam.  

Mi tío Zam ordenando los periódicos en su estantería

España, Migrantes

¡Llégalo, llégalo!

Briamel González Zambrano

Mientras Yulimar Rojas saltaba en el aire hacia el oro y el récord mundial en los juegos olímpicos de Tokio 2020, su compañera gallega Ana Peleteiro brincaba y le gritaba fortísimo y con emoción desbordada: «llégalo, llégalo». Vimos las imágenes de esos momentos, de ese abrazo fraterno, de esa alegría compartida.

Más allá de la incontenible felicidad de ver a España y Venezuela obtener medallas, los gritos de Peleteiro me dejaron pensando en cuántas Anas tenemos los migrantes en nuestras vidas. Cuantos amigos hacemos a lo largo de nuestro recorrido en el lugar de acogida. Cuánta gente buena que se interesa por ti, por lo que pasa en tu país, por lo que quieres conseguir, por cómo está tu familia que se encuentra tan lejos. Esas personas que te animan siempre por solidaridad, por amistad, por compañerismo.

En los casi doce años en España he tenido tantas Anas. Mis amigas de la universidad en Venezuela que ya vivían en Madrid y que fueron las primeras en animarme a que me viniera. Viví y me empadroné en sus casas, me dieron un móvil, la tarjeta SIM, me llevaron a comprar ropa de abrigo y la tarjeta del Metro, me dijeron qué trámites hacer en Extranjería, me inscribieron en el máster cuando yo aún estaba en Caracas y no me habían aprobado la visa. ¡Gracias!

Luego empecé a estudiar y tuve mis amigas de la universidad de aquí. El Latin Team. Un grupete de periodistas de Argentina, Ecuador, Nicaragua y Venezuela. Puros «países potencia», vamos. Nos sostuvimos en el frío, en el calorazo, en las salidas de marcha por Madrid y en viajes con poco presupuesto y muchas ganas. Aún hoy nos sostenemos, hablando de nuestros países y sus tragedias, nuestras maternidades y nuestras vidas. ¡Gracias!

Despues seguí estudiando y conocí a mis amigas de la Universidad Complutense. Mis complugirls. Mi inmersión en la realidad y política españolas. Mi intensivo de cómo la crisis ha tratado a la juventud más preparada de España, que tiene carreras, idiomas, Erasmus y también contratos y trabajos precarios. Condiciones difíciles. Ellas, Yara, Alba y Leti me enseñaron mucho de su país. Algunos de nuestros profesores del máster luego fundarían el partido Podemos. Flipamos. Vivi con Leti en un piso en Plaza Ciudad de Salta y aprendí a convivir con Gizmo, su perro, que no me hablaba porque sabía que soy alérgica. ¡Gracias!

Están los amigos y compañeros que conoces en los trabajos. Isabel que me enseñó refranes de España, la cultura manchega (como buena toledana) y que una amistad puede estar a prueba de aviones, hoteles, proyectos y distancia.
Wendy que, en medio de la gravedad de mi padre, me escribió un email que decía: «Aquí hay links con billetes aéreos a Venezuela. Cómpralo. Vete ya. No haces nada aquí».
A Jana que contesta mis consultas legales y de maternidad (nuestros hijos se llevan solo seis meses) y con ella aprendí que se puede tener las prendas del armario volcadas en un excel (y ahora en Trello).
Pilar que me vio llorando por una catástrofe en Venezuela y me dijo en perfecto andaluz: «esto también se va a acabá, mi negra. Se tiene que acabá». Con ella pasé mi primera Nochevieja fuera de Venezuela. Teníamos guardia y no había nadie en Madrid. :¿Cómo lo vas a pasá sola, mi negra? Te vienes con Nacho y conmigo y punto». ¡Gracias!
Beatriz que me presentó a su amigo de la infancia porque pensaba que nos caeríamos bien. Él es mi amor, mi segoviano, el papá de Mateo. ¡Gracias!
Laura, que vio mi CV y le parecí la candidata perfecta y me contrató. Sergio, Bea y Cris que no entienden por qué soy tan formal en mis correos electrónicos si cinco minutos antes de enviarlos nos hemos tomado un café y hemos echado chistes. Ahora que llevamos un año y medio fuera de la oficina, echo mucho de menos esas risas. ¡Gracias!

Por supuesto que siempre han estado la familia, los amigos de siempre, los de tu infancia y de la vida, pero este post quiere dar gracias a los que hemos conocido en el país a donde llegamos con dos maletas , un ordenador y una lista de tareas por hacer.

Gracias a tantas y tantas personas que te dan su mano, su afecto y que, como Ana Peleteiro, nos van gritando: «llégalo, llégalo». Sin ellos, llegar a las metas no tendría ni el mismo valor ni el mismo sabor ni la misma alegría. ¡Gracias!

En este videíto se puede oir levemente a Peleteiro:

España

Los clásicos del verano en España

Briamel González Zambrano

Para quienes crecimos en zonas tropicales, sin cambios marcados de estaciones, siempre es verano (haciendo la salvedad de los sitios de montaña donde el frío aprieta cuando quiere). De manera que usamos el mismo tipo de ropa todo el año. Quiero decir, que no existían en nuestros armarios los abrigos gordos, ni usábamos a diario botas de caña alta (aunque la tuviéramos porque Zara igual las vendía en nuestro país, ja ja), ni guantes, ni gorros, ni nada con lana ni forros polares. Además, los bañadores y el protector solar estaban disponibles y no guardados durante meses en una maleta o en el trastero.

Entonces te mudas a España, que es un país con estaciones y ves cómo todo el mundo espera el verano con ansias (incluyéndote a ti). Con la llegada del período estival aparecen no solo los bikinis sino también otros clásicos del verano que explico a continuación.

Veranear en la playita

Veranear: Un verbo que no usamos en el Caribe porque allí no existen estaciones marcadas y más o menos siempre hace calor (salvo algunas excepciones). En cambio, en los sitios donde el clima cambia cada cuatro meses, el verano se espera con ilusión y con muchos planes (así sean mentales). Veranear es irte de vacaciones a un lugar, sea una playa, un pueblo de interior, una montaña o al extranjero. Puedes preguntar a un amigo español ¿dónde veraneabas de pequeño?  Te contará sus aventuras infantiles, así sea en el propio patio de su comunidad de vecinos.

La canción del verano. Se trata del tema pegadizo que todas las emisoras radiales ponen a cada rato durante esos meses de calor. La lista de este tipo de éxitos incluye clásicos como “Un rayo de sol”, “Eva María”, “Aquí no hay playa”, “ El tractor amarillo” “Sopa de Caracol” o “El Anillo”. Si eres muy joven y no te suena ninguna, puedes ver el inventario de canciones veraniegas de los últimos treinta años aquí.

Operación Bikini. La dieta o régimen como se dice aquí para ponerte el cuerpo lo más adecentado posible de cara a pasar muchas horas en la playa y con poca ropa. Para las mujeres puede incluir además la manicura, pedicura y la depilación general.

La operación bikini y el viajecito con amigos o familia

El ligue del verano. Esa aventurilla amorosa que puedes tener en tus vacaciones. Casi siempre se remite a la etapa adolescente, pero podría cubrir casi cualquier etapa de la vida.  Al final, el verano es para pasárselo bien. No te enganches, que seguro no vuelves a ver a esa persona en tu vida. Aunque ahora con las redes sociales, pues nunca se sabe.

El pueblo. Si tienes abuelos o padres con pueblo, pasarás una parte del verano allí durante tu infancia. Si haces amigos y tienes tu peña, irás también en la adolescencia. Si no sabes de lo que te hablo, te invito a leer esto de “Tener pueblo en España”.

Campamento de verano. Los padres buscan diversión para los niños y que ellos puedan seguir trabajando. Esto también lo hacemos en el Caribe. De hecho, las empresas grandes suelen tener su “plan vacacional corporativo”.

La piscina. O tienes amigos con piscina, o la tienes en tu comunidad o vas a la piscina municipal cuando el calor arrecia.

Ir a la piscina es un deber en verano.

El chiringuito. Es ese sitio de la playa donde te venden las copas, la comida, los helados, el agua y puedes también sentarte a comer.

Horarios y programación  de verano. Todo  cambia en verano. Parte del sector económico se paraliza entre julio y septiembre. De manera que los horarios de las oficinas, las tiendas, los bancos y muchos servicios cambian. También la programación de la televisión y la radio, que suelen emitir programas más ligeros.

Ola de calor. En las noticias aparece el mapa de España en anarajando en aquellas zonas donde los termómetros pasarán de los 40º. Casi siempre incluye a parte de Andalucía y Extremadura. Siempre se recomienda beber mucha agua.

El calorón nos acompaña y hay que apañarse

Incendios. También por el telediario nos enteramos de que algún punto de España se incendia durante esta temporada.

Aumento de la gasolina. Los precios de los hidrocarburos suelen subir en esta época del año

Cine de verano. Se habilitan espacios municipales para proyección de películas y suele ser una experiencia muy bonita, a la par de cálida.

Festivales de música. También los hacemos en el Caribe, pero aquí se multiplica durante el verano y hay de todo tipo: rock, pop, música celta y lo que quieras.

Entrevistas

“Nunca se deja de ser periodista”

Aymara Lorenzo, quien fuera una de las reporteras más destacadas del canal Globovisión durante trece años, ha lanzado su plataforma digital www.aymaralorenzo.com. En ella ofrece consultoría de comunicación y su web show “Conéctate”, con noticias de actualidad y contenido de desarrollo personal. Además es corresponsal de Radio y Televisión Martí.  

Briamel González Zambrano

Imponente. Así era la presencia de Aymara Lorenzo Ferrigni cuando llegaba a la cobertura de alguna información en Caracas. Por lo menos así la recuerdo yo. Con sus cejas muy arqueadas, sus dientes alineados perfectos y su postura recta saludaba a todos los compañeros con cariño y rapidez. Preguntaba si habíamos visto ya al portavoz, si había nota de prensa. Escribía en un aparato diminuto llamado  T-Motion a sus jefes en el canal. Daba instrucciones a su camarógrafo, al asistente y al conductor de Globovision, el canal de noticias donde trabajó durante trece años entre el 2001 y el 2014. A mí me impresionaba que se sabía todos los grados de la fuente militar, los nombres (o más bien los dos apellidos) de esos uniformados, sus cargos, el componente al que pertenecían y parte de su trayectoria dentro de las Fuerzas Armadas de Venezuela.

Hago una videollamada a Aymara Lorenzo para entrevistarla por el Día del Periodista en Venezuela. Me atiende sentada en su despacho en Caracas. Se había vacunado el día anterior y aún estaba enfadada porque había visto un abuso de poder en el lugar donde le tocó acudir. Le recuerdo la imagen que he descrito en el párrafo anterior, ella suelta una carcajada y me dice: “Bueno, negra, no sabía hacer las cosas de otra manera. Siempre protegiendo a mi equipo. Que supieran dónde poner la cámara era fundamental porque muchas veces íbamos en vivo y porque uno sin su camarógrafo no era nadie. El chofer tenía que tener claro en que parte de Caracas estábamos por si había que salir corriendo. Estar coordinados era muy importante. Con respecto a la fuente militar, cuando me la asignaron empecé a estudiar muchísimo cómo funcionaba. Es un ambiente muy masculino y machista. ¿Cómo me iban a respetar como periodista si no sabía diferenciar a un vicealmirante de un capitán de navío? Tenía que conocer todos los estamentos”. 

Aymara Lorenzo está enfocada en el desarrollo de su plataforma digital. Foto: Guillermo Suárez

Desde que estudiaba Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (de donde egresó en 1995), Lorenzo siempre tuvo más de un trabajo al mismo tiempo y se movía en todos los ámbitos del periodismo. Era reportera de televisión, de emisoras de radio y también redactaba reportajes para diarios regionales. Además de Globovisión, a largo de su trayectoria profesional Lorenzo estuvo en medios como Kys FM, El Tiempo de Puerto La Cruz, Agencia Venezolana de Noticias, CMT, Notitarde, El Mundo, Mágica 91.9 FM, CBS, Venevisión y La Voz de América. En la actualidad es corresponsal en Caracas de Radio y Televisión Martí, que es un servicio internacional que transmite noticias en español desde Miami hacia Cuba.

Su proyecto más personal es la plataforma digital http://www.aymaralorenzo.com, donde ofrece asesorías comunicacionales, formación de vocería (portavoces), además de su web show en Youtube llamado “Conéctate”, donde se entrevistó a sí misma para mostrar su lado más íntimo que siempre ha procurado guardarse. En esa conversación develó que quiso siempre ser actriz, que es amante del teatro y que le interesan mucho la poesía y escribir ficción.

.-Eso de revelar un poco más de ti en la web te costó mucho, ¿no? ¿Por qué ahora?

.-Soy de la escuela en la que nos enseñaron que el periodista no es la noticia jamás. No somos lo que importa a la audiencia. Yo no soy de estar haciendo shows con mi vida.  En el año 2002 me secuestraron y nunca lo dije. Llevé mucho palo por trabajar donde trabajaba, pero me lo tragué porque eran años duros y yo no quería ser la noticia.

Una vez un militar en una sede de Petróleos de Venezuela (PDVSA) quiso desenfuchar el cable de la cámara. Cuando lo ví, saqué el micrófono en señal de darle en la cabeza. Le dije: “Atrévete, pues. Atrévete a hacerlo para que veas”. Un fotógrafo captó el momento y por eso se supo, pero yo no lo hice por la foto sino porque tenía que defender mi trabajo.

Siempre he sido reservada con mi vida personal. Al fin y al cabo, es y quiero que siga siendo mía y privada. Sin embargo, me pareció que al ser mi proyecto la gente se merecía saber un poco más de quién soy, de cómo soy y de cómo trabajo. Durante años proyecté quizá una imagen muy fuerte, muy dura, porque era una coraza para poder trabajar en un mundo de militares, policías y políticos. Quería que me respetaran.

.-Y de repente descubrimos un lado muy sensible. Nos enteramos de que a Aymara Lorenzo le hubiera gustado triunfar en las tablas de un escenario, o escribir poesía o literatura.

.-(Risas) Sí, estuve en un taller de poesía con Edda Armas durante cuatro años. De hecho, escribí poemas (saca un cuaderno y me lo muestra), pero aquí están para mí. Nunca los he sacado a la luz. Supongo que eso me hacía vulnerable de cara a los demás. Hace muchos años quería hacer la Maestría de Literatura Latinoamericana en la Universidad Simón Bolívar, pero no tenía carro, así que la hice en la Universidad Central de Venezuela. Luego cuando tuve carro hice el de Ciencias Políticas en la USB (risas).

Al final, todas las decisiones de la vida te hacen ir por unos caminos y no tomas otros. Al graduarme en la UCAB me gané una beca para estudiar en Madrid, y no me fui por falta de presupuesto. Años después no me fui a estudiar inglés porque en el último momento me ofrecieron un trabajo. Así que el inglés que hablo lo aprendí aquí (risas). ¡Ah, bueno!, y mucho antes, cuando estaba en tercer año de carrera, lo dejé. Me salí de la universidad porque tan solo tenía 19 años y como que colapsé. Mi familia estaba en shock, yo era la mayor y había abandonado los estudios. Estuve en psicoterapia y me ayudó mucho a centrarme y saber lo que quería. Aunque no me dejó bien del todo porque sigo con un cable suelto (risas). Al año volví a la universidad y listo. Supere esa pequeña crisis.

La periodista asesora a empresas y portavoces que quieren mejorar sus herramientas de comunicación.
Foto: Guillermo Suárez.

.-¿Irte de Globovision también implicó una crisis?

.-(Cierra los ojos pensativa por pocos segundos.) La compra del canal fue en 2013 y hubo una estampida. Muchos compañeros se fueron y yo decidí quedarme porque pensaba que no había que ceder los espacios. Aunque ya mi cuerpo me había empezado a dar señales. Me enfermaba y me daban ataques de pánico. Ya se había perdido el respeto a los periodistas, antes en donde te pararas con tu carnet cualquier persona respetaba tu trabajo y todo eso con la violencia que había en la calle se fue perdiendo. Esto también afectaba el ánimo, pero yo seguía. Sin embargo, en febrero de 2014 el canal no dijo nada de la protesta de los jóvenes y los asesinatos. No apareció en pantalla. Como si no hubiera ocurrido aquello. Ese día pensé que ya no podía seguir allí, no podía ser cómplice de ese silencio. No iba conmigo. Así que renuncié y en Twitter hice la travesura de publicar mi comunicado, antes de que lo supieran todos en el canal. (Puede ver el tweet de la renuncia aquí. )

.-En tu reinvención digital estás apostando mucho. Has hecho una página web y potenciado tu canal de Youtube. Cuéntame de este reto.

.-El objetivo es poner mis talentos para ayudar a otros con lo que yo sé, y monetizarlo. Es un mucho trabajo y no estoy sola. Tengo un equipo de personas que son unos magos en sus áreas y que me han ayudado en el tema de marca personal, de posicionamiento, estrategia y lo relacionado del entorno digital y la gestión de mis redes sociales.

Mi conexión con la audiencia es como reportera y es por eso por lo que todos los miércoles hago un live en mi cuenta de Instagram ligado a la actualidad venezolana. A mí me gusta mucho hacer entrevistas y ahora con mi proyecto tengo la oportunidad de hacerlas como me dé la gana. Por eso, mi web show “Conéctate” son conversaciones diversas, de asuntos muy variados que me interesan. Puede ser un  testimonio de Covid-19, de reinvención, de qué es el reiki, la serendipia, o temas de búsqueda personal.

Con mi experiencia de tantos años frente a cámaras y micrófonos tengo mucho que aportar a personas y marcas interesadas en aprender a comunicar sus productos y servicios con claridad y profesionalismo. Hay muchas personas que lo ven fácil, que creen que pueden hacerlo solos, y a veces el resultado tiene muchas carencias. Por eso insisto en que comunicar es un arte, pero un arte que se tiene que estudiar porque tiene técnica. Entonces lo que busco es que mi cliente brille y saque lo mejor de sí. Te digo algo, aunque haga esto, nunca se deja de ser periodista. El que lo vive, lo es las 24 horas. Porque tienes el punto de vista crítico despierto siempre, porque en muchas conversaciones lo que haces es entrevistar a la gente. A veces mi esposo me está contando algo y yo le hago preguntas y me responde: “Estamos charlando. No me entrevistes”. (Se ríe.)  Así que también desarrollé un taller  llamado “Aprende a preguntar con propósito”.

.-¿Para cuándo tendremos el libro de ficción firmado por Aymara Lorenzo?

.- (Sonríe suavemente.) Escribir necesita tiempo. La pandemia me ha dejado algo que no había aprendido en 28 años, que es editar y hacer postproducción. Ahora yo con el teléfono hago de todo para mi plataforma web. Entonces en medio de esto, me di cuenta de que escribir es un acto solitario, profundo y de mirar hacia adentro. No sé si todos los días me quiero ver por dentro (risa sonora). Quizá por eso no he encarado de frente lo de la escritura. A lo mejor estoy siendo poco autocompasiva o muy exigente con lo que te estoy diciendo. Porque ayer justo me senté y lo hice. Escribí una crónica de cómo fue mi vacunación y lo que ví, lo que me disgustó. Sentía que no me podía quedar con eso por dentro. Sin embargo, en general he dejado pasar muchas oportunidades para escribir. Creo que parte del tema de que yo no coja el toro por los cachos es que lleva un trabajo de reconstrucción de mí misma como ser humano y no como periodista.

También te digo que todo el tiempo que tengo ahora es para mi proyecto personal y que tengo que escribir muchísimo: los posts, los textos de la página, las propuestas… Al final escribo muchísimo a diario. Además, he hecho un curso de acento neutro y estoy locutando textos y lo que venga.

Coordenadas de Aymara Lorenzo

www.aymaralorenzo.com

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En la web http://www.aymaralorenzo.com pueden conocer otras facetas de la periodista.
Foto: Guillermo Suárez

Migrantes

Postales rotas

Briamel González Zambrano

Hace pocos días me enteré de que cerró el supermercado de portugueses cercano a la casa donde crecí en mi natal Puerto Ordaz y algo se me ha removido por dentro. La crisis económica también los ha agarrado por la pechera a ellos. Una familia de trabajadores inagotables. Se tranca la puerta de ese lugar con olor a una mezcla de lejía con embutidos y en cuyo aire acondicionado me refugié más de una vez para escapar de los 30 grados de temperatura habituales en Puerto Ordaz. 

Al super de los portus fui muchas veces con mis padres, me encontraba con amigos del colegio, con vecinos, con gente querida. También iba en bicicleta y era una aventura atravesar el “campito” de bicicross que hoy tampoco existe. Fue de los primeros sitios donde pude ir sola para hacer “los mandados”, es decir, comprar el pan, aceite, jamón y queso, Cheez Whiz o Harina Pan. Me gustaba siempre ver el trabajo de las cajeras y su botonera. Observaba cómo sacaban las cuentas, cómo corrían los productos por la cinta negra hacia su destino final que eran las manos de un joven embolsador, quien luego nos acompañaba hasta el coche y esperaba por su propina. “Algo para el refresco”.

Frente al “abasto”, como lo llamaba mi abuela, estaba el puesto de arepas de Mon, un colombiano que empezó vendiendo obleas en la zona y que con gran esfuerzo levantó su negocio que siempre estuvo lleno y al que yo volvía con ilusión. A Mon lo asesinaron unos malandros en marzo de 2015 y fue una conmoción en mi ciudad, para quienes lo conocimos y crecimos viéndole a él y a su mujer Carola detrás de la barra, atendiéndonos con afecto, preguntándonos por la familia y sirviendo unos jugos deliciosos y unas arepas inolvidables.

Sobre la misma acerca del supermercado estaba el kiosco de periódicos de una familia de chilenos. Allí mis padres compraban “El Correo del Caroní”, “El Nacional” y “Meridiano”. El olor del papel periódico se instaló allí de tal manera que, muchos años después cuando trabajaba en redacciones y bajaba a la imprenta, recordaba este kiosco por el aroma. A los chilenos yo les compraba barajitas para los álbumes de “Amor es” y del que estuviera de moda, además de chucherías, claro.

Recuerdo también cómo al otro lado de la ciudad, iba con mis amigas al abasto «La Española», donde la cajera se llamaba Pili (familia de los dueños) y saludaba a casi todos los clientes con su nombre de pila al tiempo que maneja la calculadora. Yo iba con mi amiga María Gabriela a comprar chiclets Adams de colores y Pepito. Allí también olía a embutido. Me pregunto qué será de Pili y de su memoria para la clientela. Google y mi prima me han confirmado que «La Española» sigue en pie. Por lo menos es una buena noticia.

Que todos estos comerciantes (los portus, los chilenos, Mon y Carola, Pili) sean migrantes habla de lo receptiva que fue Venezuela. De sus políticas de puertas abiertas no solo a europeos, sino también a personas que huyeron de las dictaduras que imperaban en el sur de América en la década de los setenta del siglo pasado y de la guerra que no ha dejado respirar saludablemente a Colombia desde hace muchas décadas. Como he dicho varias veces en el blog, los hijos de esos migrantes han hecho el camino de vuelta de sus padres o abuelos. Retoman ese viejo pasaporte y se van a buscar otra vida en esa tierra que habían dejado sus ancestros o en un tercer destino que les sonría y les pinte un escenario de paz.

Hace pocas horas, mientras cerraba la idea de este post, el gobierno tomó las instalaciones de El Nacional en Caracas, debido a una demanda interpuesta por el teniente Diosdado Cabello. Por suerte, los dueños salvaron el archivo físico y digital. No se sabe aún qué pasará con la sede. Trabajé en ese diario a principios de siglo, en otra vida podría decir. Hice amistades para siempre, aprendí, cometí errores, me formé y llevé ese carnet en el pecho con mucho orgullo. Mi época fue en la sede vieja de Puente Nuevo a Puerto Escondido. A este nuevo edificio solo fui de visita, porque yo ya trabajaba en El Universal. Duele igualmente por lo que significa que desde el poder se arrase con todo lo que huela a debate, a ideas y a democracia.

Siendo realistas, uno no espera que los espacios de la infancia se queden intactos para siempre. Eso no suele ocurrir. Lo que sorprende es lo abrupto de la demolición. Las razones por las cuales, de pronto, todo se borre y ya no haya ni super, ni Mon, ni kiosco y tampoco sede de un diario septuagenario. La crisis y los mandatarios desbarrancadores del país tienen toda la responsabilidad de que todo se nos vaya convirtiendo en una postal rota.

Te invito lector apreciado a que pienses en tu vecindario de la infancia, en qué queda de él y sonrías por lo bonito que se vivió allí, que eso no nos lo pueden robar.

Un supermercado cualquiera en la Venezuela de hoy

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