Van doce años y la memoria de medio mundo es capaz de reproducir la escena de la caída de las Torres Gemelas una y otra vez, tal como la vimos en televisión. Cada aniversario, casi como un ritual del inconsciente, repaso dónde estaba y todo lo que hice aquel día de 2001 en el que cambiaron muchas cosas . Estaba en 4º año de la universidad y hacía mis pasantías en la hoy extinta revista Primicia. En esa redacción viví el terremoto informativo que fue aquello. Cambiar portada, temas, fotos, teléfonos estallando, secciones de Internacional vibrando. Yo llamando y escribiendo correos a mis amigos que vivían en Estados Unidos para que contaran su versión. En fin, movida periodística a tope, se diría en España.
Año y medio más tarde, en marzo de 2003, el embajador de Estados Unidos en Caracas, Charles Shapiro y el alcalde de Baruta, Henrique Capriles hicieron un evento conjunto en el que tuvieron como invitado a jefe de una de la estaciones de bomberos de Nueva York. Yo acudí a cubrir la actividad para El Nacional. El resultado es la nota que comparto a continuación. Aunque no me gusta demasiado el texto, creo que el contenido expresa lo que se dijo en esa reunión. Espero que sepan disculpar los lugares comunes de una veinteañera que escribía con entusiasmo sobre un acontecimiento único. Por cierto, lector ¿dónde estabas ese día?
Historia de hombres entre las llamas
Mientras lavaba su carro, Dan Daly recibió la llamada telefónica de un amigo que le pidió que encendiera el televisor. Daly preguntó “¿Cuál canal?”. El sujeto respondió: “No importa”. Acto seguido, los ojos de este bombero de Nueva York vieron en el transmisor el primer avión estrellarse contra una de las torres del Centro Mundial Del Comercio. El calendario marcaba 11 de septiembre de 2001.
Daly, que es jefe de las estaciones de bomberos de la gran manzana, se dirigió raudo hacia su lugar de trabajo. En la radio, la periodista reportaba: “En este momento veo el edificio cubierto de humo. ¡Oh, Dios mío! La torre desapareció”. Daly no podía creerlo. Aceleró el paso y llegó a la zona cero (lugar donde estaban ubicadas las Torres Gemelas): “cuando vi aquello creí que había aterrizado en otro planeta. El sol radiante se había ido para dar paso a la oscuridad. Le gente corría de un lado a otro llena de sangre. Cuando miré hacia las torres, sólo había humo. De pronto 6500 metros cuadrados habían sido devastados”, contó el bombero.
Guarda vídeos y fotografías de los ataques terroristas. Cuenta que la espiritualidad se hizo presente en el lugar del desastre: “Acudieron personas de todo el mundo para ayudarnos con comida, ropa y con sus palabras. En una esquina había una mesa donde estaban sacerdotes católicos, protestantes y rabinos para cuando quisiéramos rezar. Oramos muchos veces, nos hacía falta. Incluso apareció un quiropráctico para hacernos masajes y relajarnos. Al principio nadie se le acercó porque no era un acto muy macho (risas), pero después la fila era larga porque estábamos muy tensos”, relató Daly.
Adentrados entre los escombros, los bomberos veían a diario verdaderos rompecabezas de cuerpos humanos. El recuerdo más vívido para Daly es el de una mano femenina con el anillo de matrimonio: “cuando la vi, seguí hurgando, pero sólo estaba la muñeca. Entonces pensé en su familia, en que nunca volvería a estar completa”, recordó el bombero, quien esperaba encontrar además computadoras, mesas, sillas, pero la realidad es que nunca hallaron ni un lápiz. Todo el material de las oficinas de las torres se evaporó con el fuego.
Durante los cuatro meses que duró la extinción del incendio en la zona cero, los apagafuegos respiraron aire contaminado con sílice, asbesto, vidrio, polvo de cemento y otros tóxicos. En la actualidad, 300 bomberos están jubilados debido a las lesiones pulmonares originadas durante esos días.
Quizá lo más duro para Daly fue asistir a los 343 entierros de sus colegas caídos entre el fuego y las vigas: “hubo días en que fui a más de 10 sepelios. Ver todo ese dolor, las caras de los hijos, las familias destrozadas, fue muy fuerte”.
En su memoria, el jefe de estación conserva depositadas miles de historias de aquellos días. Entre las más entrañables está la de un bombero que no fue a trabajar ese día porque se sentía enfermo. En cuanto supo la noticia de los ataques, acudió a la estación, pero no había nadie. Tomó un equipo de trabajo y fue a la zona cero, pero antes dejó una nota que decía: “Voy al lugar del incendio. Si no regreso, díganle a mi esposa y a mis hijos que los amo mucho”. Nunca regresó.
Daly contó que estuvo en una escuela de California dictando una charla sobre el trabajo bomberil durante el 11S: “Los niños hicieron una fila para pedirme autógrafos, algo muy poco común para alguien del Bronx como yo, y la última niña de la cola no tenía lápiz ni papel. Cuando llegó hasta mí, me dijo que sólo quería darme un gran abrazo. Con sus bracitos se aferró fuerte a mi cuello. Fui un gran momento para mí”.
Después de ese episodio, Daly tomó un avión y no dejó de pensar en aquella niña: “Pensé en lo asustada que se sentía con el mundo que le estamos dejando. Aunque suene una frase hecha, debemos trabajar para dejarle a los niños venezolanos, a los niños del mundo, un lugar para vivir del que se puedan sentir orgullosos”, dijo Daly, cuando ya las lágrimas de muchos en el auditorio se habían derramado incontenibles.
El bombero concluyó sus palabras diciendo: “Los escombros de la zona cero ya están limpios, pero la maldad del terrorismo no. Sabemos que no hay montaña, isla, orilla de mar que esté a salvo mientras esta plaga exista. Nunca debemos abandonar la búsqueda de un mundo mejor. Los hechos nos dejaron la sensación de que hay muchas cosas por aprender, entre ellas, la tolerancia”.








