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Vacaciones en la guerra

 
Briamel González Zambrano
 

El pasado 12 de febrero, Día de la Juventud y aniversario de boda de mis padres, empezaron las protestas estudiantiles en Venezuela. Los reclamos legítimos de seguridad, oportunidades y mejoras necesarias en la economía no han cesado desde entonces. De hecho, se han incrementado  y junto a ellos, la represión del gobierno con su cara más cruda.  Muertos, violencia, presos, violaciones de los Derechos Humanos.

 

En medio de este tsunami de manifestaciones fui a Venezuela.  Era un viaje programado desde hace meses.  Primero estuve en Medellín por razones de trabajo. Las noticias sobre el caos venezolano  ganaban espacio en los noticieros colombianos. Las imágenes eran desgarradoras. Mis compañeros me decían que lo pensara bien. Estuve a punto de cancelar el billete e irme a Cartagena con ellos. Después de desvelos y cavilaciones, decidí arriesgarme. Más valía un abrazo de mi familia que las vistas de la ciudad costera Patrimonio de la Humanidad.

 

Fueron dos semanas de comer sabroso, de conversar en familia, de reencuentro con las amigas de siempre, reuniones, risas, fotos, río, cielo y más río,  el calor de Puerto Ordaz y de la gente. Cierto descanso y solaz. Sin embargo, la situación del país estaba sentada a la mesa, como un comensal más, como un amigo del colegio, como un conocido que aparece siempre y que tú no lo invitaste. Como un “arrocero”. Fui con el propósito de no agobiarme ante todo lo que pasaba, de ignorarlo un poco por mi paz interior. No me avergüenza decirlo. Se trataba de mis vacaciones y nada de lo que yo pudiera hacer mejoraría la situación en Venezuela. Así que estuve de misión evasión, pero qué va. Te toca la puerta, es el tema de todos, la angustia de todos, el insomnio de muchos. Los susurros en las casas: “La hija de fulana está en las protestas. Estudia Medicina y dice que va a las marchas porque no tiene futuro, porque quiere un país mejor” . “El marido de mengana está preso. Salió a decirle al GN que dejara de tirar bombas porque había mujeres embarazadas y se lo llevaron”. “Los gochos no van a parar”…  Y así una larga cadena de historias compartidas cada tarde.

 

No hay casi medios de comunicación. Quedan pocos independientes. Cierran por falta de papel,  o los compra un poderoso gobiernero, o tienen miedo y se autocensuran. La gente que quiere informarse ve CNN en español todo el día.  Esto es de inmensa gravedad para la democracia y la respiración de cualquier país. A mí, en lo personal, me afecta como periodista y me hace pensar siempre en el destino de mis amigos que siguen ejerciendo allá.

 

Fue muy raro ver a mi ciudad ardiendo en trifulcas y barricadas. Con una cara diferente, con hogueras y trancas, con semáforos dañados. Muy duro ver esas tanquetas y que venga a la mente el enorme gasto militar del gobierno, mientras que en los hospitales falta de todo.  Se respira  inquietud, irritación, hostilidad, miedo. Hay quien habla de “la primavera venezolana” porque siente que hubo un despertar del sentimiento que aqueja a una gran parte de la población. No sé yo cómo va a parar esto, hacia dónde conduce, ni si tendrá un punto de encuentro.

 

Lo qué sé es lo que vi y que no es nada nuevo, pero asombra a quienes nos fuimos del país. El precio de una casa es ahora similar al presupuesto general que tenía un estado completo hace pocos años. No hay vehículos nuevos, no hay billetes aéreos, no hay leche, no hay mantequilla, no hay aceite, no hay harina, escasea el papel higiénico, no hay tratamientos para pacientes oncológicos. Si encuentras algunos de los anteriores, es a precio de oro.

 

Duele ver la intolerancia. Gente que dice: “En mi casa no entra un chavista”, “Mis hijos no serán amigos de chavistas”, “Todos los opositores son unos asesinos, están entrenados para matar”, “Bien hecho que les cayeron a bombas a esos hijitos de papá, van a ver lo que es bueno”.  Escuchar eso es durísimo. Y lo oí muchas veces.

 
 

No hay reconocimiento de las partes, de los bandos en que se dividió el país. Creo que hemos retrocedido muy atrás en muchísimos sentidos. Hay que reconstruirlo todo y para eso, me temo, se requiere tiempo, paciencia y voluntad.  Quisiera pensar que es posible, aunque de momento, todo está desdibujado. Sé que con este post no he descubierto el agua tibia, solo que el agua tibia me saltó en las manos y me dejó quemaduras.

 

 

¡Dueles, Venezuela, que lo sepas, dueles como una muela taladrando el nervio hasta llegar al cerebro, dueles, pues!

 

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Escapulario ajeno

El lunes llegué a la oficina y me felicitaron: “Ole, ole, ole por ese Goya, guapa”. Me sacaron una sonrisa. Yo había visto la ceremonia y me conmovieron la euforia y el mensaje de Miguel Ferrari. Sin embargo, me hizo gracia que me felicitaran por un premio con el que no tengo nada que ver. Me parecía estar ganando indulgencias con escapulario ajeno.  Quiero decir, no solamente no he visto “Azul y no tan rosa”,  sino que casi nunca iba a ver películas venezolanas. Aquello de “apoyar el cine nacional” no era algo que se me diera bien. No nos caigamos aquí a mentiras, pues.

Pensándolo bien, la noche del Goya, cuando nombraron la película alcé los brazos desde el sofá,  como si yo estuviera cruzando la meta de un maratón. Me gustó escuchar un acento parecido al mío. Me gustó ver a Daniela Alvarado feliz. Me dejó en shock ver que Hilda Abrahams tiene la cara tan intervenida y es apenas un bosquejo de lo que fue su rostro.  Total que acepté mi felicitación como si me hubiera fajado a producir y filmar una peli que no he visto.

Hoy, solo tres días después, me dice un compañero en el ascensor: “Jo, siento lo de tu país. Todo va mal. Lo siento”. Y claro, la web del diario El País abría con la noticia de muertos y heridos en manifestaciones en Venezuela. Esta vez no hay escapulario ajeno. Esta vez hiere, duele y sí me siento involucrada, sí me siento parte de la película. Yo no marché ayer, ni siquiera me desvelé. Cuando mis amigos periodistas me reportaron que había muertos…respiré profundo y me fui a dormir. Apenas eran las 11 pm en España y las 4:00 pm allá.

Encender el teléfono por la mañana y tener el TL del twitter ensangrentado, 7 mensajes de whatsapp con cientos de hilos de mis distintos grupos de amigos preguntándose si están bien, ver el triste papel de los medios, la desinformación y la censura. El mundo al revés. Yo no estoy ahí, pero he estado ahí: en marchas, en manifestaciones, viendo heridos, tragando gas.  No he sido la primera ni la última.  Solo digo que nadie me lo contó. Yo estuve y , por eso, sigo estando.

Un amigo dijo esta semana que la nacionalidad venezolana es agotadora. No puedo estar más de acuerdo, es extenuante.  Es la única que tengo y a veces, como esta semana, la llevo como un saco de piedras sobre la espalda:  pesando, lastimando, doliendo. A ver qué será lo próximo que me dirán mis compañeros de oficina. A ver qué nos traen las noticias…si es que las transmiten.