![]() |
| Imagen cortesía de Andrea Daza @andreadazatapia |
Totona: Vagina. Añado su variable en el oriente venezolano: La pepita
El machete, La paloma, El piripicho, El pipí, El que te conté: El pene
Historias del éxodo venezolano en España. Curiosidades periodísticas, dudas y anécdotas de una observadora fisgona.
![]() |
| Imagen cortesía de Andrea Daza @andreadazatapia |
![]() |
| Plaza Altamira. 31/12/ 2007. Guaco de fondo. Foto Gustavo Bandres |
Los periodistas trabajamos en Navidad y Fin de Año (como los bomberos, médicos y tantas otras profesiones). Se divide el personal por guardias y te toca una de las dos fechas: el 25 o el 1 de enero. Hacerlo durante años te da entrenamiento, te crea cierta rutina, pero no espanta al guayabo que te genera no estar con tu familia. Por ser de Puerto Ordaz y trabajar en Caracas (y una temporada de 3 años en Puerto La Cruz) hacía maniobras para conseguir vuelos o algún amigo que se fuera en su coche hasta mi terruño y poder pasar la mayor cantidad de tiempo engullendo en mi casa natal.
Debo decir que mi madre no lleva bien eso de las guardias. Dice cosas como: “Dile a tu jefe que tus padres están de visita en Caracas, que no vas”. Ja, ja. Un año se encaprichó tanto que me tocó trabajar Nochevieja y me obligó a pasar el 31 en la casa, me compró el boleto a Caracas del 1 de enero a las 6 am. Por supuesto que el avión se retrasó. Salí a las 8 am. A las 9 y 15 am, recién aterrizada en Maiquetía oigo un mensaje en el contestador del móvil. Mi jefe de entonces. 8 y 55 am : “Hola Bria, feliz año! Mira, hay un incendio en Graffitti de Colinas de Bello Monte, como es cerquita de tu casa, te toca ir. Vete directo. El fotógrafo ya debe estar en el sitio”. Me iba a dar algo. Casi reviento a llorar de pensar que no iba a llegar a hacer la información por culpa de los antojos de mi madre. Yo en el aeropuerto apenas subiendo. Menos mal que llegué y seguía humeante el edificio. Entrevisté a los bomberos. No hubo víctimas. Fue una nota pequeña. ¡Puff! Me salvé, pero nunca más repetí la gracia ni que mi mamá me lo suplicara con su discurso de: “¡Una madre es una madre!”.
Por esos días las redacciones se decoran y los reporteros llevan comida y alguna bebida para que sea menos pesado el trabajo. En El Universal hasta había presentaciones musicales y algún cotillón. Como no cocino, siempre llevaba los vasos y platos de plásticos ;). Según cada fuente, los reporteros sabemos más o menos lo que nos tocará cubrir: los niños jugando en las plazas, las visitas en los parques, el primer bebé nacido el nuevo año en la maternidad de turno con la cesta regalada por la autoridad respectiva, la basura en la ciudad y, más recientemente las fiestas que ofrecen los alcaldes de la capital. Durante 3 años seguidos recibí el año nuevo en la plaza Altamira en la gestión de Leopoldo López. Una pauta hasta el amanecer. Cuando el alcalde tocaba el gong y eran las 12, el fotógrafo Gustavo Bandres hacía tres disparos rápidos, soltaba esa cámara y me abrazaba: “Felijaño mi negra. Todo el sabor de Puerto Ordaz y Guárico juntos. ¿Qué más quieres?”. Ahí ya yo estaba llorisqueando, claro. Y mi mamá llamando: “Te vi un poquito en Globovisión, no fuiste a la pelu, ¡qué horror, hijita!”. Así es ella.
De todas las guardias aprendí que una parte de la redacción es también tu familia, que si relativizas un poco las fiestas, quizá la distancia te arranque menos cuero y no te deje la carne enrojecida. Desde que vivo con un océano de por medio y dejo de ir en Navidad por motivos de trabajo, me pongo gaitas, tomo vino, abrazo y trato de no llorar cuando la canción dice: “Y voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá”. No siempre lo consigo.
Diciembre del año 2010
Revisas la fecha del pasaje veinte veces. También miras la caducidad de tu pasaporte. Buscas la cartera olvidada donde tienes la cédula venezolana, la licencia de conducir, el viejo aparato de telefonía (al que ahora le dices móvil y te cuesta llamarlo celular). Confirmas que siguen ahí unos pocos bolívares que guardaste para el taxi de Maiquetía y que no sabes si te van a alcanzar.
Llega el día y estás ilusionado. Ver a la familia. Sacudirte el frío. Abrazar, abrazar, abrazar. Abrazos de verdad. En el vuelo piensas en todo lo que quieres hacer, en todo lo que te apetece comer, en las visitas, en las playas. Antes de aterrizar ves el mar. Respiras. Inhalas. Exhalas. Un pelín de taquicardia y tal. Te preparas para el funcionario de migración. Haces la fila y te llevas la primera sorpresa. Pendones enormes con la cara del presidente. El eslogan político de turno. Tratas de obviar el detalle, pero piensas: “en ningún otro aeropuerto he visto tal cosa”. Recoges tu maleta. Ves el sol. Sientes el sol. Ahí están los amigos, esperándote (para ver a la familia, en mi caso, faltan otros 700 kilómetros). Abrazas. Ríes. Te sorprende ver a los amigos bebiendo mientras conducen y con una cava llena de alcohol. “Qué ridícula”, te dices. “¡Tú lo hacías, no te hagas la civilizada ahora!”. Pasas con ansiedad el cinturón de miseria de la Caracas-La Guaira pensando: “que las curvas se acaben pronto, que se vea la Fajardo, la ciudad”. Reencuentro con motorizados sin ley.
Ves el triángulo de Parque Central, Jardín Botánico y UCV. Te sorprende cierto verdor. Te saluda El Ávila. Los panas te comentan que tienes un acento raro. Supones que se pasará con los días. Empiezas el proceso mental de cambiar los tiempos verbales. Intentas decir computadora y carro. Visitas las redacciones como una manera de ver a los amigos de una sola vez en un mismo sitio. Te agrada el trato cercano de ex compañeros. La familiaridad.Te sorprendes de la jerga periodística que has dejado de usar, que llamas ahora de otra manera. Caracas no es una ciudad amable para cerrar encuentros, así que ir a los periódicos es una manera de ver a la mayor cantidad de afectos posible en poco tiempo. Si acaso una quedada en El León, para recordar tiempos estudiantiles y de bajo presupuesto.
En las calles notas la importancia que se le da al teléfono que tienes, a la estética (cada quien a su manera), a la moda. Te sorprenden la radio, la música, los locutores. El habla de los políticos. La hostilidad del tráfico. El caos en que se ha convertido el Metro. Te acuerdas de los recorridos, las líneas, las estaciones. Constatas lo irascible que está la gente. Vas a hacer trámites y la burocracia te aburre. Una fila tras otra. Personas que no se conocen y se cuentan la vida en cinco minutos y tú sin querer hablar con nadie. Oyendo todo. “¡Qué cotilla te has vuelto, mija!”, piensas.
A tu casa vas de sorpresa. Has dicho a tus padres que pasarás las navidades en París con un grupo del postgrado. Los amigos en Madrid advierten que es peligroso, que les avise, que están mayores, que les puede dar algo. Accedo y le cuento solo a mi padre. Se siente cómplice. Me llama a Caracas y grita con un impostado acento francés: “¿Qué tal la torre Eiffel?”. Y yo: “papá, llegó en el vuelo de las 3. Voy en taxi a la casa”. En el avión que va a Puerto Ordaz coincido con un amigo del colegio. Nos emocionamos.Sus padres me llevan. “Papá, ábreme, estoy afuera”. Él: “Si, claro. ¡Mañana es la reunión, cómo no!”. Encompinchados. Me abre. Abrazo apretado. Yo grito en La Gonzalera: “Buenas, buenas, qué bella la navidad en este hogar”. Mi madre servía un café. Se le cayó la taza al suelo y me gritó: “¡pero qué muchachita tan impertinente, vale!”. Abrazo. Lágrimas. Risas. La abuela ciega diciendo: “Me parece haber oído a la negrita. ¿Es ella?” y tú cantarle como siempre la canción de Heidi: “Abuelita, dime tú, ¿qué sonidos son los que oigo yo?”. Navidades de gaitas, comilonas, río, amigas de la infancia, misa de aguinaldos. Amanecer gaitero. Cuñas de navidad de la televisión local. Poco internet. El río Caroní. Largas conversas con los padres. Días enteros en pijamas. El cariño de las tías. Risas con los herman@s. Confirmar que el sobrino está cambiando la voz. Los recuerdos con los primos. Responder las preguntas obligadas sobre España.
Volver de visita es sorpresa, gusto, decepción, descubrir que una parte de ti ha cambiado, que rechaza cosas de la cotidianidad del país, sentir que no entiendes ni la escasez, ni la inflación, ni la delincuencia, ni al gobierno, ni a la oposición. Callarlo para no herir. Confirmar que hay otro lado que sigue intacto, queriendo ir a la playa, bailar salsa y pedirse una reina con todo.
En el librito que les conté en un post anterior encontré un texto que me hizo pensar en el impacto que significa volver al sitio del que te has ido. Puedes regresar de visita o de manera definitiva. En ambos casos es una conmoción. En varias entregas hablaremos de los tipos de retornos. Veamos primero lo que cuenta el autor:
«Una cosa es el exilio y otra cosa es el éxodo. En el exilio lo ponen a uno de patitas en la frontera y el expulsado se va con su nostalgia a cuestas en busca de otra tierra, otros sabores, otra razón de ser. En el éxodo, en cambio, es uno el que se arranca, el que quiere ser otro. Sin embargo, exilio y éxodo tienen algo en común: el alrededor, al principio ilegible, que de a poco se aprende. Uno mira el paisaje como si fuera un simple repertorio y acepta los nuevos rostros como suma de instantáneas. La pasarela por donde llegamos se diluye en un suspiro y la vieja maleta nos pide que la abramos. Allí está el corazón del viaje. Conviene no extraviarlo. Hay que respirar hondo con los ojos cerrados y casi enseguida abrirlos por si acaso.
Empezamos a hablar a solas porque la nueva obsesión será no olvidar nuestra lengua. De pronto hablan otros y sorpresivamente sabemos lo que dicen. Con otro deje, claro, otro cantito, pero nos entra en los oídos como una bendición. Y ahí no más la añoranza se mezcla con la sorpresa, la melancolía con el asombro. Curiosamente el pan tiene gusto a pan y el dolor ajeno se parece al nuestro.
Bajo esta luna o bajo aquella, el beso de aquí se parece al de allá. ¿Volveremos? Habrá que regar con sentimientos las ganas de volver, cada una en su maceta»
Voy caminando tranquilita por la acera. De frente viene un tipo. Me ve, extiende el brazo y empieza a decir: «Óle, Óle, Óle…». Le lanzo una mirada fulminante (como diciendo: «si no me dejas pasar…te vas a enterar). El sujeto se encogió de hombros y dijo: «Está claro que este país no está ni pa’ piropos ni ná».
He puesto en mi estatus de FB el párrafo anterior. Se trata de un episodio verídico ocurrido este semana mientras iba al trabajo. Mis amigos empezaron a comentarme que he perdido la espontaneidad, la gracia, el salero, el guaguancó. ¡Me he quedado a cuadros! Casi me sugieren que invite al caballero a comer. Solo una muy solidaria me escribió: “Diles que tienes un trauma por el centro de Caracas” y otra más vanidosa ha dicho: “Cuando uno es irresistible toca soportar ciertas idioteces en la calle”.
La verdad es que los piropeadores son una especie variopinta. Pueden ser soeces, amables, románticos, cursis, procaces, alevosos y creativos. En casi cualquier ciudad de Venezuela abundan en todas sus variantes y te los puedes encontrar en cualquier esquina. Quizá por el clima y el humor tropical, siempre tienen las frases en la punta de la lengua y sacan risas o miradas amenazantes como la que le di al tipo el otro día.
En España es diferente. Hay menos lisonjeadores y, todo hay que decirlo, son mucho más tímidos y nada intimidantes. Quizá porque las mujeres no se aguantan y les dicen sus cuatro cosas si no les sienta bien el requiebro. Quizá porque la meteorología no los ayuda a decir cosas sobre las curvas de una mujer cuando ella está envuelta en tres camisas, una bufanda y el abrigo de turno.
El hecho es que se me acusa de perder el salero, de ser cruel, abominable. ¡Cuando todo lo que yo quería era llegar a mi oficina porque estaba muertica de frío y este chico se me atravesó en plan torero en el ruedo! ¡Nojóse!
A los defensores del piropo les dejo este breve texto de Alberto Salcedo Ramos: Elogio del piropo
El primer consejo que doy a mis amigos cuando se van a vivir a otro país es que abran sus sentidos, que estén prestos a conocer, preguntar, indagar y adoptar cosas de la nueva cultura a la que llegan. Parece una tontería y una obviedad, pero hay que recordarlo siempre. Eso fue lo que hice yo y me ha servido de mucho. Si llegas y lo que haces es juzgar, comparar y extrañar a cada cinco minutos…mal vamos. No digo que no tengas un sentido crítico, pero siempre con ánimos de recibir y aportar.
Durante estos años he aprendido a querer a España y a los españoles, su cultura, sus bailes, su música y hasta sus dichos. Apenas llegué, empecé a escribir un diccionario español (castizo)/venezolano para entender mejor todo (las películas, la televisión y a la gente). Creo que ninguno de mis amigos españoles se ha salvado de mis interrogatorios sobre palabras, costumbres, refranes o gastronomía. «Ya viene esta con sus preguntas», me dice uno siempre. Lo cierto es que hay cosas que nadie me ha sabido responder o que simplemente todavía no entiendo y sospecho, peligrosamente, que no entenderé. Se las enumero aquí, con cariño siempre. Invito al lector inmigrante o visitante a que apunte las suyas.
1.-Los marineritos. Los niños al hacer la Primera Comunión se disfrazan de marineros o militares. Nadie me ha dado una explicación al respecto. Mi sobrino fue un marinerito bello, pero por lo menos le veo sentido porque su padre es militar de la Armada.
2.- El melón con jamón (serrano) . No entiendo esta combinación.
3.- Los toros . Sin nada que añadir.
4.- Las pipas (semillas de girasol). En mi país es alimento para pájaros. Aquí las comen sin parar en los bares, en el estadio de fútbol y en muchas partes.
5.-Las servilletas de papel. Hay un tipo de servilleta como de papel cebolla. No valen para nada. Ni secan, ni limpian, pero están en todos los garitos.
6.- Tomarse un café a media mañana. En el ambiente laboral es más o menos normal que la gente llegue a la oficina y como media hora después digan: «vamos a desayunar» y todos van a un bar durante 20 minutos. A lo mejor esto también pasa en Venezuela, pero yo nunca lo hice. Al principio no iba con mis compañeros, pero luego te das cuenta de que es parte del trabajo y de que en el desayuno te enteras de información «privilegiada».
7.- El color de la ropa por estación. Soy muy colorida y eso aún no lo cambio. Ya he dicho antes en este blog que no aguanto estar vestida 9 meses entre grises, blancos y negros. Aquí el invierno implica cerrar la paleta y ceñirse a eso y algún colorcito más. Yo no le hago caso y sé que me miran raro, pero me da igual. ¡Amarillo es lo que luce, caballero!
8.-.El pedacito de limón que le ponen a la Coca-Coca cuando la sirven en el bar. A mí ya me gusta, pero veo que a mis amigos que vienen de visita se lo sacan con cierto disgusto. Bueno, ni hablar del whiskey con Coca- Cola. No soy una tomadora profesional (ni siquiera amateur, la verdad), pero sé que mis amigos se escandalizan cuando lo ven en la carta.
9.-El mini. Es un vaso de un litro. Allí sirven un trago y lo llaman MINI. Está claro que es un maxi. Me explicaron que lo bautizaron así, en forma irónica, durante la movida de los ’80 en Madrid.
10.- El nacionalismo. Por más que leas, te documentes y hables con la gente, es un fenómeno complicado de entender. Lo sientes cuando viajas y el idioma regional de turno está por todas partes. Vas concluyendo que este país es una colcha de retazos cosida por ciertos pilares comunes. Me gusta pensar que hay más cosas que unen a toda España que cosas que la separan, pero he conocido nacionalistas canarios, gallegos, vascos, y claro, catalanes. Quizá el tiempo me haga entender mejor este fenómeno. De momento, sigo leyendo.
PS: Andrea Daza, mi amiga y compañera bloguera, también ha compartido sus enigmas. Ella vive en Barcelona y se los cuenta en: http://www.lazotacalles.com/2013/10/02/misterios-resueltos/
Briamel González Zambrano
Cuando la parca se lleva a un familiar y se está lejos, el sentimiento es confuso. Hay dolor, claro. El estómago se estruja, pero tú no estás. No lo vives. No acudes al sepelio. Recibes la noticia por teléfono y te quedas en blanco. Luego rememoras todo lo que viviste junto a ese pariente. Ves fotos, quizá. La garganta se te anuda. Piensas en la última vez que estuvieron juntos. En aquel abrazo antes de que te fueras al aeropuerto… En ese: «Dios te bendiga, mi linda. Llamas al llegar, ¿oíste?».
El cerebro actúa, a veces, de forma extraña (al menos el mío, que está muy maltratadito por tanto chocolate). Para una parte del istmo del encéfalo, el familiar fallecido sigue vivo. Te olvidas de que ya no está, a lo mejor por el hecho de no haber acudido a las exequias. Piensas en llamarle por teléfono o ves en las tiendas cosas para regalarle. Microsegundos después te viene el recuerdo de que ha partido. Te dices: «Bueno, chama, no estabas. Es válido que la memoria ahogue ese episodio».
En el último año se han ido mi abuela y dos tías adoradas. Menos mal que cuando vivían les escribí muchas cartas y las leyeron con alegría. Y las llamaba por teléfono y reían. Las tres me preguntaban siempre: “¿Hace frío ahora? Abrígate bien. ¿Estás comiendo como Dios manda? No vayas a adelgazar mucho que te pones fea”. Esa demostración de amor que es preguntar siempre si has comido …
Un amigo escritor me dijo que estas muertes solo se asumen cuando se va a Venezuela y se comprueba que sus habitaciones están vacías, que hay fotografías suyas con marcos que parecen mortajas, que en el camposanto hay lápidas con sus nombres.
En todo caso, estar lejos no hace que el dolor sea menos insondable. La distancia se convierte en un abismo profundo. El Atlántico parece más grande. Te quedas llorando algo que no ves y a alguien que tampoco volverás a ver y que sigue profundamente dentro de tus pensamientos.
He tropezado con un librito de prosa llamado Vivir adrede (ed. Punto de Lectura, 2009) y me ha acompañado estos días en el metro para sacarme unas risas y ponerme a pensar. Es de Mario Benedetti, de quien nunca he sido especial fan. «Es un viejito cursi», me dijo con desprecio un jefe que me vio leyendo La Tregua en los años universitarios.
Puede resultar un ejercicio sorprendente volver a autores conocidos en la tempranísima juventud. Les dejo este texto sacado de esas páginas. Pase y lea con confianza:
El exilio, cualquier exilio, es el comienzo de otra historia. Es dolor y a la vez descubrimiento. Uno siente nostalgia de esquinas y arboledas, lagos y viñedos. Las paredes son otras, el suelo verde es otro. El cielo sin Vía Láctea está vacío. Uno acomoda la conciencia en la mochila y aprende del escándalo imprevisto y del sosiego huraño. Los rostros más constantes oscilan entre la furia y la sonrisa. Las profecías se hacen polvo y el corazón se va de vacaciones.
Todo esto ¿por qué? Quizá porque de todos modos sobrevivimos en la diferencia y llenamos la soledad con otras soledades que tratan de entendernos.
El exilio tiene algo de abandono y de espantos diminutos, de expectativas inalcanzables, de flor de un día. La claridad se va poniendo oscura y nos extrañamos a nosotros mismos hasta que la oscuridad se vuelve clara. No es fácil acostumbrarse a los cambios de ruta, menos aún dialogar con los que están.
Las fronteras, el humo, las aduanas, los sabios que no saben, la esperanza dormida.
Obligado o voluntario, el exilio también tiene algo de patria; segunda patria, claro. Y cuando nos propone su alrededor de prójimos, entramos en su gracia. Y damos gracias.