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El entretiempo

Briamel González Zambrano

Parece el nombre de una película mala de domingo a media tarde o de una sección de deportes en el telediario, pero no. La RAE nos dice que es el “tiempo de primavera o de otoño próximo al verano y de temperatura suave”. Un compañero de la oficina dice que el entretiempo es ese momento en el que en Zara venden abrigos de plumas y tú todavía estás utilizando sandalias, o cuando esa tienda tiene maniquíes con minifaldas y camisetas cortas y los compradores todavía tenemos la chaqueta puesta.

El hecho es que ahora mismo estamos en el entretiempo. Hay años en que es más marcado que otros. Este está siendo especialmente cálido. Tanto que le dicen “veroño”. Por la mañana refresca y te pones una chaquetilla, pero a media tarde hace calor y te quedas en camiseta aunque solo unas pocas horas porque en la noche otra vez circula el viento. Además te llevas el paraguas por si acaso. Es curioso que en pleno octubre todavía la gente se siente en terrazas y en el metro desfilan por igual personas con chanclas, botines, zapatillas deportivas y botas de caña alta. Ya empiezan a verse las chaquetas tres cuartos, de cuero o de vaquero, pero aún no ha llegado el temido momento… el cambio del armario.

Guardar los bañadores, los pantalones cortos, los zapatos abiertos es, para muchos, una derrota. Es una despedida hasta el año que viene y un duelo. Por otra parte están quienes esperan exultantes la llegada de los abrigos, las super botas, las bufandas, el gorro y los guantes. Yo pertenezco al primer grupo y me resisto hasta el último momento y sigo en tirantes y manga corta. Estirando como en cámara lenta este momento. Hay quien te comenta: “¿Qué tristeza eso de no tener estaciones en tu país , no? Digo porque estáis vestidos de la misma manera todo el año…”. Inhalas, exhalas y respondes: “Todo tiene su encanto”.

Mientras tanto, sigo sin cambiar mi armario y ahí tengo vestiditos, camisas sin mangas y de telas suaves, pero el reloj y el clima me recuerdan que esto ya se acaba. Con todo, debo decir que el otoño es mi estación favorita. A por él.

 

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Extraviada en mi pateadero

Briamel González Zambrano

Un amigo venezolano que lleva 18 años viviendo en España me preguntó cuando yo estaba recién llegada: “¿Quién es Erika de la Vega?”.  No me sorprendió su consulta debido al tiempo que tiene en el exterior y a las largas temporadas que pasa sin ir a Venezuela. Sin embargo, recuerdo que pensé: “¡Ay, chama! El día que no sepas quienes son los miembros más conocidos de la farándula nacional, es porque empezaste la desconexión intensa y en bajada, negra”.

Después de casi un sexenio, confieso que eso me pasa y desde hace ya rato.  También tengo que decir que buena parte del talento de actores, actrices y cantantes ha migrado por falta de fuentes de empleo. Otros han enfermado, envejecido, fallecido. Además han surgido nuevos a quienes no conozco.  A esto le sumamos cierta tendencia erótica-festiva de llamar “artistas” a chicas que se despelotan en las redes sociales y de pronto saltan a la fama sin oficio ni beneficio…pues nada, que no me entero de quién es quién en la televisión venezolana, ni a quiénes entrevistan en los periódicos y revistas que quedan. Ya no digamos en la radio, donde persisten referentes de toda la vida y algún conocido de la universidad, o pana periodista, pero de resto son desconocidos para mí.

Dato para mi amigo: La de la izquierda es Erika de la Vega.

En la política local también tengo laberintos, me pierdo con los nombres de los ministros y de algunos gobernadores. Me río con los títulos cursis de ciertos cargos. Me hago un lío con los nombres de los casos y las siglas de actualidad a los se contextualiza poco en los textos, tipo “Hergueta” “OLP” “SIMADI”. Es una sensación muy rara porque los periodistas solemos tenemos controlada esta información y ahora, de pronto, me doy cuenta de que no me la sé detalladamente como antes.

Este desconocimiento se puede vincular al paso del tiempo. Al calendario que se mueve y uno está viviendo en otro horario, con otras estrellas de la tele, con otro cine y otro teatro.  El lector que está en Venezuela dirá: “¡No te pierdes gran vaina!”. Habrá otro que señale: “¿De verdad no sabes quién es Diosa Canales? ¡Mija, no estás en nada! ¿Vanessa Senior no te suena tampoco?”. Otro puede rematar con :“¿Para qué te fuiste entonces, pues? Quédate aquí y ves la tv”.

 Quizá parezca un detalle menor, pero esto de los personajes públicos y de la agenda informativa me hace sentir desorientada en un jardín que antes era mi pateadero, pero como dice un refrán español: “No se puede estar en misa y repicando”. Si algunos de los paisanos que viven en el exterior comparten este sentimiento de extravío, cuéntemelo por favor.

 

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Ondulada y punto

Briamel González Zambrano

Cuando trabajaba en Puerto La Cruz un camarógrafo se acercaba a las periodistas mientras esperábamos a algún político o declarante de turno.  Nos decía con su rápido acento oriental: “¡Licenciadas, denle de comer a esas peluqueras! Están feísimas. Vayan a alisarse esos cabellos”. Yo me reía. Pensaba que se lo decía a las reporteras de televisión, pero está claro que era un mensaje para todas.

Pasados los años y el triunfo imbatible de alisados japoneses, queratinas y baños de brillo de seda en Venezuela, las exponentes del pelo rizado nos convertimos en una rareza en un país de mestizaje donde hay mulatas, zambas,blancas, morenas, rubias y mujeres de todas las razas. Salir de casa sin someter a tu cuero cabelludo a altas temperaturas es casi como hacerlo sin cepillarte los dientes. Constituye,pues, una actitud temeraria y un descuido imperdonable.

Terca como soy, obviamente no hago caso de modas de peluquería y ostento los rulos sin pudor. Comprendo cierta necesidad de renovación, de cambio de look, de nuevas experiencias capilares. De hecho me lo he alisado en varias ocasiones porque me apetecía, pero de ahí a que te miren con lástima, como si padeces una enfermedad mortal solo por conservar la melena ensortijada, pues no, chica.

Lo peor es cierta percepción clasista de que si conservas la naturaleza de tu pelo es porque estás inmersa en una suerte de atraso, un anacronismo, de estancamiento en el pasado. Vamos, que: “pobrecita ella que no tiene secador ni plancha y sale así a la calle”.  Todo esto me llama a la carcajada. Sin embargo, confieso sin acritud  mis ganas de ver cuando pase esa moda de lisura y entonces vuelva aquella atrocidad llamada “la permanente” y todas apliquen químicos agresivos y supliquen por tener aunque sea una pequeña onda en su cabeza. Entonces, alguien reirá de último y, reirá mucho mejor. 

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El papá de la periodista

Briamel González Zambrano

Durante los álgidos y azarosos días de abril de 2002 en Venezuela corrieron rumores, angustias y también, como bien se sabe, sangre.  Los reporteros que ejercíamos en Caracas por aquél tiempo vivimos en directo la convulsión de un país y sus instituciones.  Los teléfonos móviles nos iban a estallar, las baterías nos duraban poquísimo, la adrenalina se incrementaba a borbotones. Nos estremecíamos con cada reporte de los compañeros y con los propios. Usamos chalecos antibalas, nos santiguábamos al salir a cubrir las informaciones.

Apenas supe que Chávez volvería al poder, tras el paso rasante y fugaz de Pedro Carmona por Miraflores, llamé a mi familia que, para ese momento, vivía en Puerto La Cruz.  Les conté la versión y les di la orden: “No salgan de casa. Chávez vuelve y dará una rueda de prensa en breve. Todo es confuso y turbio”. Mi padre, viéndome aún como a una niña, me respondió: “Esos son rumores, hija. Quédate quieta. Eso no es verdad. Él renunció. Lo dijo Lucas Rincón”. Y yo  le dije airada y a punto de grito: “Mira papá ¿quién es la periodista? ¿Quién es la que está en Caracas en el lugar de los hechos? ¡Hazme el favor de no moverte de la casa!”. Colgué el teléfono.

Meses después de aquella vorágine, mi progenitor me contó que reflexionó al yo cortar la llamada. No me hizo caso y se dirigió al quiosco de la esquina. Allí comentó casi como una infidencia: “Mi hija, la periodista, dice que el hombre regresa. Que va a hablar dentro de poquito y que la cosa está muy fea”. Ante la exactitud de aquella información, el quiosquero y los vecinos le concedieron a mi padre un nuevo estatus.  A partir de ese momento dejó de ser el doctor González para convertirse en “El papá de la periodista” y lo acosaban a preguntas para saber qué le contaba yo sobre la situación del país.

Creo que eso mismo ocurre a los padres de muchos de mis amigos reporteros. Una vez escuché que en la Hermandad Gallega de Caracas se quedaban oyendo las conversaciones de la madre de Carla Angola por si decía algo que le comentara su hija y que fuera un dato sobre la posible caída del gobierno.  Nuestros padres se convierten en nuestros portavoces, ganan seguidores y cierto prestigio de informantes entre sus congéneres. La recentísima partida de mi padre me ha revuelto este recuerdo dulce de su carácter amable y ocurrente.

Hoy en el día del periodista en Venezuela y el segundo aniversario de La Rorra en el teclado se me ha antojado regalar esta anécdota que refleja el carácter de nuestros padres que, en muchos casos, son los clarísimos culpables de que hayamos estudiado periodismo. ¡Feliz día compañeros!

 

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5 cosas que aún no entiendo

Briamel González Zambrano

Hace un tiempo escribí “Enigmas y acertijos ibéricos (o cosas que no he entendido)”. Hoy presento una segunda parte porque, a estas alturas, uno se da más cuenta de las cosas que no comprende que de las que ya se dan por asumidas.

1.-  Las despedidas de solter@. Puedes verlos por el centro de las ciudades, en los trenes, en el metro, en los bares. Es un grupo de amig@s disfrazados, con camisetas diseñadas para la ocasión y disfraces insólitos. Los chicos se visten de mujer. Ellas se colocan penes de plástico como diademas. Van cantando y repartiendo alegría. Se van de viaje y la lían allí donde llegan. Mis amigas españolas me dicen que es una costumbre reciente e importada.  Yo fui a despedidas en Venezuela  y nadie se tuvo que disfrazar. Esta tendencia al atavío, a los trajes de mentirillas me resulta un misterio.

2.- Fobia al aire acondicionado. No lo soportan toda la noche. Alegan razones de cambio climático y sobre todo que les genera un constipado y un dolor de garganta. «¿Estás loca? ¿Todo ese rato con el aire? No, no, no. ¿Dónde vas a parar?». Yo, que soy de una ciudad donde hay 30 grados todo el año, estoy acostumbrada a dormir plácidamente 8 horas con el aire. Esta gente no lo resiste. Está convencida de que no puede.

3.- La extrañeza ante los nombres compuestos y la tendencia irreversible a los diminutivos. Esto me chirría de manera especial.  En un país donde el rey emérito se llama Juan Carlos, hay dos expresidentes José María y José Luis, resulta que llega alguien y se presenta como “Luis Fernando” o “María Carolina”  y pueden soltar cosas como: “Uy, esos nombres compuestos de Latinoamérica ¿no? Como de telenovela”.  Y uno: “Ujum, ya, ya”.

Por otro lado hay una tradición dulce de acortar los nombres.  Conocidos son los Pacos, Manolos, Conchita, Chus, Pepe, Pepi. Lo curioso es que la gente asume estos como sus nombres y relegan los originales a un cesto del olvido. Tengo varios amigos llamados “Ignacio”, si no les digo Nacho, ninguno voltea.  Los diminutivos los aplicamos también en Venezuela. De hecho, soy Bria para la mayoría de mis amigos, pero aquí es exacerbado.

4.- El whisky con Coca Cola. Se mezcla el escocés con el refresco. No soy una bebedora experta ni asidua, pero desde luego no voy a pagar 10 euros por una copa de esto.  Las mezclas de gaseosas con bebidas espirituosas pueden ser explosivas e insólitas.

5.-Los suelos de los bares de Madrid. Son una alfombra de servilletas usadas, chapas de botellines, papeles de todo tipo. Un basurero, vamos. Incluso hay un sitio donde venden alitas de pollo en el que el piso está repleto de huesitos. Parece que es una muestra de que hay clientela, de que todo está muy rico, pero seamos honestos, el aspecto de los garitos puede llegar a ser desastroso .

 

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Esas preguntas…

Me voy para volver, vuelvo para irme, y así he vivido, sin acabar de irme, sin poder quedarme, sin saber por qué.
Fernando Vallejo
Briamel González Zambrano

El que se fue de su país recuerda ese día exacto, la aerolínea, la hora de llegada a la ciudad de destino y si alguien fue a buscarlo al aeropuerto, a la estación de tren, al puerto. Es un momento guardado, una fotografía íntima y grabada en el CPU casi para siempre. Sin embargo, en reuniones de paisanos o cuando entrevisto a algún venezolano la respuesta a la pregunta de por qué emigró pasa rápido y como un susurro. Se asume que ya se sabe, que da pereza contestarla, que es una obviedad. Alguno agita la mano, en señal de “Déjalo pasar”, “Corramos un tupido velo”, “¡Déjalo así!”. Otros suspiran. Muchos dicen: “Me fui por lo mismo que todo el mundo. ¿Qué te voy a contar? Me fui por lo que nos vamos todos: inseguridad, miedo, economía precaria, falta de oportunidades”. Sin embargo, aunque esa sea la verdad,  cada quien tiene su historia personal, SU RAZÓN, su punto de inflexión.

Cuando se atreven a explicar el motivo de partida se encuentran historias de todo tipo que van desde el amor (“conocí a alguien por Internet, me pidió matrimonio y aquí estoy”), aprender otro idioma, irse a estudiar, una beca, un secuestro, una expropiación al negocio familiar hasta el “como tengo pasaporte europeo o residencia estadounidense me vine para ver”.

Hay otra interrogante mucho más complicada y quizá más recurrente. Cuando alguien de otra nacionalidad te dice: “¿Pero qué le pasó a Venezuela? ¿No eran los ricos, con el petróleo, las mujeres bellas, las playas estupendas? ¿Qué fue de todo eso?”.  Inhalas, exhalas. El pecho se te mueve rápido. Depende de tu humor, el escenario y el interlocutor, puedes decir cosas diferentes. Si tienes pereza del tema (como me suele pasar muchas veces, lo admito), sueltas una frase hecha tipo: “Es complejo, un entramado de problemas sociales y políticos desencadenaron el descontento popular y la situación actual”. El comediante George Harris, que estuvo en estos días por Madrid, cuenta entre risas que a él le dan ganas de decir: “Soy de Paraguay, de Honduras, de El Salvador. No sé nada, chico”. Adicionalmente a esto, los cubanos de Miami le dicen: “Yo te voy a contar paso a paso lo que viene, lo que le va a pasar a tu país”. Él quiere salir despavorido y gritar: “¡Déjame en paz, no me interesa, quiero seguir en la ignorancia, dejen vivir!“.

 

Está la pregunta final, la de la estocada. Es la que se repite sobre todo cuando saben que eres periodista. “¿Qué va a pasar en tu país? ¿En qué va a parar aquello?”. Llegados a este punto, ya muchos soltamos un clásico: “Se me ha estropeado la bola de cristal”. Sospecho que estas tres consultas (¿por qué te fuiste? ¿qué le pasó a Venezuela? ¿cómo va a acabar la crisis política de tu país?) nos perseguirán por largo rato. Recomiendo al lector de La Rorra que tenga sus contestaciones ya preparaditas como en una chuleta. Y si no, haga como Ibsen Martínez que suele decir: “Lo que piense Teodoro (Petkoff), eso mismo creo yo”. Y listo y se acabó.

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Homenaje

 

Briamel González Zambrano

 

Acabo de estar en Venezuela. No les hablaré de lo ya conocido por todos: la  inseguridad y la hiperinflación que resulta incomprensible e inexplicable para alguien que se ha ido del país hace años. De todo eso que nos preocupa mucho, no me centraré en este post. No esta vez.

Sí les contaré sobre algo hermoso que me pasa cada vez que voy y que se resume en una palabra: Reencuentro. El más obvio e inmediato es el de la familia que te espera con ansias en el aeropuerto. La madre que prepara los platos favoritos, que consigue el Toddy así esté escaso. Que improvisa reuniones y junta a muchos de sus miembros para reír, contar chistes, cantar y tocar el cuatro. El padre que te habla de Historia de Venezuela como cuando eras chiquita. Escuchar la música con la que has crecido. Reiterar que las letras siguen guardadas en tu cerebro. Oír la radio regional y constatar que están como atrapadas en el tiempo. Que “Abismo del corazón” y “Selva”  de Elisa Rego parece que fueran un estreno de este año porque las repiten sin cesar.

La otra reunión ineludible es la de mis amigos del colegio. Una vez un jefe me dijo: “¿Todavía te ves con tus amigos del colegio y de la universidad? ¡Eres una nostálgica!”. Yo me quedé sin comprender su comentario. Hasta que me di cuenta de que mucha gente termina sus estudios y nunca más tiene contacto con sus condiscípulos. No es mi caso, claro está. Mis panas del colegio están desde que pisamos el preescolar, nos graduamos de bachillerato y muchos nos fuimos a setecientos kilómetros de nuestras casas, a Caracas para cursar estudios superiores.  Además mis amigos de la universidad siguen tan presentes en mi vida que son parte de mi familia en Madrid y alrededor del mundo.Con los años he aprendido que es una suerte seguir riendo con la misma gente con la que lo hacías cuando tenías dientes de leche, cuando hiciste la Comunión, con quienes te fuiste de campamento, con quienes compartes los recuerdos de la infancia, las fotos de permanente y ortodoncia de la adolescencia, las imágenes del cambio de peso de todos y la calvicie incipiente de los varones. Guardas los videos de sus bodas, los recuerditos del nacimiento de sus hijos y las alegrías de encontrarnos en diferentes ciudades y países, o siempre en diciembre en nuestra ciudad. Con ellos vives la magia de pasar años sin verte y que al hacerlo se empiece una conversación que se extiende durante horas sin parar.

Probablemente lo que describo no es universal o no le pasa a un alto porcentaje de personas.  En particular me siento muy afortunada de recibir sus abrazos, sus correos, sus fotos, sus llamadas y sus visitas a mi casa apenas aterrizo en Puerto Ordaz. Y que además llamen a mis padres durante mi ausencia e intercambien mensajes de cariño, incluso que vayan a los funerales de tus familiares porque ellos son eso, la familia escogida. Dispensen lo cursi, solo pasaba por aquí para agradecer por tanto. Si el lector ha llegado hasta aquí y tiene amigos del colegio aún en su radar, cierre los ojos y ría con esos recuerdos. Son invaluables.

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Un pasillo, un país

Briamel González Zambrano

 

Son cuatro. Están en blanco y negro. Tienen un fino marco y rodean desafiantes al viejo espejo que hay en el pasillo de la casa de mis padres. El cuarteto de caricaturas ha estado ahí años. No muchos. Quizá unos doce. Ha sido testigo de las secadas de pelo, sesiones de maquillaje, pruebas de ropa, despedidas,  bienvenidas,  alegrías por unos kilos menos, bajones por un rollito de más. Y ahí siguen los dibujos, impávidos.

Esos cuatro pedazos de papel con la firma de Zapata parecen puestos al descuido, como quien no quiere la cosa. Colocados para balancear el montón de fotos que mi madre se empeña el poner en la sala y en las que todos los González Zambrano salimos con otro peso, otros años y otras vidas. Pero no. Zapata no está ahí de ornato, sino  para recordarnos que la familia que se gestó ahí pertenece a un país cuya realidad se discute cada mediodía (con el noticiero de fondo) en la mesa que está a pocos metros. Es como si Pedro León nos hiciera aterrizar y nos dijera: “Psst. Esto es lo que está pasando en Venezuela. Presta atención”

Una de las cuatro láminas me causa especial impresión cada vez que la veo. Un hombre aporreado y con la cabeza vendada está sentado frente a una máquina de escribir y dice: “Esto es a causa de militar en la libertad de expresión”. Quizá cuando la dibujó no habían ocurrido ni una cuarta parte de las agresiones a los periodistas y a los medios, pero su genio supo anticiparlo.

Fue hermoso ver cuando en 1999 apareció el mural Conductores de un país en la Ciudad Universitaria. Simón Bolívar, Simón Rodríguez, Teresa de la Parra aparcaron ahí y cambiaron  ese pedazo de la autopista donde muchas veces hay atasco. Años después me tocó escribir en El Universal que le hacía falta mantenimiento a la obra porque estaban cayéndosele las baldosas. La respuesta a mi nota fue que no había presupuesto, que se estaba haciendo una evaluación técnica, que la burocracia ya se encargaría…

Zapata ha fallecido hoy y me vino a la mente el cuarteto de caricaturas de mi madre. Todas las risas y reflexiones que me sacó con su trabajo en El Nacional.  El bello y enorme lienzo que le regaló a María Teresa Chacín y que ella usa de fondo en sus conciertos. Zapata se ha ido, pero no se ha ido. Sigue en el pasillo de mi casa de la infancia. ¡Gracias Pedro León!

Esta una de las 4 caricaturas de Zapata que hay en el pasillo. Mi madre me ha enviado la foto (como se ve claramente)

 

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Los visitantes

Con mi amiga MIL que ha venido ya tres veces.

 














Briamel González Zambrano

Recibir visitas es casi una tarea obligada de los migrantes. Dependiendo de la red de familiares y amigos que tenga el potencial anfitrión, esto puede implicar mucha alegría, viajes y tiempo.

Perdí la cuenta de cuántos panas han venido a Madrid desde que vivo aquí, pero puedo asegurar que han sido varias decenas. Con casi todos ha tocado hacerse el selfi correspondiente.  Yo misma, antes de venirme, fui visitante de mis amigos regados por el mundo.

Aquí comparto mi clasificación personal de los tipos de visitantes. No son categorías excluyentes. Una misma persona puede ser la suma de varias:

 

.-Familiares. Desde los padres hasta un primo tercero puede aparecer. Suelen quedarse en tu casa. Demandan muchísima atención. Hacen preguntas de la vida cotidiana como: “¿Por qué no tienen secadora? ¿Dónde está el filtro del agua”  ¿Por qué los baños son tan pequeños? ¿Esta calefacción no está puesta o es que yo tengo mucho frío?”. Hay que explicar con paciencia cada cosa. Hay que abrazarlos mucho también. Además suelen traer muchos regalos. 

 

.-Amigos del alma. Les haces todos los tours. Los llevas a tus lugares favoritos de Madrid, recorres recovecos, vas a conciertos, a restaurantes y sobre todo: echas cuentos. Preguntas hasta por el portu de la panadería de tu urbanización. El momento de los cuentos es de los que más espero. Les interesa saber cómo estás. Se burlan de tu “acento” y de las palabras que utilizas. Se alegran de verte feliz. Ríes con ellos. Fotos. Abrazos. Conversaciones sobre el país. Alguna lágrima. Más fotos y una despedida con ojos aguados.

 

.-Los compradores compulsivos. Lo primero que preguntan es dónde están los centros comerciales y tiendas por departamento. Esto puede ser un tormento para personas que, como yo, casi nunca vamos a esos sitios porque suelen estar en las afueras. Toca indicarles cómo llegar para que disfruten del tabaratodamedos. (Para quienes viven en Miami este suele ser el visitante más frecuente)

 

.-Los turistas maravillados.  Todo les parece bello, estupendo. Desde la ropa que usa la gente (generalmente mola mucho la de invierno), hasta el funcionamiento del transporte público, los sitios patrimoniales, museos, comida y hasta el puente más inmundo. Suelen ser también los más agradecidos. 



Con mi amiga Anita. Ya ha estado 4 veces por aquí 🙂

 

 

.-Los recortados. Vienen con un presupuesto escaso y quieren ir a miles de sitios. Hay que explicarles que aunque hay muchos planes gratuitos, muchas cosas son de pago. Ah y que por favor dejen de hacer la conversión de euros a bolívares porque ya yo no me la sé.

 

.-Los de escala técnica. No les interesa conocer la ciudad. De hecho, han venido varias veces. Quieren un pequeño cobijo en tu sofá por una noche. Toman un vuelo al día siguiente. Aprovechan para verte unas horas y ahorrarse el hotel. Son considerados, si pueden, hasta traen un regalito por el favor y friegan los platos del desayuno.

 

.-Los inesperados. De repente una amiga de la clase de baile de cuando tenías 9 años te escribe por Facebook que su primo se quedó varado en el aeropuerto de Barajas, que si le puedes hacer el favor de recibirlo un par de horas. Este caso no es real, pero se dan muchos y muy insólitos. Dependiendo de tu disponibilidad, echas una mano y aprovechas para mandar algo a tu familia.

 

.-Los criticones. Les parece que nada sirve, que todo es mejor en Venezuela. Que en ningún lugar se bebe como allá, que los restaurantes nada que ver, que no hay playas como las de allá, que por qué aquí a la wifi se le dice güifi y no guafai, que el frío es una pesadilla. Todo les parece mal. Esta categoría escasea bastante pero, por insólito que parezca, existen. Si se trata de alguien que quieres mucho…paciencia.

 

En todo caso, casi siempre es una alegría mostrar esta ciudad, tomarse una tapa, hablar venezolano rajao, conocer en persona a los nuevos hijos y parejas de los amigos, sus planes. Reír, siempre reír con los visitantes.

 

¿Has sido tú algún tipo de visitante de los que menciono? ¿Te ha visitado alguien de estas categorías? ¿Incluirías una nueva clasificación? 

 

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Una mixta navidad

Recibir el año nuevo en la Puerta del Sol es una tradición para muchos madrileños.

 

Briamel González Zambrano

Llegan las navidades y muchos de los venezolanos residentes en España agarran sus maletas vuelan al terruño a disfrutar del calorcito, la familia, la playa y las hallacas. Otros reciben a sus parientes que cruzan el charco para compartir esos días tan especiales en el frío de estas tierras ibéricas.  Hay un tercer grupo que se queda aquí y que lo pasa con los amigos, se va de viaje o está con su pareja que, en muchos casos, no es venezolan@.  Este año me toca estar en este último grupo y, como ya lo he hecho antes, dejo algunos datos.

Cosas que se aprenden en las navidades interculturales:

    Léxico:Usar las palabras “Nochebuena” y “Nochevieja”, en lugar de “El 24” y “El 31”, que es como lo llamamos allí.    En Venezuela hay gente que lo llama “Santa Claus” “San Nicolás” o “El Niño Jesús” (o una mezcla de las dos cosas). Aquí es “Papá Noel” y no es tan significativo su regalo. El pesebre o nacimiento aquí se llama “Belén”.   Por cierto, se juega a la lotería de Navidad y la lotería del Niño. Es algo muy arraigado y reparte muchos millones.

       Día de Reyes: Es lo más importante. Cuando todo se ha acabado,  cuando ya ha entrado el nuevo año, entonces es que llega lo bueno: Los regalos de los Reyes Magos. Son los de más importancia para los niños. Si le dejan un poco de carbón al lado de los presentes es que el chaval no ha sido muy bueno.

        Es invisible. El juego de amigo secreto (aplicado en oficinas y también en la familia) se llama “El amigo invisible”.

El clima. Hace muchísimo frío en casi toda España.  La gente anda con bufandas, abrigos muy gordos, botas, gorros y guantes. Es necesario advertir de esto a los familiares que viajan desde otras partes del mundo.

        La comida. En Madrid se consiguen todos los ingredientes para hacer las hallacas. Ahora bien, si no cuentas con personal de apoyo, es mucho trabajo hacerlas solo, así que  también hay la opción de comprarlas. Hay varios sitios que la ofrecen. El pan de jamón también tiene cabida. El año pasado costaba 18 euros el más grande. Si no te apetece ninguna de estos platos, a disfrutar de la comida local que está buenísima siempre.
 

      Gastronomía española. Hacen pavo, cochinillo, las gambas y productos del mar que no falten,  alguna ensalada rica. De postre hay polvorones, yemas de huevo de Ávila, turrones, mazapanes (esto último yo, de ingenua, siempre pensé que era algo propio de mi natal estado Bolívar, jiji). Todo en ingentes cantidades. Todo  delicioso y para comer hasta que no puedas andar.

      La música. Hay villancicos: “El camino que lleva a Belén/  Baja hasta el valle que la nieve cubrió/ los pastorcillos quieren ver a su rey/  le traen regalos a su humilde surrón /ropoponpón ropoponpón.

Y uno se pone a pensar en “El burrito sabanero”, Guaco, “El niño Jesús venezolano” (Si la virgen fuera andina y san José, de los llanos) , los discos de Nancy Ramos y aquello de: “Yo no olvido al año viejo/ porque me ha dejado cosas muy buenas”.

Este soundtrack navideño que todos llevamos grabado aflora por estas fechas y es, quizá, el arma más potente para darte alegría, pero también para recordar a quienes están muy lejos y a quienes quieres achuchar: “Y voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”.

 Las campanadas. Aquí suelen verse a través de Televisión Española y, más recientemente, en Telecinco. Un par de artistas anuncian que se acaba el año. En Madrid la gente suele concentrarse en La Puerta del Sol. La verdad es que no me parece recomendable porque hay demasiada gente y, en lo personal, me parece un poco agobiante. Es por esta tradición que Mecano hizo aquella canción de “Un año más”. Aquí algunas estrofas:  “En  La Puerta del Sol/ como el año que fue/ otra vez el champagne/ y las uvas y el alquitrán/de alfombra están/

Y en el reloj de antaño/ como de año en año/cinco minutos más para la cuenta atrás

/hacemos el balance de lo bueno y malo/cinco minutos antes de la cuenta atrás

  Feliz año. No vas a estar hasta febrero dando el feliz año a la gente, como suele ocurrir en Venezuela. Como mucho hasta después del Día de Reyes. Aprovecho para desearles un muy feliz 2015 a los lectores de La Rorra en el teclado. Recordad que lo más importante de estas fechas es tener presente a los seres que más amas, (estén lejos o cerquita).

Mi hermana ha encontrado este disco en casa de  mis padres en Puerto Ordaz: «Y voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá»