Migrantes

Malabares

Briamel González Zambrano

En una reunión de amigos este diciembre alguien dijo una frase sencilla, una sentencia que es una obviedad, pero que se me quedó dando bandazos en la cabeza. Dijo: “Los venezolanos tenemos sueños que el régimen nos robó, en algunos casos, para siempre”.

No hablaba de grandes metas sino de cosas cotidianas como ir un domingo a pasar el día con los padres, conocer a los sobrinos cuando nacen, verlos crecer, que te pidan la bendición en persona y que les puedas alcahuetear sus tremenduras, darles una mesada y contarles cómo fue una infancia sin internet. Reír juntos, sin pantallas de por medio. Recorrer el país en carretera con amigos y familia para enseñar su naturaleza con respeto y felicidad, con gasolina disponible, sin que haya escasez de agua, sin fallas en el servicio eléctrico, sin alcabalas con guardias matraqueadores. Que los ancianos tuvieran una vejez en paz, con medicamentos, con un sistema de salud que funcione para todos, sin sobresaltos. Que nadie sintiera miedo a decir lo que piensa del gobierno de turno.

Tantas cosas que no han podido ser porque una banda de pillos no ha hecho más que robar, enriquecerse, expoliar y demoler un país a punta de mandarriazos, fechorías y torturas. Un país bonito, con recursos, con gente cálida y divertida, un país del que nos marchamos ocho millones de personas justo porque todos, en un punto, supimos que había sueños que no se nos iban a cumplir si estos impresentables seguían en el poder. Y allí siguen. Muy a nuestro pesar y después de habernos robado unos resultados electorales hace año y medio.

Pese al panorama, somos persistentes. Aprendimos hace rato a querernos en la distancia, a ver ceremonias familiares (bautizos, matrimonios, incluso misas funerarias) a través del teléfono móvil. Algunos intentamos que nuestros hijos nacidos en otro país se aprendan canciones del folklore patrio, yo misma le cantaba el calipso “Bandido” a mi niño, cuando era un bebé, para que se durmiera. Nos empeñamos en que quieran un lugar al que nunca han ido, que sientan ese calor y el abrazo de quienes aún no los conocen, en persona, pero los aman.

Los venezolanos (dentro y fuera) hemos hecho y hacemos tantos malabares para que parapetear que esos sueños robados no desaparezcan del todo, no de una forma irremediable. Por eso en Navidad se hacen hallacas hasta en Australia, o se compran y se comparten, no solo por la nostalgia, que también, sino porque ese rito gastronómico familiar era un sueño, cotidiano, bullicioso, alegre, que nos han querido quitar y que ahora disfrutan ciudadanos desde Canadá hasta la Patagonia, desde Noruega hasta Cádiz. Que nuestra terquedad y persistencia no decaigan. Que nuestros malabares sigan inundando el mundo.

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El invierno más largo

Briamel González Zambrano

Ha llovido durante más de dos semanas en Madrid. La mayor cantidad de lluvia en un mes de marzo desde hace mucho tiempo. Primero entró un temporal, luego una borrasca, luego otra lluviecita y después un frente frío. Y uno, que es del Caribe, pues está ya hasta el moño de sentirse en Londres, de ver el cielo encapotado, usar botas de lluvia, paraguas, chubasquero y de tener el frizz del pelo como el primer saludo frente al espejo por la mañana.

Hartos estamos todos de la lluvia, aunque sea necesaria para llenar los embalses de este país que tiene problemas de sequía, aunque sea bueno para regar los campos, aunque todo vaya a estar más verde en primavera que hoy, se supone, empieza.

Nunca me siento tan de otro sitio como cuando llueve y hiela. Me digo «no soy de aquí» cuando el frío se me mete en los huesos y estoy frente a la ventana del salón de mi casa como Chandler (el de «Friends») mientras ve correr las gotas. Este sensación gélida no es mía, mi piel no la reconoce y me pregunta que dónde estamos, que cómo hemos llegado a este sitio. Y yo le respondo: «Niña, aquí, en casa. Serénate, que estamos en casa. Aunque no entiendas nada. Ya viene la primavera, la alergia, las flores, el polen, otra ropa. Tranquila». Y entonces se calma todo un poco.

Este ha sido, para mí, el invierno más largo de los que he vivido. Venga, primavera, manifiéstate y alegra un poco el ambiente, por fa. Y dile al verano que venga suave, que tampoco queremos rostizarnos. Tampoco estamos para eso.

Lluvia en Madrid, clima, venezolanos en España, Venezolanos en Madrid
España, Migrantes

Quince años, quince lecciones

Briamel González Zambrano

Suena «Tiempo de Vals» con Chayanne diciendo: «Un, dos, tres. Un, dos, tres, sin parar de bailar». Cumplo quince años de haber llegado a Madrid para estudiar un máster de periodismo. La ocasión amerita un resumen con quince lecciones que ha aprendido en este máster que es la vida.

1.- Migrar con amigos es mejor. En Caracas me hicieron despedidas y hasta las maletas, me llevaron al aeropuerto de Maiquetía. En Madrid, me buscaron en Barajas, viví en sus casas, me prestaron ropa de invierno, me empadroné con ellos, me ayudaron con gestiones de extranjería, del móvil, de banco y hasta del abono del Metro. Soy muy afortunada, lo sé. También tener a una hermana y un cuñado en España, ayudó mucho a la integración.

2.-La tecnología es aliada de los migrantes. No puedo ni imaginar cómo fue la vida de quienes migraron cuando no había internet. Saber que puedes hablar y ver por cámara a la familia es un soporte muy importante y un alivio.

3.-Echar de menos a la familia es natural, pero quedarte instalado en ese estadio es peligroso para tu adaptación. Si no la tienes, hay que buscarse una tribu, un hobbie, un incentivo para vencer a la nostalgia.

4.- Cambias. Es inexorable. Desde tu lenguaje hasta tu forma de vestir (porque hay estaciones y tu ropa de Venezuela no te vale para estos climas, ni siquiera los gorros comprados en los andes). Cambia tu pensamiento con respecto a temas, posturas. Pasa el tiempo. Maduras. Creces. Abres la mente a ideas nuevas. También con la edad viene la tolerancia, supongo.

5-No es lo mismo irte a otro país a estudiar, con una visa sellada en tu pasaporte o con documentación en regla (un pasaporte extra), que salir huyendo por una selva, atravesar varios países en autobús y llegar a un lugar, el que sea, pidiendo asilo porque en tu terruño la vida se convirtió en terror. No es la misma vulnerabilidad, ni los mismos trámites engorrosos. No es lo mismo. Todos somos migrantes y a todos, sin importar cómo hayas venido, se nos mueve algo por dentro cuando suena el repiqueteo de la percusión en una gaita, sientes el olor de una hallaca o se oye un merenguito, por ejemplo.

6.-La migración te regala amigos nuevos. Buenos y lindos amigos, que te acompañan, te arropan, te enseñan y te apoyan, que se preocupan de forma genuina por lo que pasa en tu país y preguntan en dónde vas a pasar la Navidad o qué significa «veneka».

7.-Aprendes mucho de tu país cuando estás lejos. La distancia física y mental permite ver con un lente gran angular a la sociedad donde creciste, con sus fortalezas, sus fallos, sus matices. Entiendes tu lugar de origen con más claridad, en muchos casos.

8.-Quizá nunca te acostumbres al invierno ni al calor extremo del verano. Y eso está bien. Te vistes, te arropas, te abrigas, pero cuando llega el frío a los huesos, tu cuerpo te recuerda que no eres de aquí, pero tiras para adelante porque existe la calefacción, las mantas y la ropa calentita. En verano, siempre queda la playa o una ducha para refrescarse.

9.-Echar de menos la playa es un estado de ánimo. Si te has mudado a un lugar lejano al mar y vienes del Caribe, siempre piensas en la playa, aunque haya cero grados afuera.

10.-Valoras mucho más a los migrantes que llegaron a tu país de origen. Piensas en la valentía y el arrojo de los portugueses que llenaron a Venezuela de buen pan, en los españoles e italianos que nos llevaron su gastronomía, sus dotes de comerciantes, sus oficios y sus grandes empresas. Piensas en los colombianos, en los sirios, libaneses, los migrantes que huyeron de la dictadura de América del Sur y que ahora reciben a venezolanos por miles.

11.-Reinventarse, adaptarse, reciclarse. Son verbos tan manidos como reales para los migrantes. Conocí a un cirujano que trabajaba como socorrista en verano, mientras le salía la equivalencia de su título. Una periodista fue la niñera de la hija de unos amigos durante años, un catedrático de Derecho se convirtió en editor y traductor de textos. Y así podría seguir ad infinitum.

12.-Involucrarse con la cultura a la que llegas ayuda mucho a la integración. Que te interesen las costumbres, la historia, el deporte, la gastronomía, la música, el arte, la política y la sociedad a la que has llegado te hará comprender mejor todo y además lo puedes disfrutar mucho.

13.-Puedes celebrar por los dos países. Si ambos ganan en unos Juegos Olímpicos, en torneos de fútbol, en los Oscars o en los Nobel (ojalá un día lo vea a la vez). Tu corazón es más amplio, en ese sentido. Ví cómo España ganó la Copa Mundial en el año 2010. Una felicidad inédita.

14.-Puedes estar triste por los dos países a la vez. Casi siempre por razones políticas, revueltas sociales, pero también por desastres naturales.

15.-Aprendes a celebrar la vida, los momentos. Porque se incrementa tu conciencia que todo está hecho de instantes, que un día ves a tu familia por cámara y a la llamada siguiente tal vez falte alguien. Y ya desde hace tiempo, quince años, el que falta en la foto de todos juntos eres tú.

¿Me ha faltado algo? ¿Qué has aprendido tú (si eres migrante)?

Quince años viviendo en España
Migrantes

Pañuelos en el semáforo

Briamel González Zambrano

Me resulta tan triste como cargante ver en la televisión a racistas que insultan a Lamine Yamal en el estadio Santiago Bernabéu. Un niño de diecisiete años que nos dio grandes alegrías futbolísticas en la pasada Eurocopa. Un hijo de inmigrantes, como mi niño, cuya madre es venezolana. Los cenutrios racistas lo mandaban a «vender pañuelos de papel en los semáforos». En sus cabezas atrofiadas por el fanatismo deportivo y la estulticia no cabe otra cosa que mandarlo a mendigar por un paquete de toallitas.

Ante estos insultos, estas amenazas, siempre me pregunto qué piensan los racistas, qué hay en sus cabezas, qué historias les contaron de pequeños antes de dormir, qué acosador escolar les tocó en el patio del colegio o si tuvieron padres como los de la canción «Plástico» de Rubén Blades que les decían: «no hables con niños de color extraño».

Observo con estupor que los espacios deportivos se están llenando de este tipo de reacciones racistas en España. Siento miedo. Las federaciones y organismos hablan de sanciones, pero los insultos se reproducen como gremlins a los que les echan agua.

Estoy a punto de cumplir quince años viviendo en España. Una sola vez alguien se refirió a mí en términos racistas. Fue hace un par de lustros. Era un joven mantero africano que huía de la policía en las cercanías de la Gran Vía de Madrid. Yo iba con parsimonia. Ni había notado la persecución. Tropezó conmigo de frente y me dijo con su español torpe: «¡Quítate. Vete a tu puto país!». Lo miré directo a los ojos desafiante y con el mentón apretado. El bajó la cara. No sé si de vergüenza, porque todo ocurrió en milésimas de segundos.

En aquél momento pensé en cuántas veces le habrían dicho esa frase, en cómo él repetía una escena vivida y repetida, en si había normalizado e interiorizado eso de «Vete a tu puto país». Intenté, a posteriori, imaginar una respuesta para él. ¿Irme a dónde?, le diría. ¿A cuál país, si al mío me lo han golpeado tanto que no estaría segura de reconocerlo después de las palizas? ¿Irme a dónde? si llevaba años estudiando másters universitarios y encadenando becas de periodismo para no tener que volver al lugar de donde me había ido huyendo de una violencia política atroz. Esas respuestas se quedaron en mi cabeza y ahora las reproduzco aquí.

Quiero vivir en un lugar donde nadie te mande a volver a ninguna parte, ni a mendigar, que nadie te insulte por cómo vas vestido, por cómo luce tu piel o tu físico, o por su preferencia sexual. Parece una declaración hippie o de la ONU. Me da igual. Es lo que quiero para el mundo donde vivo, para el lugar donde crece mi hijo y los hijos de todos. No puede costar tanto tener un mundo mejor y sin racismo. No puede ser tan difícil reconocer al otro. Te pido, lector querido que te asomas a esta bitácora, que no contribuyas tú a esa espiral de insultos, de agravios, de acritud.

España, Migrantes

Hace un mes llovió dentro de mi coche

Briamel González Zambrano

Me desperté a las cinco de la mañana con todo el sigilo posible para no despertar al resto de mi familia. Sobre todo, a mi hijo de tres años. Me acicalé con mi camiseta blanca que dice en todo el pecho “Venezolana”, preparé una mochila con agua, galletas, abanico, un cuaderno y un lápiz. Revisé diez veces que mi cédula estuviera en el monedero. Desayuné un yogurt y mi amiga Patricia me escribió “baja”. Ya eran casi las seis de la mañana, aún no amanecía. Pasaron a buscarme.

Llegamos al centro electoral designado en Madrid y había ya una larga fila, muchas banderas, gente sonriente, alborotada y alguna media dormida, El equipo de organización de la oposición llevaba “walkie talkies” y nos pedía silencio para no despertar a los vecinos, mantener el orden de la fila, nos decía en cuál mesa nos tocaría votar. Me llamó la atención que casi todos ellos tenían acento andino. La periodista Goizeder Azúa, que se ha dejado la piel en esta cobertura, ya estaba corriendo de un lado a otro entre los electores y recogía testimonios e imágenes con su teléfono. También había un reportero de Radio Nacional de España a esas horas. Luego llegarían muchos más.

Patricia, Laura y yo estábamos exultantes de la emoción. De ver a tanta gente, de reconocer nuestro acento, de lo que estábamos a punto de hacer, que era votar. Personas de otros países quizá no logran entender cómo nos puede causar tanta exaltación, o por qué madrugamos. Para nosotros, votar implica contribuir desde lejos con el rescate de nuestro país. Nos sentimos afortunadas porque formamos parte de los sesenta mil venezolanos en el exterior que pudimos ejercer ese derecho, mientras que millones de nuestros paisanos que viven en el extranjero no pudieron registrarse como electores (siendo aptos para votar) y tuvieron que conformarse con ver el proceso en las noticias.

Entramos al centro cultural Fernández de los Ríos. Nos revisaron la cédula. Votamos rellenando el óvalo correspondiente a Edmundo González Urrutia con un rotulador. Todo fue muy rápido. Salimos, hicimos vídeos, mandamos fotos. Ya era de día. Había algarabía entre la gente. Votábamos, pero no nos íbamos porque queríamos estar conectados a ese momento. A las ocho y media, una amiga de Patricia se ofreció a llevarnos a casa en su coche. Yo llegué a mi hogar y todos seguían dormidos. Volví con una cartulina que me preparó Paty que decía “Súbete, te llevo a votar” y la bandera de Venezuela pintada arriba.

Patricia y yo con caras de dormidas y el cartel en la fila para votar.

La idea la tuve el día anterior. Había ido al centro electoral por una entrevista con Telemadrid para hablar de las elecciones. Constaté que la conexión en transporte público para llegar al sitio es terrible. La estación de metro más cercana está a dos kilómetros (que con sol y a más de treinta grados se hacen eternos) hay una parada de autobús en la puerta, pero los domingos de verano ese servicio es mínimo. Así que pensé en trasladar electores desde el metro más cercano para que fueran a votar. Hablé con varios amigos que tienen vehículo. Un par de ellos dijo que sí. ¡La maravilla de los amigos! Y así lo hicimos.

Saqué el coche de mi casa sobre las 9:00 am con la cartulina de Paty en la esquina derecha del parabrisas. Fui directo a la estación “Casa de Campo”. En la puerta había un grupo de voluntarios que orientaba a los venezolanos acerca del camino largo hasta el centro electoral. Cuando llegué, les pedí que les dijeran que yo los llevaba, que estaba aparcada en un lateral.

Lo que pasó en las siguientes cinco horas dentro de mi coche fue un vendaval, un deslave breve, una garúa a veces, un torrente por momentos, un aguacero, un estallido. Con solo decir “buenos días” los pasajeros se emocionaban. “Aquí te responden solo con hola cuando das los buenos días”, me dijo una. Yo les decía lo fácil del proceso, que buscaran su cédula y que todo fluiría. Compartíamos la ilusión, las palabras, la alegría.

“Esto se tiene que acabar, este maleficio se tiene que acabar, señora. Llevo diez años sin ver a mis padres. Eso no puede seguir”, me dijo otra, ya llorando. Le respondí que, si me volvía a decir “señora”, la bajaba de mi auto en el siguiente semáforo, pero no me creyó porque yo también lloraba y reía a la vez.

Subió una familia, dos padres jóvenes con sus hijos de unos ocho y nueve años. Tenían ilusión, aunque los niños parecían no entender lo que pasaba. “¡Qué rico el aire acondicionado!”, dijo la niña. La madre sonrió y me preguntó con cierto recelo que por qué hacía esto, subir a extraños, llevarlos. Yo me reí. Le dije que con esa pepa ‘e sol era casi criminal tener que atravesar las calles para ir votar, que ya habíamos atravesado un océano en avión. El marido le dijo: “¡Chama, pero si vamos aquí con una poeta!”. Reímos los adultos.  

Una mujer llamada Mildred vino desde El Molar, un pueblo de la sierra de Madrid, donde trabaja como camarera. Salió de su casa a las siete de la mañana. Eran ya casi la diez cuando se subió en mi coche. A pesar del periplo iba contenta. Se le veía en la cara. “Mi amor, pero ¡qué bella eres haciendo esto! Tú no sabes el maratón que tengo encima y lo que me queda. Voto y me devuelvo a trabajar doce horas. Esto lo hago porque tengo a mis viejos allá en Guarenas y a mi hijo de quince años que está creciendo sin su mamá, ¿sabes?”. Llora. Calla. Lloro yo. Callamos. Suelto la mano derecha del volante para tomar fuerte la suya durante un minuto. Alcanzo a decir que me haga señas si me ve al salir de votar, que yo la llevo de vuelta al metro. No la volví a ver.

A las diez y cuarto de la mañana y ya había llorado cuatro veces. Lo recuerdo porque me lo dije en salto y me pedí contención. Aunque sabía que quizá era demasiado tarde. “¡Chama, ante todo calma!, me susurré.

Mi amiga Meche me escribió desde el centro electoral para comentarme que ya había votado y que debía irse a Navalcarnero, el municipio madrileño donde vive su hijo, porque su nieta cumplía dos años. Me dijo que se sentía en paz por el deber cumplido. Después de dejarla en el metro, aparqué un rato cerca del centro electoral para saludar a amigos que me decían que estaban allí. Se reunió un grupo grande de excompañeros con los que trabajé en el diario El Universal, también había amigos con los que estudié en la universidad en Madrid, gente muy querida. Mención aparte merece el operativo organizado por Thábata Molina e Iván Dumont, que no podían votar, pero consiguieron (con empresarios y con particulares) donativos de comida y bebidas para ayudar a electores en la fila.

Thábata se acercó al coche con una malta, dos cachitos (que me comí con máxima felicidad) y un par de ponquecitos caseros con una pegatina artesanal que ponía a mano “Viva Venezuela”. Le pregunté qué tal el operativo. Me dijo que había gente que la contactó por Twitter-X para llevarle tartas, bebidas, postres y que estaba gestionando todo eso. “¡Qué emocionante! ¡Qué linda es la gente! ¡Llevo toda la mañana conmovida!”, le comenté. Ella me mostró su brazo y me dijo “Yo tengo piel de gallina con todo esto. Los venezolanos somos buenos, Bria”. Nos abrazamos llorando.

Cachito de felicidad

Fui pletórica a buscar en la estación “Laguna” a Sandra y Antonio, que vinieron desde Barcelona a votar. Chus y Máximo también subieron en ese viaje en el que me secundó mi amigo Javier, que trasladaba electores y tenía una bandera venezolana ondeando como señalización.

Cuando el sol del mediodía arreciaba intenso, no salían pasajeros de la estación “Casa de Campo”. Javier y yo bajamos de los vehículos, nos abrazamos. No habíamos podido hablar bien durante la jornada. Nos actualizamos. Cuando ya estábamos por arrancar hacia el centro, sentí que unos nudillos me tocaron el cristal con fuerza. Miré hacia adelante para asegurarme de que Javier seguía cerca. Me asusté, pero igual abrí porque vi que era una mujer joven, que dejó su coche en marcha detrás del mío.

.- “¡Chama, chama” dijo casi gritando.

.-Y yo, algo nerviosa: “Sí, dime”.

.-¡»Coño, que te quería dar las gracias, carajo! Gracias por hacer esto. Yo no pude votar, pero tengo un buen presentimiento. Algo bueno va a pasar”

Me muestra sus brazos. Piel de gallina. Yo con las lágrimas brotando a lo Candy-Candy. Nos abrazamos sin conocernos.

Hice varios traslados más. Volví a casa y comí con mi familia.

Llevamos al niño a la piscina por la tarde.

Ha pasado un mes desde que llovió dentro de mi coche.

Ponquecito electoral
España, Migrantes

El azucarillo

Briamel González Zambrano

Hace unos años había escasez de azúcar en Venezuela. Mi madre vino de visita a España en ese momento y cada vez que íbamos a una cafetería o a un bar, ella agarraba los pequeños sobres de azúcar que nos ponían sobre la mesa y los guardaba en su bolso. Yo me enfadaba, pero ella respondía: «Acuérdate de que allá no hay». Con la paciencia de una coleccionista, reunió varias decenas de sobres y los metió en una bolsa que fue directo a su maleta. Allí también pusimos latas de atún y otros alimentos imperecederos.

Al deshacer su equipaje en Caracas no había nada comestible. La Guardia Nacional le había quitado todo. Cuando me lo contó, me enfurecí, como es lógico. Eran años muy difíciles (¿cuándo no lo han sido allí?) en los que había gente comiendo mango de las matas de sus casas como único alimento en su dieta. La gente estaba delgada por el hambre. Mi mamá había hecho un pequeño acopio para su supervivencia y se lo robaron. Como nos han quitado tantas cosas, momentos y espacios que fueron nuestros.

Desde hace un par de años, según me cuentan, no hay escasez en Venezuela. Se consigue de todo, de marcas variadas y a veces de dudosa procedencia, aunque a precios que solo unos pocos pueden permitirse. Continúan los problemas en el suministro de la gasolina, la ironía más loca en un país productor de petróleo.

Como esas abuelas españolas que fueron niñas de la postguerra y que guardan y reciclan todo (ropa, comida,juguetes, muebles, electrodomésticos), así está mi madre. A día de hoy está en España y sigue guardando los azucarillos cuando vamos a un bar o a un restaurante. «Nunca se sabe cuánto te puede faltar». Y yo: «pero si te los robaron en el aeropuerto». Y ella: «Eso también puede cambiar».

Venezolanos en España
Migrantes

Paisana

Briamel González Zambrano

Desde hace siete años voy siempre a la misma frutería. Conozco a los empleados que me saludan y me avisan que han llegado buenos mangos, piña o boniato, cuando es temporada. Me hablan con la cercanía de quien ve siempre tu cesta de la compra y se aprende lo que te gusta.

Poco antes del verano hubo cambios de personal. La cajera anterior se jubiló y la nueva solo atinaba a decirme el monto y a darme el ticket y las vueltas atareada y con la cabeza un poco gacha. Hasta que un día llegué a la caja y yo estaba al teléfono con mi madre y ya para colgarle dije: «Dale, chama. Te llamo luego». La chica sonrió como si un chispazo la hubiera tocado. «Son doce con cincuenta, chama», me dijo y volvió a reír. Entonces caí. Le solté en plan de broma: «¿Dónde vamos a parar, pana, con estos precios? Y uno comprando mango y en casa de mi mamá hay tres matas».

Antes de terminar de pasar la tarjeta de débito por el datáfono ya yo sabía que ella es de Acarigua (estado Portuguesa), que lleva menos de un año en España, que nunca había trabajado de cara al público y que estudió Contabilidad. Gracias a esa capacidad nuestra de contarnos la vida en menos de un minuto y sin pausa.

Ahora que escribo esto me doy cuenta de que no sé su nombre. Parece una descortesía de mi parte ni siquiera habérselo preguntado, pero esto tiene una razón. Desde aquel día ella me dice «paisana» y yo a veces a ella. Y también a uno de los reponedores nuevos, que es jovencísimo y me dijo que es de San Cristóbal y tiene su acento gocho intacto. Yo lo saludo preguntándole que qué tal mi gente de Pueblo Nuevo (donde queda el estadio de su ciudad) y me responde: «Con este toche frío, paisana. ¿Uno cuándo es que jeacostumbra?». Y yo le atino a decir que si él es de Táchira y pasa frío, qué quedará para alguien de Puerto Ordaz, donde hay 30 grados todo el año. Reímos. El resto de compradores nos mira con extrañeza.

Mi recuerdo del uso de la palabra «paisano» me lleva a los árabes (sirios y libaneses en su mayoría) de mi ciudad, que sugerían: «tengo un baisano que lo buede ayudar con eso, si quiere». La usaban para recomendar a sus coterráneos. Al igual que los colombianos, los chilenos, los peruanos y así podría seguir. Yo nunca la había usado, ni alguien la había dicho para referirse a mí. Confieso que me gusta la familiaridad que genera. Aunque estos tres paisanos que nos saludamos en la frutería seamos de sitios muy lejanos entre sí (Acarigua-San Cristóbal-Puerto Ordaz), los códigos comunes son superiores a esas distancias en kilómetros sobre el mapa de Venezuela. Tan solo una palabra -paisana-nos conecta con la risa que llevamos dentro, aunque afuera haga un toche frío.

Migrantes

Pensé en decir que sí

Briamel González Zambrano

La secretaria se me acercó y me preguntó ayer en tono bajo: “¿Quiere usted renunciar a la nacionalidad venezolana?”. Yo había llegado hasta la notaría para jurar la nacionalidad española y la mujer me lanzó la interrogante para poner en marcha todo el proceso. Durante una fracción de segundos confieso por aquí que pensé en decir que sí.

Me frenó la imagen de mi padre sobrevolando mi mente. Pensé que su espíritu me jalaría los pies por la noche. También pensé que sería una soberana bobada. Como si responder en forma afirmativa me fuera a salvar de algo. Como si diciendo ese sí, habría de verdad una renuncia. Sería una dimisión administrativa, al consulado, a filas largas, a cédulas, a determinados funcionarios, a creer una y otra vez en elecciones en las que no cambia lo que queremos que acabe.

Esa dejación voluntaria estaría en los papeles, pero no en las emociones. Con esta cara, este pelo, esta piel canela y este acento, no se puede renunciar ni queriendo. Aunque hubiera dicho que sí, sería venezolana donde me pare. Y allí donde fuera diría que soy de Puerto Ordaz, y que estudié en Caracas y entonces para qué tanta tontería de renuncia.

¿Decir que sí iba a hacer que me doliera menos cada vez que veo a mis paisanos cruzando a pie la selva del Darién? ¿Decir que sí pararía el hecho de que me conmueva ver a jóvenes explotados en sus trabajos y pasándolo muy mal en tantos países a los que han migrado sin papeles? ¿Decir que sí iba a hacer que mis amigos españoles no me pregunten cómo están las cosas en Venezuela?

Además, recordé tantos migrantes que vivían en Venezuela y renunciaron a sus pasaportes de origen para poder naturalizarse venezolanos. Eso no les quitó el acento, ni que les dijeran «musiú».

La gente de Voy a emigrar (que me ayudó en el proceso de jura de la nacionalidad) me dijo que ninguno de sus clientes ha renunciado a ser venezolano. Así somos.

Lo reconozco, pensé en decir que sí. Fue un milisegundo. Que nadie se enfade, que nadie se asuste, que nadie me insulte. Solo dije: “¡no, gracias!”

Migrantes

Saldo positivo

Briamel González Zambrano

Diez años. El blog ha cumplido diez años este 27 de junio de 2023. Escribo esta bitácora desde 2013 donde he hablado de irse de Venezuela, de regresar a visitarla, de la familia, de la nostalgia, de las navidades lejos, de los duelos vividos en la migración, de las pérdidas, de los amigos nuevos, de los retos, de los logros y los sueños cumplidos.

En este aniversario de un número tan redondo quiero hablar de lo ganado. Por eso, pedí en la comunidad de Instagram que me contara qué cosas le había regalado la migración. Empezaré respondiendo yo, para que no digan que me escaqueo y que pregunto, pero no relato mi parte.

La migración me regaló lo obvio, pero no menos importante: un nuevo país al que quiero, respeto, al que recorro con felicidad, del que me quejo también por su frío, por su calor achicharrador, por sus trifulcas televisivas innecesarias, por no valorarse todo lo que debería (como si fuera una adolescente llena de inseguridades, cuando está llena de auténticas maravillas).

La migración me regaló nuevas oportunidades laborales, reinvenciones, vueltas a empezar, muchas mudanzas. La posibilidad de explorar mis capacidades profesionales. Me regaló nuevos amigos, nuevos compañeros de camino. Me regaló perdidas y subidas de peso. Me regaló también una mirada nueva sobre Venezuela, aprender a verla desde la distancia, con sus matices, con sus atrocidades y sus beldades.

Me regaló la felicidad de encontrar a mi amor (después de besar algunos sapillos) y de tener a mi hijo, que es la mezcla de dos culturas que se encuentran todos los días entre el «chamo» que le dice su madre y el «guapo», que le dice su padre.

Algunos de mis lectores han tenido la generosidad de contarme lo que la migración ha llevado a sus vidas. Las más repetidas son: oportunidades, nuevos oficios, nuevos amores, hijos, seguridad (física y emocional), amplitud de pensamiento, paz, capacidad productiva, esperanza, evolución personal, emprendimientos, libertad para elegir el rumbo de la vida. El saldo de todos es positivo, aunque haya habido pérdidas en el camino, el cuaderno se llena de un buen balance que nos habla de decisiones hechas a veces con velocidad, con agobios, pero también con resultados. ¡Gracias por responderme!

Gracias por acompañarme estos diez años. Gracias por darme parte de su tiempo para leer mis textos y permitirme contar un poco de nuestra historia común como migrantes.

Gracias, de verdad.

¡Seguimos!

Con cariño, siempre.

Briamel

Entrevistas, España, Migrantes

«Ser médico sigue valiendo la pena»

*Esta entrevista ha sido galardonada con el Premio de Periodismo Miguel Otero Silva que otorga Venezuelan Press en la categoría de narrativa.

Myriam Raquel González Oviedo está especializada en pediatría y dermatología pediátrica, además es periodista. Vive en Madrid desde 2017, donde ejerce como médico general a través de la consulta privada y tiene su canal de Youtube “Depieapiel” en el que imparte educación en salud para la comunidad.  Tiene sus títulos de medicina y periodismo debidamente homologados en España. Aún espera el reconocimiento de sus especialidades por parte del estado español, como se encuentra el 90% de los médicos migrantes extracomunitarios.

Briamel González Zambrano

Cuando tenía ocho años Myriam Raquel González Oviedo diseccionaba pollitos. Los abría en canal y les miraba el corazón y los pulmones. Aunque parece una imagen áspera para una niña, ella lo recuerda con ternura porque cree que ahí estaba preparando sus primeras tablas quirúrgicas. Por aquel tiempo, se había hecho el primer trasplante cardíaco del mundo y ella quería ser cirujana cardiovascular. Se metía en la biblioteca de sus padres y explicaba el procedimiento a sus alumnos imaginarios. Además, en su mente se proyectaba contando sus avances con un micrófono ante una cámara de televisión.

González Oviedo nació en Sao Paulo hace casi sesenta y cinco años. De padre canario y madre colombiana, creció entre España y Venezuela. Durante sus vacaciones escolares cuando tenía catorce años, sus amigos del colegio San Vicente de Paul de Maiquetía la convencieron de que presentara los exámenes para obtener el bachillerato venezolano. Así lo hicieron ella y su hermano, con autorización de sus representantes. Lo siguiente fue estudiar Medicina en el núcleo Aragua de la Universidad de Carabobo. Se graduó tercera de su promoción.

Durante la carrera trabajó en sus ratos libres en Tecni-Lectura, la primera librería médica que hubo en Maracay. Se casó. Tuvo dos hijos (que hoy tienen cuarenta y cuarenta y dos años) a quienes llevaba a clases y daba el pecho entre lección y lección. Estaba tan atenta a sus profesores que sus compañeros le pedían los apuntes.

Siempre tuvo en mente una proyección internacional de su carrera, influenciada por sus padres, su familia y sus mentores académicos. Por ello, organizó congresos, seminarios, iba a Caracas a eventos médicos y además dedicó parte de su tiempo a la investigación y la docencia ad honorem.

Myriam Raquel González Oviedo homologó sus títulos de médico y de periodista antes de migrar a España/ Foto: Carlos Marques

Le hago una videollamada para conversar con ella a propósito del Día del Médico Venezolano que se celebra el 10 de marzo. Me atiende con una sonrisa y arreglándose el peinado, aunque sabe que será una entrevista escrita. Tiene una voz serena y es muy didáctica. Intenta explicarlo todo sin dejarse ningún detalle. Hacemos un repaso de su currículo y le pregunto.

.-¿Por qué cambió la ilusión que tuvo de niña de ser cirujano cardiovascular para ser pediatra?

.-Sucedieron muchas cosas. Ya era madre de dos hijos y me había divorciado. Entonces tuve la oportunidad de concursar y obtener el primer lugar para ingresar al postgrado de Puericultura y Pediatría en el hospital Central de Maracay, que para ese entonces no era universitario y con la colaboración del jefe de departamento y de los compañeros pudimos convertir el postgrado en universitario por la Universidad de Carabobo. Entonces fuimos la última promoción del postgrado asistencial y la primera promoción universitaria de puericultores y pediatras.

Después de cursar muchas materias con especialistas en el área formados en el exterior, me enamoré de la piel de los niños y decidí estudiar el postgrado de Dermatología Pediátrica entre el Hospital Pérez Carreño y el famoso Hospital José Manuel de los Ríos de Caracas. Siempre quise aprender de los mejores médicos alrededor del mundo. Luchamos también para que este postgrado fuera reconocido y ahora se encuentra entre las 17 especialidades pediátricas que hay en Venezuela.

.-¿Y en qué momento decidió ser periodista?

.-Hay cosas que vienen dadas con uno, con la personalidad, algo que va más allá de la epigenética. Yo siempre me sentí un poco docente y también me gustaban las cámaras, la televisión. Lo del periodismo lo decidí porque empecé con un programa participativo de radio en Maracay, en donde la audiencia nos contaba sus problemas de salud y se daban respuestas sencillas a las preguntas. De tal forma que yo quería tener las herramientas de comunicación y de periodismo para hacer el programa con rigor. Las habilidades médicas ya las tenía. Estudié periodismo pensando siempre en el enfoque de salud. Estudié cinco años en la Universidad Católica Cecilio Acosta y egresé como Licenciada en Comunicación Social mención Desarrollo Social.  

.-Y de hecho tiene su canal de Youtube “Depielapiel

.-Sí, lo tengo desde hace muchísimos años. Allí combino mis dos profesiones, converso con colegas acerca de diferentes patologías y temáticas. Siempre con la intención de brindar información veraz y oportuna a la audiencia. También hago directos en mi cuenta de Instagram , que se llama igual.

En el canal de Youtube «Depielapiel» proporciona información valiosa sobre salud.
/ Foto Carlos Marques

.-Algunos de los vídeos más recientes incluyen un ascenso al Roraima en Venezuela. ¿Cómo ha sido volver?

.-Una experiencia muy bonita. Después de seis años regresé. Alcancé la cima del Roraima en compañía de una amiga que fue compañera de mi promoción de médico de la universidad. Antes del ascenso, hicimos consultas a los niños y jóvenes de la comunidad de Paraitepuy de Roraima. Meditamos, nos ejercitamos y disfrutamos de esos paisajes tan hermosos de nuestro país.

.-Entiendo que era la primera vez que regresaba desde que se vino a España en 2017.

.-Sí, yo me vine porque ya mis hijos estaban residenciados aquí. Venía a verlos con frecuencia, pasaba largas temporadas entre visita familiar y congresos médicos. Había homologado mis títulos de médico y de periodista sin pensar en que realmente iba a tener la necesidad de hacer uso de ellos.

Desde esa época en la que venía de visita soy miembro del Ilustre Colegio de Médicos de Madrid (ICOMEM), eso me daba acceso a congresos y a la participación en otras actividades profesionales. El año 2016 fue uno de los más difíciles para mi familia y para mí. Hubo acoso, secuestros a familiares, amenazas, temas relacionados con la inseguridad. El país se estaba deteriorando a pasos agigantados.  La zozobra emocional a la que estaba sometida mi familia que ya vivía fuera de Venezuela motivó a que tomara la decisión de comprar un boleto aéreo a Madrid sin retorno.

(Se le rompe la voz, le saltan las lágrimas que se sacude debajo de sus gafas).

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Yo trago fuerte. Respiro hondo. Alcanzo a decir:

 ¡Qué duro esto que me cuenta! Lo conozco de primera mano porque mi madre vive en Venezuela y es una situación muy difícil.

.-Sí, imagínate. Salir corriendo, dejar la casa donde has permanecido años, dejar mi consulta, los pacientes, los amigos de toda la vida, dejar tu vida que fue muy activa, muy productiva en lo intelectual, en lo económico y sobre todo de labor social a través de la Asociación Venezolana de Dermatología Pediátrica con trabajos en la comunidad, con trabajos docentes. Tener que suspender toda esa actividad porque la inestabilidad y la precariedad sanitaria que se había profundizado fue muy triste y te afecta como ser humano y como profesional.

Volver este año por primera vez y ver mi casa, mis pertenencias tal cual como habían quedado me removió muchísimas emociones.

La doctora González rodeada de pacientes en un trabajo de campo en Kagorogoro (Uganda)

.- Partiendo de que son países y realidades distintas ¿qué diferencias ves entre la medicina de España y la de Venezuela?

.-Comparar la medicina de España y Venezuela no es fácil. Son dos culturas distintas, dos continentes, con situaciones sociopolíticas que influyen directamente en la actividad médica, de investigación docente y asistencial.

En España hay que hacer diferencia entre la asistencia pública y la privada. En España, y hablo como paciente, la sanidad pública a nivel hospitalario es excelentísima en dotación equipos, el recurso humano está muy bien formado. Debuté con una crisis hipertensiva el año pasado y en pocas horas me hicieron el protocolo completo, con la intervención de más de siete especialistas en el área, con la realización de pruebas especializadas y la implementación de un tratamiento oportuno. Eso es una maravilla. Lamentablemente, en estos momentos en Venezuela no se dispone de un servicio de esta calidad a nivel público. Sin exagerar, a lo mejor a nivel privado los recursos tampoco están disponibles en todo el territorio nacional. Esta es una gran diferencia entre ambos países.

Ahora a nivel de atención ambulatoria falta mucho. Tienes que suplicar para que te den cita con el ginecólogo, que te hagan una citología, por ejemplo. Yo fui al oftalmólogo y me vio un solo ojo y me quería dar cita otro día para verme el otro.

En el ámbito privado, que es donde yo ejerzo, va todo como más rápido, aunque hay un déficit de médicos en este momento.

.-Este es un problema serio en el sistema.

.-Sí, la realidad es que hay un déficit de médicos muy grande. De Venezuela han salido al menos cincuenta mil médicos el año pasado, según la Federación Médica Venezolana y de ese grupo, en España aterrizaron cinco mil.

A través de los chats de médicos venezolanos en España en los que participo te das cuenta de que los lapsos son largos y se retrasa el tiempo para el reconocimiento de tu especialidad (para ejercer tu especialidad tienes que ser reconocido). Esto demora durante años la inserción laboral de muchos profesionales extracomunitarios que eligen el Reino de España como destino. Además, retrasa la posibilidad de incrementar y mejorar la atención de los pacientes en España. Podrían estar ayudando a resolver lo que han llamado la crisis asistencial que se ha originado, entre otras cosas, porque los médicos jóvenes españoles aprueban el MIR (Médico Interno Residente) y muchos se van a otros países europeos donde los salarios son superiores a los de España.

Por otra parte, tenemos a los médicos venezolanos que muchos se vienen a convertir en migrantes irregulares. Muchos no viven, sobreviven. Eso es muy doloroso para cualquiera. En el proceso de homologar y de reconocimiento hay mucha discrecionalidad. Es funcionario dependiente. Se trata de profesionales exitosos en su país que se ven obligados a migrar a otras regiones donde el criterio de formación en la carrera no es equiparable. Como ocurre entre Venezuela y España. En Venezuela existen especialidades troncales, se requieren años previos de medicina interna, de pediatría, de cirugía para luego acceder a una especialidad o una supra especialidad y en España la formación es distinta. Hay especialidades que duran cuatro años según el MIR. Se aprecia que existe un problema de discrecionalidad por parte de los funcionaros, porque dependiendo de quién te evalúe las credenciales puedes pasar de un reglón de aprobación a otro. Hay colegas que tienen la misma formación, que crecieron profesionalmente juntos, entregan las credenciales juntos y ves cómo algunos son reconocidos y otros no.

.-¿Qué le regalarías al médico venezolano en su día?

.-Le regalaría un país pujante, un país en crecimiento, un país visionario, un país que se proyecte, un país con calidad humana y les diría que sigue valiendo la pena ser médico. Les diría que no ha sido fácil el camino recorrido ni el que está por recorrer. Se lo diría a los estudiantes que se han quedado en el país y que se han inscrito en los postgrados (que hasta hace un par de años muchos postgrados estaban desiertos, las plazas quedaban vacantes) ya que este año se ha visto que muchos siguen apostando a la Venezuela bonita.

Les diría que sí vale la pena esforzarse, vale la pena tomar el riesgo, vale la pena aspirar a una vida digna como persona, como profesional y sobre todo en pro de nuestros pacientes, para nuestras comunidades. Para eso hay que ser valiente, persistente, organizado y muy estudioso.

Lo más importante es que les regalaría un país de libertades, un país libre.

Myriam Raquel y dos pacientes.