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El 11-S en Caracas

Van doce años y la memoria  de medio mundo es capaz de reproducir la escena de la caída de las Torres Gemelas una y otra vez, tal como la vimos en televisión. Cada aniversario, casi como un ritual del inconsciente,  repaso dónde estaba y todo lo que hice aquel día de 2001 en el que cambiaron muchas cosas . Estaba en 4º año de la universidad y  hacía mis pasantías en la hoy extinta revista Primicia. En esa redacción viví el terremoto informativo que fue aquello. Cambiar portada, temas, fotos, teléfonos estallando, secciones de Internacional vibrando. Yo llamando y escribiendo correos a mis amigos que vivían en Estados Unidos para que contaran su versión. En fin, movida periodística a tope, se diría en España.

Año y medio más tarde, en marzo de 2003, el embajador de Estados Unidos en Caracas, Charles Shapiro y el alcalde de Baruta, Henrique Capriles hicieron un evento conjunto en el que tuvieron como invitado a jefe de una de la estaciones de bomberos de Nueva York. Yo acudí a cubrir la actividad para El Nacional. El resultado es la nota que comparto a continuación. Aunque no me gusta demasiado el texto, creo que el contenido expresa lo que se dijo en esa reunión. Espero que sepan disculpar los lugares comunes de una veinteañera que escribía con entusiasmo sobre un acontecimiento único. Por cierto, lector  ¿dónde estabas ese día?


Historia de hombres entre las llamas
Briamel González Zambrano

Mientras lavaba su carro, Dan Daly recibió la llamada telefónica de un amigo que le pidió que encendiera el televisor. Daly preguntó “¿Cuál canal?”. El sujeto respondió: “No importa”. Acto seguido, los ojos de este bombero de Nueva York vieron en el transmisor el primer avión estrellarse contra una de las torres del Centro Mundial Del Comercio. El calendario marcaba 11 de septiembre de 2001.

Daly, que es jefe de las estaciones de bomberos de la gran manzana, se dirigió raudo hacia su lugar de trabajo. En la radio, la periodista reportaba: “En este momento veo el edificio cubierto de humo. ¡Oh, Dios mío! La torre desapareció”. Daly no podía creerlo. Aceleró el paso y llegó a la zona cero (lugar donde estaban ubicadas las Torres Gemelas): “cuando vi aquello creí que había aterrizado en otro planeta. El sol radiante se había ido para dar paso a la oscuridad. Le gente corría de un lado a otro llena de sangre. Cuando miré hacia las torres, sólo había humo. De pronto 6500 metros cuadrados habían sido devastados”, contó el bombero.

Guarda vídeos y fotografías de los ataques terroristas. Cuenta que la espiritualidad se hizo presente en el lugar del desastre: “Acudieron personas de todo el mundo para ayudarnos con comida, ropa y con sus palabras. En una esquina había una mesa donde estaban sacerdotes católicos, protestantes y rabinos para cuando quisiéramos rezar. Oramos muchos veces, nos hacía falta. Incluso apareció un quiropráctico para hacernos masajes y relajarnos. Al principio nadie se le acercó porque no era un acto muy macho  (risas), pero después la fila era larga porque estábamos muy tensos”, relató Daly.

Ni un lápiz

Adentrados entre los escombros, los bomberos veían a diario verdaderos rompecabezas de cuerpos humanos. El recuerdo más vívido para Daly es el de una mano femenina con el anillo de matrimonio: “cuando la vi, seguí hurgando, pero sólo estaba la muñeca. Entonces pensé en su familia, en que nunca volvería a estar completa”, recordó el bombero, quien esperaba encontrar además computadoras, mesas, sillas, pero la realidad es que nunca hallaron ni un lápiz. Todo el material de las oficinas de las torres se evaporó con el fuego.

Durante los cuatro meses que duró la extinción del incendio en la zona cero, los apagafuegos respiraron aire contaminado con sílice, asbesto, vidrio, polvo de cemento y otros tóxicos. En la actualidad, 300 bomberos están jubilados debido a las lesiones pulmonares originadas durante esos días.

Quizá lo más duro para Daly fue asistir a los 343 entierros de sus colegas caídos entre el fuego y las vigas: “hubo días en que fui a más de 10 sepelios. Ver todo ese dolor, las caras de los hijos, las familias destrozadas, fue muy fuerte”.

En su memoria, el jefe de estación conserva depositadas miles de historias de aquellos días. Entre las más entrañables está la de un bombero que no fue a trabajar ese día porque se sentía enfermo. En cuanto supo la noticia de los ataques, acudió a la estación, pero no había nadie. Tomó un equipo de trabajo y fue a la zona cero, pero antes dejó una nota que decía: “Voy al lugar del incendio. Si no regreso, díganle a mi esposa y a mis hijos que los amo mucho”. Nunca regresó.

Daly contó que estuvo en una escuela de California dictando una charla sobre el trabajo bomberil durante el 11S: “Los niños hicieron una fila para pedirme autógrafos, algo muy poco común para alguien del Bronx como yo, y la última niña de la cola no tenía lápiz ni papel. Cuando llegó hasta mí, me dijo que sólo quería darme un gran abrazo. Con sus bracitos se aferró fuerte a mi cuello.  Fui un gran momento para mí”.

Después de ese episodio, Daly tomó un avión y no dejó de pensar en aquella niña: “Pensé en lo asustada que se sentía con el mundo que le estamos dejando. Aunque suene una frase hecha, debemos trabajar para dejarle a los niños venezolanos, a los niños del mundo, un lugar para vivir del que se puedan sentir orgullosos”, dijo Daly, cuando ya las lágrimas de muchos en el auditorio se habían derramado incontenibles.

El bombero concluyó sus palabras diciendo: “Los escombros de la zona cero ya están limpios, pero la maldad del terrorismo no. Sabemos que no hay montaña, isla, orilla de mar que esté a salvo mientras esta plaga exista. Nunca debemos abandonar la búsqueda de un mundo mejor. Los hechos nos dejaron la sensación de que hay muchas cosas por aprender, entre ellas, la tolerancia”.

28 de marzo de 2003
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Guayabo mix

El verano da sus últimos coletazos y se lleva a su paso la alta rotación de visitantes venezolanos  que suelen acercarse por Madrid  aprovechando el estío.   Esta semana han coincidido 4 de mis amigas amadas que vinieron desde  Sao Paulo, Sídney, Londres y Caracas. Una reunión más esperada que los Juegos Olímpicos, el Mundial de fútbol, un concierto de Madonna o U2.

Al vernos en vivo después de años, reímos, hablamos por horas, por jornadas laborales enteras, en verdad que hablamos sin parar: de nuestras vidas, nuestros amores, desamores  y nuestros sueños. Caminamos por la ciudad (Tour Madrid by foot by Bria). Recordamos y llamamos por teléfono para importunar a nuestros panas en común que viven en Estados Unidos, Venezuela, a donde nos cayó la llamada y nos alcanzó el saldo. Ellos también rieron y gritaban emocionados al otro lado del auricular. Y el tiempo se detuvo, claro. Y no hubo fronteras, ni diferencia horaria, ni pasaportes, ni estatus migratorios, ni otro idioma que no fuera el español. Volvíamos a estar juntas, volvíamos a mirarnos sin una pantalla de skype de por medio. Volvíamos a pensar en las aulas de la UCAB donde estudiamos Letras, a recordar las playas que recorrimos, las fiestas a las que fuimos, los exámenes, los barrancos por los que nos lanzamos, resucitamos a “ex” propios y ajenos  a quienes la memoria había omitido sabiamente.  ¡Qué afortunadas!

Mientras escribo esto ya ellas han llegado a sus casas o vuelan hacia su destino, alguna espera en Barajas y otra hace escala en Bali. Escribo, pues, desde la oquedad profunda que deja el guayabo (*) de los amigos que pasan un rato apurruñados, pero salen corriendo al que ahora es su hogar. No me regodeo en la congoja, sino en la alegría de saberlas, de tenerlas,  de las certezas, del reencuentro, de la risa. Ya me lo dijo otro gran compaladre hace poco más de un año en Miami: “Tranquila mi negra, el mundo es nuestra aldea y nos seguiremos encontrando”.  Y así  ha sido. Sin embargo, siempre se me afloja la nariz, los ojos se lubrican y aprieto fuerte los labios durante el abrazo de despedida. Sin saber cuándo se repetirá un encuentro así.

Nuestras largas tertulias me refrescaron el alma entre tanto sopor veraniego. Me dejaron además mucho material para el blog y muchos recuerdos  instalados en las esquinas madrileñas por las que hemos paseado.  Aún me quedan un par de visitas que están programadas para septiembre. Y así se pasa la vida, de guayabo en guayabo ( como una vieja canción de Cristina Maica, jeje).

Cuando mis papás hacen reuniones en casa y va su pandilla y cantan hasta que amanece, mi madre sostiene su copa y suelta a lo largo de la noche la misma frase como un credo: “¡Qué grande es tener amigos!”.  Tienes razón, mamá.

(*) Aclaratoria para lectores no venezolanos: Guayabo en mi país quiere decir desconsuelo, despecho, desazón o pena de amor.

A continuación el vídeo de la canción «Lo que sueñas vuela» de Marlango. Si tienes un grupo de amigas, pasa  y ríe:

 

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Neverland

Briamel González Zambrano

Cada vez que vienen de visita a Madrid amigos que residen en Venezuela se me alborotan los recuerdos, los personajes y las preguntas. Los interrogo sobre todo: cómo están los panas, los hijos de los panas, los precios de las cosas y los salarios (un evidente ejercicio de masoquismo), los cambios en las ciudades, el estado de las playas, hasta por el tipo del estacionamiento que me saludaba siempre: «¡Adiós, flaca-reportera!». Pretendo, pues, que me hagan una fotografía de aquello.

 

Ellos, que suelen venir a despejarse, a montarse en trenes y conocer sitios nuevos, me ven con cara de cansados, pero me dan algunas pinceladas. Hablamos durante horas como radios fiados. Nos acordamos de fulano y mengano. Reímos. Yo les muestro la ciudad (tour Madrid By foot by Bria, lo ha bautizado la visitante más reciente). Así pasamos los días hasta que les toca irse.

 

Confieso que este ritual me repotencia. Es el “vamos a echarnos los cuentos” que hicimos siempre, antes de que el Facebook se convirtiera en el telediario que nos cuenta las novedades en la vida de los amigos y de aquellos que no lo son tanto. Sin embargo, es rudo escucharlos hablar con rabia de la inseguridad, de la inflación, de las peripecias que hacen para rendir el dinero y para vivir con cierta tranquilidad.

Sin duda, la respuesta más dura que he recibido a mi cuestionario me la dio un amigo que me visitó el invierno pasado. Estábamos en un bar del centro. Él tenía una copa de vino casi vacía en la mano, la puso con fuerza sobre la mesa, me miró a los ojos me dijo: “Óyeme bien y que no se te olvide. Ese país que recuerdas, ese que añoras…ya no existe, no está, no es. Aquello es otra cosa. Una mierrrrda grandotota. No sigas preguntando porque no te va a gustar lo que vas a oír”. Tragué duro. Me ajusté las gafas. Le pedí otra ronda al camarero y nos quedamos en un incómodo silencio, como de ascensor, como de funeraria más bien. Aquello fue como un portazo a todas mis curiosidades.

 

La verdad es que no me la paso diciendo que vengo del “mejor país del mundo, el lugar más hermoso del planeta”, ni me jacto de que: “los venezolanos son las personas más solidarias y buenas del universo”. No repito esos lemas que quedan bien para folletos de turismo, pero que los periódicos demuestran que en buena medida están desapareciendo. Tampoco hago lo contrario. No hablo pestes del país. Me salen palabrotas, quizá, cuando pasan cosas terribles. Me hierve la sangre, sí. Sin embargo, me di cuenta de que evito hablar del tema a menos de que alguien me pregunte y entonces le asesoro en materia de viajes, de gastronomía, folklore y hasta en las palabras que debe utilizar y las que no debe decir si va para allá.

Una amiga que vive en Nueva York y que se caracteriza por un sentido del humor desternillante me escribió hace poco a propósito del blog y me dijo: “Desde hace mucho tiempo le digo a la gente que yo vengo de un lugar que ya no existe. En inglés es fácil porque digo Neverland, como Peter Pan”. Hoy,que he leído el reportaje de mi amiga Laura Weffer sobre los asesinatos de niños en los barrios del país, me pregunto qué ocurre. Qué sociedad es aquélla. Qué nos pasó. Coincido con el concepto de Neverland, vengo de un país que ya no existe.

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¡Cosas de niños!


A la una, la luna

a las dos, el reloj, 
que se casan la aguja 
y el granito de arroz. 
Tinquin tiquitinquin tiquitinquin, tiquitinquin 
Tinquin tiquitinquin tiquitinquin, tiquitinquin

 

(«A la una». Canción infantil. Serenata Guayanesa)
 
 
 
 
 

Briamel González Zambrano

 

No sé si es un invento de las jugueterías, de las cadenas de comida rápida, del gobierno venezolano o de Naciones Unidas. Lo cierto es que el Día del Niño llegó después de que yo fui niña. Sin embargo, y para no pasarlo debajo de la cuerda, desde hace un par de años unas compis y yo participamos en el hastag en twitter: #cuandoeraniña y compartimos recuerdos y risas. Comparamos la infancia de los ochenta con la de ahora. Confirmamos que son distintas y parecidas a la vez. La nuestra fue una niñez sin internet, ni consolas, ni tabletas, ni teléfonos móviles. Jugábamos stop, tocaíto (la «ere» le dicen los caraqueños), pisicorre, etc. Los peques de hoy están inmersos en un mundo repleto de tecnología, dispositivos táctiles, videojuegos y restricciones para salvaguardar la seguridad.

La jornada tuitera tiene dos temas infaltables: de qué te disfrazabas y qué querías ser cuando crecieras.  Aquí estallan las carcajadas y los asombros al pensar en nuestros trajes que se conservan solo en las fotos y en las aspiraciones profesionales de la infancia.

En cuanto a los disfraces, Disney nos dejó princesas para repartir. Vimos Cenicientas, Bellas Durmientes y Caperucitas Rojas tomando frescolita en ese festival de glucosa que son las fiestas infantiles. Muñecas, Fresitas, Pitufinas, Abejas Maya, Bellas Genios, bailarinas de charleston y de flamenco, payasit@s, y esqueletos estaban también en la lista. Decenas de madres ahorradoras zambulleron a sus niñas en el traje de ballet como disfraz y listo. Un trío de hermanas encarnaban a las chicas de Los Picapiedras: Betty, Vilma y Pebbles. La panda formada por “Los Superamigos» acaparó nuestro mundo: los armarios, las piñatas, las barajitas y los álbumes de fotos que hoy algunos quisieran romper. Mis amigos iban de El Zorro, Batman, Superman, Acuaman, Ultraman, Flash, El Hombre Araña, y hasta de Los Gemelos Fantásticos. No sé si el olor del plástico que tiene el empaque del traje produce algún síndrome o efecto narcótico, pero hay quienes se quedaban durante meses con las capas puestas, dormían con ellas y brincaban entre los muebles intentando salvar al mundo y luchar «por la justicia», pese a los gritos maternos de: «¡Hazme el favor de bajarte de ahí que no vas a volar y te vas a quedar sin dientes!».

Mis amigos caraqueños me cuentan que los llevaban a un desfile en Los Próceres. Mientras tanto, en Puerto Ordaz, en mi particular Salón de la Justicia, yo levitaba con mi traje de La Mujer Maravilla que me compraron en la tienda “Infantiles Veruschka” del Centro Comercial Zulia y que me ponía con absoluta felicidad. Me metía en el personaje, imaginaba mi avión invisible y me encantaba el momento de maquillaje, cuando mi mamá me decía: “cierra la boca, estira los labios y no te rías”. Y yo me quedaba quietecita, oliendo el labial como si aquel cosmético estuviera a punto de concederme superpoderes. El toque final lo proporcionaba la colonia Chicco y listo, quedaba convertida en aquella maravillosa heroína (y olvidaba por un momento que era una niña asmática, con sinusitis y muchas alergias).

Cuando le conté esta anécdota a mi sobrino en unos carnavales, me dijo con socarronería:
-Pero tía, La Mujer Maravilla no es negra.
-¡Por eso se llama disfraz, mijo! -contesté enfurecida
-Te hubiera quedado mejor el de negrita -insistió.
.-Veo que no entiendes el concepto de disfraces, dejemos esto así -alegué.
Él solo tenía 6 años, claro.
Ahora tiene 14 y me dice: “¡Tía ,yo tenía razón!” ¡Qué atrevido!
Hubo niños que escaparon de los estereotipos de la tele y, de hecho, ni tenían ese aparato en su casa. Me ha conmovido en especial mi pana Douglas, que confesó que lo disfrazaban de “barbudo cubano” o del ayatolá iraní Jomeini. Me dio una ternura imaginarlo en un carnaval con su carita y su uniforme de Fidel diciéndole a su amiguito en la fiesta: “Superman, pásame una bolsa de boliqueso, por fa”. ¡Ay, qué cuchi!

La presentadora Mariela Celis siempre cuenta que la disfrazaban de El Jorobado de Notre Dame. Imaginarla da risa, pero… no me lo creo. De ser cierto, la madre  fue más despiadada que Cruela de Vil.

En mi época universitaria vi cómo la transculturización había llevado el Halloween a las urbanizaciones cerradas del sureste caraqueño, donde los niños iban tocando timbres y diciendo: “trick or treat”. El jocoso padre de una amiga no congeniaba con la idea y nunca tenía chucherías para darles, pero les contestaba: “¿Se saben los Chimichimitos? ¡El que me lo cante tiene premio!”. No hubo ganador. (Yo hubiera triunfado imbatible, claro, porque me sabía aquello de: «El coro corito tamboré».)

Lo que queríamos ser
Mi amiga Maryelina quería ser santa y empezó a dibujar sin salirse de la raya y a hacer la letra redondita para conseguirlo. También le gustaba la idea de ser carnicera. Más de uno quiso ser trabajador de estación de gasolina: “porque siempre tiene dinero en las manos”. Con ese mismo argumento junto al sonido de la registradora, se aspiraba a ser cajera de supermercado.

Martín, que es muy listo y creció en Margarita, quería ser “turista”, porque veía que se la pasaban muy bien, viajaban y hablaban muchos idiomas. Lo mismo pensaban las que imaginaron hacer carrera como azafatas. Una generación entera quiso ser astronauta. “Hasta que estalló el Challenger en vivo y nos traumatizó a todos”, me dijo uno de los que soñaban con pertenecer a la NASA. Miles de niñas quisieron ser maestras y llegaban a su casa mandoneando a los hermanitos y diciéndoles cómo hacer las tareas. Están los clásicos que querían ser médicos, veterinarios, dentistas, futbolistas, peloteros o bomberos (por aquélla canción de «cuando sea grande yo quiero ser bombero»). Alguna sorprendió y dijo: «quiero ser arqueóloga».

Yo agarraba un tomo de la enciclopedia Británica, la abría en cualquier página y empezaba a simular que leía un poco, con la voz engolada, casi separando en sílabas y luego miraba al frente. A la cámara, pues. Estaba dando el noticiero. Noti-Gonzalera le puse. Para terminar decía con un sonrisa a medias: «Hasta mañana, amigos».  Quería ser Ana María Fernández, Marietta Santana, Alba Cecilia Mujica, alguna de las anclas del telediario de RCTV o Venevisión, porque me parecía que a las reporteras las empujaban mucho, según lo que veía yo en la tele. Era mejor estar sentada y con aire acondicionado. Por supuesto, que terminé siendo lo segundo. ¡Y vaya si me han empujado! Pero no importa. Ser reportero es una experiencia estupenda y los momentos agrios son compensados por la felicidad que da el ejercicio del oficio. Lo curioso es que, pese a que en mi infancia soñaba con las cámaras, en la universidad aquello no me gustó ni un poquito. Y me fajé solo con las teclas. Me parece sorprendente y aburrido a la vez que yo siempre supe lo que quería ser de mayor. Salvo lo de cajera de supermercado que me duró poco, nunca pensé en otra opción, periodista y listo. La culpa la tienen Clark Kent y Luisa Lane ¡Cosas de niños!

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Caracas de lejos

   A mis  amigos caraqueños (los de nacimiento y los adoptivos)
 


Foto: Cheo Pacheco

Briamel González Zambrano

Cuando alguien me pregunta «¿Qué extrañas de Caracas?» respondo tajante: Nada. Luego aclaro: “A todos mis amigos que siguen ahí, a ellos sí, a ellos siempre”. En el fondo, echo de menos más de lo que confieso, pero los últimos meses que viví allí fueron muy duros: los trámites, notarias, cancillería, colas, cubrir protestas, horas en los bancos, cadivi, consulado, vender el coche, más colas, más trámites, la entrega de cosas materiales con las que no puedes cargar. Puff, el desapego. Si eso es lo primero que te trae tu memoria a la cabeza, por supuesto que solo quieres volver a ver a los panas y no a la “Sultana del Ávila”.

 

Ser reportero de ciudad regala momentos mágicos, únicos, privilegiados. Te da mil visiones sobre un mismo cuerpo urbano. Hablas con arquitectos, alcaldes, motorizados, emprendedores, líderes vecinales, creadores, cultores, prostitutas, veterinarios, enfermos, vigilantes de parques, jubilados, médicos, enfermeras, bomberos. Siempre tienen algo que contarte. Siempre la ciudad te arroja una historia.  Te la escupe desde el tráfico, en el metro, hablando en el supermercado.

 

Si me concentro y obvio aquel último trimestre de renuncias y despedidas,  entonces obtengo un recuerdo diferente, verde, colorido, también salpicado de desorden, anarquía, suciedad. Aparece una ciudad a la que le conocí las entrañas. Vi una flor hermosa y morada que desafió a la botánica y creció entre los escombros calcinados de Parque Central. “¡Mira esta poesía!”, me dijo el ingeniero. Recorrí con la Guardia Nacional todo El Ávila (fueron 6 horas en moto viendo espacios estupendos). Los atardeceres en la casa de La Tahona. El Jardín Botánico y la gente haciendo brujería ahí. Los pasadizos del Aula Magna de la UCV. El Teresa Carreño y mi hermana sobre el escenario cantando una ópera y mi madre hinchada de orgullo gritando: «Esa es mi hija, púyalo Gaby». El sonido de los coches en la autopista que se oía desde el apartamento en Colinas de Bello Monte. El pacheco de enero en la Ucab. El Café Piú. Tomar un chocolate en la plaza Altamira con Mirelis y sentarnos a reír,  la vista desde Alto Prado, desde Colinas de Vista Alegre, desde lo alto de Petare. La fulana pauta de ir a La Colonia Tovar. Las miles de historias que aprendí del Parque del Este , su flora y su fauna. Esos runners que me llamaban a cualquier hora para contarme novedades. El Parque Los Caobos. Todas las casas de Simón Bolívar. La avenida Principal de La Lagunita para ir los domingos y que a hacer ejercicios. El 23 de Enero. Caricuao y sus vecinos con la salsa vieja a todo volumen. Las buenas panaderías. Chacao y sus recovecos. El centro y sus maravillas masacradas y desconocidas. La casona de López Contreras en La Quebradita. El ojo se va maravillando, también se obstina y mucho, pero la belleza no se rinde, te busca, te encuentra, te jala del pelo y te dice: “Mírame, también soy Caracas”.

 

Seducen las historias, la manera hablar de las personas mayores , de esos caraqueños de toda la vida, esos que dicen “buenamoza” “zagaletones” y “ellos estaban de amores”.

 

También el recuerdo del sol moderado es una caricia. Cuando en Madrid  hay 8 grados bajo cero, cuando me tengo que poner tres tipos de medias, el pantalón, bufanda, guantes, botas, sombrero y un abrigo, pienso en el clima de Caracas. Me digo: “es perfecto”. Me cuentan que en estos años de mi ausencia se ha recalentado, que hace más calor. Soy de Puerto Ordaz, seguro que lo puedo aguantar con serenidad.


Caracas, como cumples años y ya van 446, chica sí te echo de menos,  pero no te lo creas mucho, mejor exige respeto a esos que dicen que te aman (pero que solo es en twitter). Diles que no sean como los maridos infieles y maltratadores o como los hijos parricidas. Diles que te quieran y que sea de verdad, verdad. 

 

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Identidad

Briamel González Zambrano

Boris Izaguirre ha dicho en una entrevista reciente : “Soy de Caracas. Más que un venezolano, me considero un caraqueño. No conozco esos paisajes de postales venezolanas. Soy un caraqueño”.  La frase me dejó pensando en qué  rayos soy yo.  Nací en Puerto Ordaz, pero estudié la universidad en Caracas, luego viví en Puerto La Cruz por tres años, volví a la capital y después me vine a Madrid. Además, por trabajo y por placer, he viajado mucho por la geografía nacional. Tampoco es que soy Valentina Quintero, pero puedo decir que he visitado casi todos los estados, creo que solo me faltan Trujillo y Yaracuy.  ¿Entonces qué soy? ¿Una guayaqueña?

No es la primera vez que me planteo lo de mi identidad ni será la última. Sé que es una disertación un poco baladí, (al final ¿qué es la venezolanidad? Lo que cada quien decida que es), pero la hago cuando reconfirmo que no entiendo el béisbol, que soy muy puntual y me descoloca que alguien llegue tarde o sea un embarcador consumado, que no le busco conversación a la gente en las colas de los trámites, no digo ciertas groserías, detesto el “miamoreo” de los desconocidos y que te toquen mientras te hablan  (“te has españolizado”, dice mi madre, pero no es cierto, nunca me gustó), no deliro por las arepas, pero me las como si es lo que hay.  No me gusta hablar gritado.  No tengo ningún implante en mi cuerpo (por ahora, jeje) y no uso secador de pelo, de hecho, me preocupa cierta obsesión por el cabello liso que noto en mis amigas y conocidas.

Al otro lado de la balanza está que me muero por un mango, un plátano frito, unos tostones, y por el queso guayanés. Los tequeños pueden ser una perdición junto con los pirulines y el cocosette ( ya ven que soy golosa redomada). No me verás bailando un joropo, pero  algo se me mueve por dentro y empieza a hacer gimnasia la sangre en mis venas cuando escucho salsa, merengue o calypso, cuando suena un taquititá mis caderas se menean sin pedir permiso, sin que yo me dé cuenta y de esto tengo múltiples testigos.

El escritor Eduardo Sánchez Rugeles dice que Gustavo Aguado, el de Guaco, es su Vicente Salias personal. A mí el himno nacional tampoco me dice mucho. Prefiero a Serenata Guayanesa cantando  “Viajera del río”  o la canción “Venezuela”, antes que a algún desgañitado diciendo: “Y desde el empíreo, el supremo autor”.

 

A favor de mi venezolanidad también están mi color de piel: “tostada como una flor…” y las palabras que se me salen a borbotones y en una misma conversación  puedo decir: mijito, patilla, short, bojote, bululú, embuste, bochinche, jurungar, gaveta, cónchale y raspicuí.  Si mi interlocutor  no es venezolano, me mira raro y me pide traducción. Algunas amigas de distintos países me dicen “la chama”.  No me acostumbro al frío y aunque sea invierno me visto con muchos colores porque pasar 9 meses vestida entre negros, blancos y grises me parece de una tristeza monumental. Pienso siempre en la playa, siempre. Trato de usted a las personas mayores y la alegría es un capital innegociable.

Frente a todos esos tópicos hay  argumentos más poderosos que el pasaporte y la cédula de identidad: No pasa un solo día en que no piense ,aunque sea un minuto, en ese país. Ahí  están la familia, los locaciones de la infancia y los amigos. Nunca he sabido con certeza si hay fecha de regreso, si es cercana o lejana (así se han pasado 4 años). Porque indignan ciertos titulares de la prensa, porque a veces duele tanto que preferimos no saber. Porque consterna que los visitantes aterricen en Madrid contando sus historias personales de secuestro, inflación e inseguridad.  Porque Simón Díaz o Moliendo Café tocada por músicos callejeros acarician al alma. Podría entonces decir simplemente soy una guayanesa que se fue a Caracas y luego a Madrid.  Sin embargo, soy todo eso y por todo eso también soy venezolana.

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Sin pasaje de regreso

Briamel González Zambrano

 

“¿Devolverme a Europa? ¿Para qué? ¿Qué voy a hacer allá si soy un viejo? ¿Irme de un país que se cae para otro que tiene una crisis enorme? No, gracias. ¡Váyanse ustedes que están jóvenes y con fuerzas!  Yo ya me fui de ahí una vez. Ahora este es mi país”.  En muchos casos España, Italia, Portugal, Líbano, Siria (y un etcétera que no me atrevo a continuar)  son la casa materna, una fotografía sepia con una descripción por detrás, el primer idioma, la costa mediterránea o la atlántica, el primer amor…pero también implican el ácido recuerdo del hambre, del frío torturando los tuétanos o el calor abrasando la piel, de la orfandad, de la guerra, la inmunda guerra o de la dictadura.

 Los inmigrantes que llegaron a Venezuela ya se han acostumbrado al calor del Caribe, a tener quizá un apartamento o una acción en un club social de playa para ir cada fin de semana, encontrarse con sus paisanos y hablar de qué tal va la vida. Conservan una caja repleta de cartas y fotos, recuerdan el nombre del barco, el día en que lo abordaron  y la duración del viaje rumbo a un país desconocido, un país escrito en un papel y que sonaba a mujer y a promesa: Venezuela.  Recuerdan el sopor al bajar en un lugar llamado La Guaira. En una novela de Juan Carlos Méndez Guédez se dice que por llegar a esa costa varguense es que muchos europeos quedaron marcados, adoptaron a un deporte desconocido, el béisbol, y se hicieron seguidores de Los Tiburones, el equipo local al que son fieles aunque no haya ganado desde 1986.

 

Se saben diferentes. Por ese acento que nunca desapareció y que los venezolanos le imitan para vacilarlo (“¡Ese portu, qué dice! ¿Qué pasó gallego?¿Qué fue maquediche rigatoni? ¡Háblame Jabibi!”), porque le llaman musiú, por su piel, por las recetas que preparan su casa en navidad, por el equipo de fútbol al que le apuestan en  el Mundial,  pero también saben que esa tierra  donde viven les abrigó los sueños, a esa tierra le parieron los hijos, en ese lugar se partieron el lomo trabajando y vieron la prosperidad que prometía aquel papel arrugado en el bolsillo.

La historia reciente de Venezuela los ha puesto ahora en los aeropuertos despidiendo a sus hijos que se marchan al sitio de donde ellos llegaron o a otro. Los van a visitar, los buscan en navidades, pero ya. A esta altura y con tanto camino andado, no regresan al lugar de origen. Se niegan  incluso después de situaciones tan penosas e inefables como el secuestro propio, de los nietos, de algún familiar, atracos,  amenazas, pago de vacunas. Rechazan la idea de abandonar ese lugar, su lugar y eso en innegociable.

Hace unos años escribía un trabajo sobre la participación de los inmigrantes en unas elecciones venezolanas.Un señor gallego de La Candelaria me dijo: “A mí no me tocaba venir a Venezuela, mis hermanos y yo nos iríamos en un barco rumbo a la Argentina, pero yo llegué tarde al puerto. Ellos se fueron y yo me monté en el siguiente sin saber a dónde iba. Y aquí llegué, lo recuerdo clarito y nunca más me quise ir. Mi mujer murió en el año 7 (2007). Me quedé viudo a los 85 años. Tengo dos hijos que ya se fueron a España y me queda uno solo aquí. Pero ¿qué voy a hacer yo para allá? Los restos de mi esposa están aquí, mi ropa es la fresca y no la de abrigo. Este es el sol que quiero ver antes de morirme, quiero que me entierren aquí ¡Caramba! ¿Cómo no voy a ir a votar el domingo por el bien de este país, señorita?”. Aquello me arrugó el alma y  me dejó revuelta, no solo porque la historia es maravillosa sino porque ya yo tenía mi maleta casi lista para irme.

Conozco casos de quienes lo han intentado. Venden todo y se van. Los que consiguen acoplarse se convierten en adictos a Globovisión, y se alegran si  logran cobrar su pensión en euros. Hay otros que han durado 4 meses.  Regresan a Venezuela desilusionados de tanto orden, de tanto frío, de que el pueblo que dejaron ya no existiera y que la casa familiar tampoco o quedara convertida en monte y escombros. Cansados de que sus propios hermanos los vean y traten como a un extranjero. Vuelven a su ferretería, su panadería, su abasto, su tasca, su tienda, su vivero, su taller, a su negocio, pues, y a refunfuñar porque: “este país no hay quién lo aguante, pero es también mi casa y aquí me quedo”.

Ps: El soundtrack perfecto para este post es la noventosa canción de Franco de Vita: «Extranjero» 

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Entre paisajes y afectos



Briamel González Zambrano

Una amiga, que es también mi madre putativa caraqueña, coquetea con la idea del exilio desde hace una década. Cada vez que recrudecen las constantes crisis en Venezuela desempolva el pasaporte europeo de su esposo. Sus hijos ya han cruzado el Atlántico hace unos años. Ella, en cambio, resiste en una Caracas cada vez más hostil, que a veces la sorprende con atardeceres resplandecientes, pero que le deja gases lacrimógenos en su ventana, después de una protesta.

 

Además de las poderosas razones económicas, sus argumentos para no irse siempre han sido los afectos. “No me interesan el verdor de El Ávila, ni las playas, ni Los Roques, ni la música llanera que jamás en mi vida me ha gustado. Paisajes bonitos hay en todos lados. Me importan los afectos, negra. Los amigos de siempre, el cariño, mis herman@s, mi mamá. Los abrazos que son de verdad. Eso no lo encontraré en España ni en ninguna parte”, solía decirme en nuestras conversaciones de sobremesa. Resulta que esos amigos también empezaron a irse, y los hijos de esos amigos y algunas de sus hermanas. En su mente sigue bamboleando la idea de marcharse.

De momento, es una enganchada de las redes sociales y del skype para hablar con sus hijos (incluyéndome a mí, que soy su hija adoptiva). Viene cada año a visitar a sus retoños. Le aterra la idea de convertirse en abuela y no poder disfrutar de sus nietos. No quiere perderse nada de lo que pase en nuestras vidas. Los compañeros de su oficina saben qué estudiaron sus hijos, en dónde viven, qué película vieron el fin de semana, a dónde irán de viaje en el verano. “Solo hablas de ellos ¡Qué fastidiosa, mano!”, le dice su esposo, a quién bautizaremos como “El amoroso”.

Gracias a la oleada migratoria  de últimas dos décadas hay venezolanos en las zonas más apartadas del planeta. Así que, como ella, miles y miles de madres en cada rincón de Venezuela suspiran y tienen fotos de sus hijos vestidos de invierno en la sala de estar. Acumulan en el ordenador y el álbum digital las fotos de sus nietos de distintas nacionalidades. Las enseñan a sus vecinas. Las de más edad aprendieron a enviar correos electrónicos y a hablar por skype. Son adictas a Televisión Española, Univisión, Telemundo, según sea el país de destino de sus vástagos. Rezan cada noche para que nada les pase. Aunque uno haya perdido la costumbre de pedir la bendición o nunca la haya tenido, ellas dicen:  “Dios te bendiga, mi amor”,  antes de colgar por el teléfono.

 

Detrás de todo aquel que se haya ido hay un portraretrato en su ciudad de origen con la foto de la comunión, de los carnavales, la graduación, o la boda. Late la historia de una madre, de un padre, de unos abuelos, de unos primos, de una separación…

 

 

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Irse y quedarse

Fotografía: Octavio Sasso


Briamel González Zambrano

 

Irse

Irse implica trámites legales, fiestas de despedida, empacar la vida entera en dos maletas de 24 kilos (y el equipaje de mano que puede sumar otros 10 kg), abrazar fuerte a tus afectos y…¡zas! montarte en ese avión con las piernas flojas, un tarugo en la garganta  y los sueños salivando en la cabeza.

Antes de todo lo anterior también está el momento de tomar la decisión que, en muchos casos, es: LA DECISIÓN.  Análisis de la economía, de la situación-país (es), de los titulares de los periódicos, de tu momento vital, de si tienes fecha para regresar o firmas esto con un sello grandote de PARA SIEMPRE.  Aunque, claro, todo sabemos que los parasiempres son complicados y están en vías de extinción. Algunos prefieren tener el cartel que cuelgan en algunas tiendas: “Nos fuimos por remodelación, pero esto es un ratico. Volvemos en 5 minutos”.

Finalmente aterrizas en el aeropuerto de turno donde se habla con otro acento o en otro idioma, que a veces es lo mismo. Llamas a tu casa para decir que has llegado bien, aunque el jet lag te esté taladrando los párpados y tu cuerpo te pregunte: “¿Dónde estamos, mija? ¿Qué frío es este, pues? (Sí, mi cuerpo habla como yo. A veces con acento guayanés, a veces caraqueño y así).

Llegas y sabes que todo ha cambiado para ti. Bueno, no lo sabes, te vas enterando según pasan los días. Tienes otro código postal,  número de teléfono,  clima y el cielo es distinto. Tú, poco a poco, lo irás siendo también. 

 

 Quedarse

Es una obviedad, pero antes de irme, pertenecí al grupo de los que se quedan. Es decir, desde hace diez años estuve en la organización de despedidas, fui a la repartición de bienes (los amigos dejan en herencia algo suyo que te gustaba o alguna cartita para que la abras cuando ya se haya ido).

Viví el momento agridulce de los adioses y las manitos moviéndose en la puertita de Maiquetía. Y a partir de ahí un ritual casi luctuoso: subir conduciendo por la Caracas-La Guaira y sentir un latido en el estómago. Secarte las lágrimas mientras esquivas a un motorizado. Regañarte por cursi. Darle play para que Juan Luis Guerra te cante algo alegre. Ver el mar por el espejo retrovisor. Borrar sus números de teléfono. Pensar que en tus próximas vacaciones irás de visita (si tienes la visa al día, si ahorras lo suficiente, si Cadivi te deja, si tienes las tarjetas de crédito livianitas). Saber que en su próximo cumpleaños hablarás por skype si hay suerte y el cambio horario lo permite.

 

Irse y quedarse. Quedarse e irse. Ambas dejan ese hueco en el pecho y a los afectos repartidos.

 

Para recordar el momento-Maiquetía siempre tengo Sabana de Simón Díaz. No hace falta ser del llano venezolano para que sus versos te acribillen:

  “Aquí me quedo contigo/ aunque me vaya muy lejos/como tórtola que vuela/ y deja el nido en el suelo/
Se me aprieta el corazón no ver más tu amanecer/ ni el cimarrón ni la mata/ ni la garza que levanta/ con el cabestro te dejo/ amarrados mis amores/ gota a gota que te cuente/ mis penas el tinajero/

 

(…) mañana cuando me vaya/ te quedarás tan solita/ como becerro sin madre/ como morichal sin agua”.

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Finalmente aquí…(a manera de presentación)

Lectores intangibles y al que se asome:

Ha costado, pero parece que he tomado el impulso (y ojalá la disciplina) para compartir en este diario todas las cosas que acumula mi PC,  para descargar la memoria ram de mi  maltratadito cerebro y para contarles las situaciones divertidas, insólitas, indignantes o simples con las que me suelo topar. Porque claro, la vida cotidiana  tiene su punto ¿no?

Aquí encontrarán  mini-crónicas urbanas, algún poema, mini-reseñas y las naderías que surjan. Serán temas constantes: Madrid. Venezuela. España. Caracas. Puerto Ordaz.  Periodismo. Diáspora. Algún viaje (hecho o deseado).Bailar. Amigos. (Todo así, separado por punto y seguido porque son un mundo por separado y un mundo revuelto en mi cabeza también). 

Siento que estoy llegando tarde a una fiesta. Estoy en twitter y facebook desde hace años y ponerse a hacer un blog, a estas alturas, es como entrar a recoger los vidrios de la parranda. No importa. Me la juego. Y a ver qué tal sale. 


Ya con el nombre del blog les he hecho la primera infidencia: soy La Rorra. Solo me dicen así mis amigos de la calle Venecia y mis prim@s. El mote se debe a que ronco desde que nací debido a mi sinusitis crónica. Sí, ronco y sueno como un helicóptero a punto de despegar. Ya sé que no es elegante, pero es la verdad verdadera.  Me cuentan que en la infancia el  ronquido era más discreto y sonaba:»ror, ror, ror». Así que por eso soy La Rorra


Para comenzar les dejo este poema del escritor colombiano Héctor Abad Faciolince. Pasen y leánlo con calma, como un ejercicio de relajación: 


Rutina:

Esa felicidad,
esa seguridad
de repetir los mismos gestos cada día.
Exprimir las naranjas,
preparar el café,
tostar las rebanadas
de pan,
untar la mermelada. 
Darle a la vida
el ciclo regular de los planetas,
acostarse a las once,
levantarse a las seis,
sentir que cae el agua
tibia, plácida,
encima de tus hombros,
usar siempre
el mismo jabón, el mismo champú,
la misma loción
–la que usaba tu padre–.
Protestar por lo malo
que se ha vuelto el periódico,
el de toda la vida, 
el pan de cada día,
y volver a comprarlo
con ese mismo asco resignado
de tener que cagar
una mañana sí y otra también.
Usar siempre los mismos
viejos zapatos que se parecen
más a ti que tus pies.
Vestirte
con el eterno azul
que te vuelve invisible,
felizmente invisible.
Sentir que tú eres tú,
que yo soy yo.
Ir a los mismos sitios,
comer las mismas cosas,
jueves fríjoles,
lunes pescado,
sábados arroz…
Visitar a tu hermana todos los veranos
y pensar que envejece,
pero decirle siempre que no cambia,
que no cambie.
Recordar a los muertos
en cada aniversario;
enviar tarjetas cursis
en cada cumpleaños.
Planear de nuevo el viaje
que nunca emprenderemos.
No poder soportar
que ya no haya tranvía,
que hayan movido
la parada del bus
a la otra manzana,
que hayan quebrado los ferrocarriles,
que nadie escriba cartas
y haya que adaptarse 
al correo electrónico,
tan vulgar, tan urgente,
la vida un permanente
telegrama.
Resistirse a llevar en el bolsillo
un teléfono,
detestar que el dinero
sea de plástico
y no de plata, de oro o tan siquiera 
de papel.
Que el mismo corte de pelo
te lo haga siempre el mismo peluquero,
que tengas siempre gripa por enero,
que el primero 
y el quince
llegue la quincena. 
Desayunar trancado,
almorzar abundante,
cenar poco,
quejarse de la gota, de la bilis,
de la memoria y de la digestión.
Creer que nunca sueñas.
Recordar ese chiste
de tu única esposa:
“Aquí se picha los viernes
estés vos o no estés vos”,
y hacer hasta lo imposible
cada viernes
por encaramarte en ella
con ganas o sin ganas
porque l’appetito vien mangiando
como dicen en Turín.
Negar que eres un soso,
un rutinario
con el verso aprendido de un amigo:
“La vida se soporta
tan doliente y tan corta
solamente por eso”.
Caminar por la calle ensimismado,
ausente de este mundo,
rumiando en tu cabeza
historias, frases, viajes, desventuras,
crímenes, adulterios, melodramas, incestos,
abortos, heroínas, traiciones, sacrificios,
saber que todo drama
está en tu calavera,
que la gran aventura
ocurre en las paredes de tu cráneo,
que nunca habrá más grande sensación
(orgías, drogas, sueños)
que aquello que imaginas.
Que la vida consiste en perdonarnos
las ofensas que hacemos,
los gestos que no hicimos,
los silencios cobardes,
los fingidos afectos,
las mentiras.
Y escribir cada día,
ganar la lotería
de al menos una frase
que nadie ha dicho nunca,
tener un pensamiento
que todos han tenido,
pero decirlo bien
con todas las vocales,
con todos los sonidos,
con todos los sentidos.
Lograr que la aventura de tu vida
esté en las páginas que escribes,
en los ojos que ahora
pulen un heptasílabo, 
quitan o ponen una coma, una tilde, un acento,
en los ojos que ahora se detienen
complacidos tal vez
o entretenidos
en un punto, este punto