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Mi país posible

Briamel González Zambrano

Hoy se cumplen 20 años desde que el gobierno del oprobio y la desolladura ganó las elecciones en Venezuela. Yo tenía 20 años y aquella fue la primera vez que voté y, desde luego, no lo hice por aquel hombre que años atrás había aparecido con un uniforme dando un golpe de Estado. No voté por él debido a su condición de militar («Deben estar siempre en los cuarteles» decía mi abuela y crecí oyéndole eso), y al tono de su discurso.

Han sido 20 años de destrucción de muchas cosas. Mirar atrás y dar cuenta de ello escuece. Por eso quiero pensar en el hoy y en la gente que está trabajando en ese presente y en la esperanza. En esta fecha que marca el inicio de una etapa turbulenta (¿cuándo no la hemos tenido?) a mí lo que me apetece es reseñar lo bueno de Venezuela que veo a mi alrededor. Perdónenme el optimismo, pero no siempre soy así y hay que aprovechar esos pequeños momentos de luz.

Mi país posible estaría lleno de gente que conozco y en la que me reconozco y veo un talento que puede empujar a lo nuevo que ocurra alguna vez.

Mi país posible está en Laureano Márquez y Eduardo Sanabria (Eddo) que acaban de lanzar su libro  «Historieta de Venezuela. De Macuro a Maduro» y que es una maravilla . Tiene la erudición de Márquez y los trazos saltarines y divertidos de Eddo. Aparecen los personajes de la Historia de Venezuela que estudié en el colegio y de quienes mi padre me contaba anécdotas. Aparecen los políticos, aparecen las estrellas de la época dorada de la televisión.

Mi país posible está en el trabajo de años y esfuerzo de Valentina Quintero, premiado recientemente con un reconocimiento de la BBC. Tiene su recompensa llevar décadas recorriendo el país, sus sitios, sus sabores, sus olores y su gente.

Mi país posible está en mis amigos periodistas venezolanos que siguen en el país y en los que se han ido, pero siguen hablando de los casos de Venezuela. Pienso en Unión Radio, Efecto Cocuyo (premiados en cuanto certamen se presentan), en Univisión, en Runrunes, El Pitazo, en mi comadre Mirelis Morales que desde Perú cuenta lo que vive la diáspora allí. Mis amigos de Armando.info y los grandes casos que han destapado. Pienso en Venezuelan Press, aquí en España y todo lo que hace por los periodistas.

En mi  país posible habitan las letras de Juan Carlos Méndez Guédez, Juan Carlos Chirinos, Leonardo Padrón, Alberto Barrera, Doménico Chiappe, Adriana Bertorelli, Michelle Roche, Karina Sainz, y Eduardo Sánchez Rugeles, quien, por cierto, ayer relanzó en Madrid su novela «Etiqueta azul».

Mi país posible está en mis amigos que siguen en Caracas por decisión propia y que son voluntarios en fundaciones y oeneges como Doctor Yaso, Cruz Roja y Casas Hogares.

Mi país posible está en los músicos que siguen componiendo, trabajando y haciendo conciertos en Venezuela. En los artistas plásticos, en los actores, las actrices, en los bailarines y en los cineastas.

Mi país posible está en los médicos que siguen en los hospitales viendo y tratando auténticas tragedias.

Mi país posible está en los profesores universitarios, en los maestros, en los docentes, en los agricultores, los ganaderos, los hosteleros, a los empresarios honestos en general.

Mi país posible está en mis amigos del colegio, hoy regados por el mundo y unidos a golpe de un click del móvil. En mis amigos de la universidad que destacan en diversas áreas de la comunicación y la literatura. Mis amigos que regados por el mundo aún marcan el código telefónico 0058 porque al otro lado están los afectos.

Mi país posible está en los tercos y tercas que no se doblegan y hacen proyectos, fundan empresas e insisten a brazo partido sin robarle un duro a nadie, sin meterse en guisos, sin conexiones dudosas.

Se cumplen 20 años del comienzo de la demolición, pero yo pienso en quienes van a recoger cada pedazo para armar una pieza nueva, limpia, mejor.

Perdonen ustedes el optimismo y la ingenuidad. A veces soy así.

El libro de Laureano Márquez y Eddo Sanabria estará próximamente a la vente en internet

 

 

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Abuelita, dime tú

Briamel González Zambrano

Juana Valderrey, mi abuela, hubiera cumplido 100 años en mayo pasado. Se fue de este mundo cuando tenía 94, ciega y con su cabeza lúcida hasta el final. Nació en los tiempos de la dictadura de Juan Vicente Gómez y murió cuando aún Chávez estaba en el poder.  Su tren de viaje fue de 1918 a 2012.

Desde que yo era pequeña le preguntaba cosas que nadie más le consultaba. Sobre mi abuelo (a quien no conocí), sobre Gómez, sobre Marcos Pérez Jiménez y cómo era vivir en tiempos dictatoriales. Ella alzaba la mirada, se tapaba la boca, se ponía remolona.

.- «¡De eso no se habla! ¡Eso ya pasó! ¿Para qué quieres saber?».

Y yo:

.- «¡Abuela porque me quiero imaginar cómo era todo , vivir sin teléfono, sin televisión. Cómo fueron esas épocas tan diferentes. Si es verdad lo que cuentan en los libros!».

Ella decía:

.- “No, no quieres ni imaginar eso, mija”.

Con los años, me fue respondiendo poco a poco, a trompicones. 

Me contaba que vivía con las puertas de las casas abiertas porque no había delincuencia, aunque sí mucho miedo. Que nunca le gustaron los uniformes militares porque le repartían el susto por el cuerpo. Bajaba muchísimo la voz para decirme que los horrores que decían sobre la «Seguridad Nacional» (la policía política de la dictadura perejimenizta) eran ciertos, eran peores.

.- «Hay cosas de las que jamás se contarán porque quienes las vivieron desean enterrar todo para siempre, para poder seguir adelante”, decía susurrante.

Paraba de hablar. Se cerraba del todo. Yo la dejaba sola en su habitación. Volvíamos sobre el tema cualquier día que yo insistía.

Mi padre se quedaba asombrado de que ella me contara esas historias que le rasgaban el pecho y la garganta, esos momentos de las que nunca habló con él, su único hijo. Yo le decía de broma: “Es que yo soy nieta favorita”. Él me respondía que no sabía si eso le hacía bien a Juana, que no fuera tan persistente.

Así pasamos años mi abuela y yo conversando. Cuando me hice periodista empecé a grabar  nuestras charlas y siempre me decía en algún punto de la plática: “Apaga el aparato un momentico que esto que te voy a decir no lo puedes poner, apaga, pues”. Como si ella supiera que algún día escribiría sobre todo aquello.

 

Un día me dijo: «Si yo no hubiera nacido en 1918, si yo no hubiera sido tan pobre, a mí me hubiera gustado ser como tú. Escribir y decirle a los políticos en su propia cara que no sirven para nada. Ay, si yo hubiera podido…» Entonces entendí por qué me contaba todo. Para que yo fuese su portavoz. 

Les cuento toda infidencia familiar porque en septiembre pasado se cumplieron 6 años de su partida y he pensado mucho en ella. Les cuento porque  la semana pasada algo me estremeció. En el capítulo de la serie española “Cuéntame cómo pasó”, Carlos, el protagonista, rememora cómo le preguntaba a su abuela Herminia por la Guerra Civil (1936-1939) y cómo se vivió en su pueblo, a quienes habían matado, cómo lo había vivido. La abuela Herminia, como mi Juana, se negaba a decir nada. Alegaba que no recordaba, que eso era tiempo pasado y olvidado. Sin embargo, Carlos es escritor y quiere hacer una novela sobre su abuela. La doña cedió y contó las dificultades vividas, el frío, el hambre, las muertes. También omitió algunos secretos inconfesables.

Al terminar aquel capítulo lloré pensando en mi abuela. Me reí de su terquedad, de sus arepas de muñequitos que me hacía para que yo comiera. Recordé mucho nuestras charlas. Eché mucho de menos abrazarla y decirle, como siempre lo hacía, aquella estrofa de la canción de Heidi: “Abuelita, dime tú”.

 

 

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La Rorra en el teclado: 5 años hablando de migración venezolana en España

            Nostalgia (del griego clásico nóstos «regreso al hogar» y álgos «dolor») . 
Pena de verse ausente de la patriade los deudos o amigos.
 
 
Briamel González Zambrano
 

Hace justo 5 años empecé a escribir esta bitácora. Lo hice para saciar mis recurrentes ansias de darle al teclado. Comencé sin saber muy bien si sería constante y si el contenido le interesaría a alguien. Aquí he hablado de qué significa que se vayan tus amigos del país, de cómo armas tu maleta y te vas tú también, de cómo digieres la muerte de tus seres queridos estando lejos, de lo lindo que es conocer y adaptarse al país destino, en mi caso, a España. 

 

Les conté la cantidad de visitas de paisanos que recibes en tu sofá, los encargos que te hacen cuando alguien sabe que viajes a Venezuela, donde están los restaurantes venezolanos en Madrid. Les dije además cómo se transforma el pensamiento del migrante, cómo cambiamos nuestra manera de vestir, nuestro vocabulario y también de ver el mundo. Para el blog también entrevisté a Daniela Páez, Patricia Cardozo, Ariana Arteaga Quintero, Michelle Roche. (No me había dado cuenta, pero ahora voy a por las entrevistas de los chicos).

 
Me hace gracia pensar que este blog es ya una niñita de cinco años que se pasea por sus pantallas para contarles aventuras de inmigrantes venezolanos en España. Me la imagino como una pequeña testadura que insiste en que hagas clicks porque , si hay suerte, los pocos párrafos que contienen cada post te harán pensar, reír o enfurecerte. Una  niña migrante, negrita, que se queja del calor, que quiere playa siempre, que se enfada con los políticos y se ríe con los amigos. 
 
Quiero agradecer a los lectores que han pasado por alguno de los 100 post, a aquellos que me dejan sus opiniones por aquí, a través de correos electrónicos o por la redes sociales. Es una linda recompensa leerlos a todos. Saber que hay alguien al otro lado. Alguien que asiente, que está en desacuerdo o que me dice que faltó algo que añadir en el post. ¡GRACIAS MILES A TOD@S!
 
 
Para celebrar estos 5 años, les dejo la lista de los 5 post más leídos del blog. Vayan y lean. Yo lo pongo por aquí, con cariño siempre. 
1.-Irse y volver (Aquí cuento la primera vez que volví a de vacaciones a Venezuela)
2.- Explicar el país. Lo que dije cuando asesinaron a  la actriz Mónica Spear
5.- Los retornados. (Hablo de los españoles que vivieron en Venezuela y vuelven a su patria).

 

¡Gracias por estos cinco años de La Rorra en el teclado!
 
 
 
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Test de nacionalidad venezolana

Briamel González Zambrano

Desde hace unos años se implementó una ley en España que incluye la realización de un examen tipo test entre los requisitos obligatorios para obtener la nacionalidad española. En la prueba hay preguntas sobre geografía, costumbres del país, las fiestas, los idiomas que se hablan, política, arte y cultura general.

Hice el examen en 2016 y recuerdo que cuando repasaba las preguntas, interrogaba a mis compañeros de trabajo. A ellos les parecía alucinante porque había muchas respuestas que desconocían. Una decía siempre: «Bria aprobará y yo, que soy de Madrid de toda la vida, no sacaré ni la mitad de la nota». Reíamos.

Les cuento esta anécdota porque noto que, de vez en cuando, se pone en tela de juicio la venezolanidad de quienes nos fuimos. Es algo recurrente e irritante. Sobre todo porque cada quien lleva y expresa a su país de una manera personal y como le apetece. No creo que nadie tenga la vara correcta para medir eso.

Cuando migras, puede cambiar tu acento, pueden cambiar las palabras que usas, tu habla cotidiana. Cambia (casi seguro) tu forma de vestir si te vas a un país con estaciones, cambia también tu percepción de casi todo.¿Y qué con eso? Al final, migrar es  también un viaje hacia ti mismo.

Resulta que esas transformaciones naturales y lógicas, no lo son tanto para cierta gente. Entonces es cuando escucho burlitas, chistes  o tonos socarrones si alguien celebra Halloween , el 4 de Julio o  el Día de Acción de Gracias  en Estados Unidos, o el Día de Muertos en México, o el Carnaval en Río, o las Fiestas del Pilar en España. La mayoría de quienes hemos llegado a un país nuevo queremos (y debemos) aprender de esas costumbres que nos son ajenas, comprenderlas, estudiarlas y adaptar a nuestra vida aquellas que nos gusten.

No tiene nada de malo participar. Vives en esa nueva sociedad y quieres formar parte de ella. Esto parece una perogrullada, pero hay que aclararlo a quienes piensan que dejas de ser venezolano por conjugar los verbos de otra manera, por vestir distinto, comer otras cosas y por analizar de forma crítica lo que pasa en Venezuela.

No hay que tener  una camiseta de la Vinotinto, ni escuchar cada día a Simón Díaz, no hay que hablar caraqueño rajao, ni bailar joropo para saber y sentir de dónde vienes. Cada uno es venezolano a su manera y ese es su derecho.

Creo que por mi fenotipo, nunca pararán de preguntarme de dónde soy y lo diré siempre: De Puerto Ordaz, estado Bolivar, Venezuela. Ahora España es mi casa y me gusta, la quiero y la respeto. No es incompatible. Lo incomprensible es que haya quien no lo entienda.

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Secuelas del miedo

                                                                                             «Sin seguridad no hay libertad»

Briamel González Zambrano

Me gusta pensar que he ganado libertad desde que me fui de Venezuela, que ya no temo a las calles solitarias y oscuras. Es cierto. Voy con el móvil por la calle y en el metro. Camino sola de madrugada por la ciudad y uso el transporte público a cualquier hora. A veces, si me apetece, utilizo ciertas prendas y relojes que en Caracas no podía sacar ni del cofre. No tengo miedo de que me puedan matar de un balazo para quitarme las zapatillas de deporte. Las únicas armas que he visto desde que vivo aquí son las de los cuerpos de seguridad del Estado y de ciertos vigilantes (y reconozco que me quedo mirándolas). Todo eso es verdad.

Hay una parte de mí, sin embargo, que lleva  cincelados el miedo, el terror, la violencia. Es un pedacito pequeño, sí, pero ahí está. Es inquietante.

Cuando voy en el coche y veo un motorizado, temo. Si coincido con él en un semáforo y se mete las manos a los bolsillos, pienso que puede sacar un revólver. Me ha pasado ya dos veces. Luego me río, pero es un trauma, desde luego.  El instinto de supervivencia trabajado durante años nos late.

Si en el mismo semáforo alguien pide dinero o quiere limpiar la luna del coche, cierro los seguros y acelero si puedo.

Mi pareja me riñe porque no me gusta pasear de noche por los parques. Lo hago casi como terapia de choque, pero voy con un pelín de miedo. Y él va tan tranquilo y me repite que no va a pasar nada.

A veces abro mi bolso y lo ausculto buscando la billetera, quiero asegurarme de que sigue allí, que nadie se la ha llevado.

Cuando hay fuegos artificiales por alguna festividad, yo tiendo a pensar que pueden ser disparos. Es absurdo, pero en la capital venezolana el sonido de las balas era cotidiano para mí.

Una compañera de trabajo llamó a la oficina hace años para decir que le habían robado la cámara, que estaba en la policía poniendo la denuncia. Yo estaba recién llegada a Madrid y la increpé: «¿Estás bien? ¿Cuántos eran? ¿Arma blanca o de fuego? ¿Alguna herida? ¿Fuiste al hospital?». Todos se rieron. Ella solo tuvo un descuido en el metro y alguien se llevó el aparato. Yo ya me había hecho la película venezolana.

Les cuento todo esto porque esta semana vi a una compañera de aventuras periodísticas que lleva menos de un año en España. Me dijo que aún no se siente capaz de utilizar el teléfono en la calle, que camina viendo para los lados siempre, que a las 7 de la tarde está en casa, que en el metro también permanece atenta.

Yo le digo que se le pasará, que el tiempo hace su trabajo y que todo se olvida, aunque siento que no sea del todo cierto. Sin embargo, deseo que ella y todo el que migre aprenda a saborear la libertad y sepamos todos aplastar los traumas del miedo que nos sembró nuestro violento país. Que aprendamos a ser libres, a cuidarnos razonablemente porque en todos lados hay delincuencia.

Merecemos  vivir sin terror.

Y, desde luego, también deseo que la inseguridad desaparezca en Venezuela y deje de impregnarlo todo. Soy consciente de que esto tomará años.

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Lo mejor de nosotros

 

Briamel González Zambrano

Nunca he soportado la viveza criolla venezolana. A ese que se cuela en la fila del banco, de un ministerio, al motorizado que se sube en la acera, al que no respeta los espacios públicos. A ese que trafica con papeles, con gestiones y con dinero público. A ese que le dice a un fiscal o a un policía: “¿Cómo hacemos para arreglar esto?” con el fin de evitar una multa o una detención y a sabiendas de que cometió una infracción. Al guardia de la alcabala  de carretera que te chantajea, mira tu automóvil y te dice: “Dame algo pal refresco”. A esos uniformados que están en el aeropuerto de Maiquetía como buitres hambrientos. Comentan: “¡Qué tablet tan bonita! ¿Y ese iphone es último modelo?”. Y el pasajero temblando antes de pasar los controles,  enfrentando  la posibilidad de tener que darle de gratis un bien que fue fruto de su esfuerzo.

 “Ese es tu problema”, me dijeron alguna vez cuando aún vivía en Venezuela: “No te quieres dar cuenta de que las cosas funcionan así aquí y punto. No vas a cambiar el mundo. Y así hemos vivido aquí y punto. Es una cuestión de supervivencia”.  A lo mejor aquella persona tenía razón. A lo mejor, en buena medida, por eso me fui.  Aquí en España la viveza tiene su versión propia llamada “La Picaresca”. Tampoco la aguanto, aunque es menos frecuente de lo que los propios españoles creen. Es ese que piensa que puede regatear en servicios que tienen un coste determinado, que trapichea con cosas menudas, que le encanta engañar a los organismos del Estado y  que disfruta si mete gato por liebre.

Ahora que somos millones de migrantes venezolanos por el mundo, no exportemos esa “viveza”. No repliquemos ese modelo que tanto daño nos ha hecho y que también nos heredó esta situación de debacle-país tan horrible. Escucho relatos de  estafas inmobiliarias, monetarias  o de franquicias cometidas por venezolanos y me entra ira. Desde luego, no son una mayoría, pero me gustaría no oírlas nunca más.  Por esto pido la mejor versión de nosotros mismos.

Seamos ciudadanos cumplidos y de bien. Seamos ese que ayuda, que hace su trabajo bien, que se le reconoce por su profesionalidad y su integración. Seamos ese con quien la gente empatiza cuando ocurre algo en Venezuela. Seamos ese que se interesa por la realidad social, histórica y política del país al que llegó. Seamos ese que trabaja con tesón para salir adelante sin dañar a otros, sin colarnos el fila, sin  creernos más que nadie.

 

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Fachadas

«No hay tierra como la tierra de tu infancia».Michael Powell
«La verdadera patria del hombre es la infancia». Rainer María Rilke.
«A veces me escribe la infancia/
una tarjeta postal
¿Te acuerdas?» 
Michael Krüger 
Briamel González Zambrano

El fin de semana me llegó al móvil la foto de la fachada de una casa. El remitente solo dijo en el grupo de amigos del colegio: «Quise compartirla con ustedes». No escribió nada más. Él sabía lo certero de aquel mensaje. Es la casa de su infancia. Ahora luce con maleza, las paredes desconchadas, cerrada, con la rejería descolocada, algo derruida, acusa abandono. Estoy segura de que a todos los destinatarios nos sorprendió verla así, como parte de una escena apocalíptica. 

 

Aquella quinta con nombre de fría ciudad italiana está en mi natal Puerto Ordaz, una de las urbes más calientes de Venezuela. Allí estuve en cumpleaños, barbacoas, viendo partidos de fútbol, estudiando con cuadernos, enciclopedias, diccionarios de Latín, con el libro amarillo de Historia Universal firmado por  Aureo Yépez Castillo, con el libro negro de Biología de Serafín Mazparrote y siempre sobre la mesa había vasos metálicos llenos de Nestea o de Toddy. Muy cerca un mueble con portarretratos con fotos de los hijos. Los padres  pasaban verificando que de verdad estábamos repasando. 

 

En una fracción de segundos recordé todo eso. Al padre italiano siempre de punta en blanco, con su acento y sonrisa muy marcados. A la madre guara de voz suave, solícita, cariñosa. Recordé el salón, los cuadros y que cuando estuve en Italia por primera vez pensé en aquella vivienda. También rememoré una llamada a mi móvil en plena madrugada hecha desde esa casa en el año 2001: «¡Soltaron al carajito, negra! ¡Lo soltaron! ¡Es libre!». Mi amigo me avisaba que habían liberado a su hermano pequeño, luego de un secuestro que tuvo en jaque a la policía  durante varios días. Aquello se resolvió porque la familia pagó el rescate sin decir nada a las autoridades, pese a que los tenían instalados en su hogar y con sus teléfonos intervenidos. 

Respondí al mensaje de la foto: «¡Qué recuerdos! ¿Quién vive allí ahora?». La respuesta de mi amigo Gianca (que vive en Panamá) fue: «Nadie. Mi familia la vendió hace años y quienes la compraron nunca han estado. La abandonaron». Entonces pensé en las casas del resto del grupo, en sus nombres con letras de bronce pegados a la pared principal, pensé en la de mis padres: La Gonzalera. 

Evoqué  también en esa sensación pesada de estar en el Ortiz de «Casas Muertas» que a veces da al volver al lugar de origen, después de años sin vivir allí.  Seguramente usted, estimado lector, puede hacer lo mismo. Cerrar los ojos y ver la casa donde creció, recordar cómo era, su ubicación, sus muebles y si todavía sigue en pie, si aún la visita o queda algún familiar viviendo en ella. Si la vendieron, pensará quien vivirá allí y si la disfruta y es feliz. Si está alquilada o vacía, a la espera de que en Venezuela haya un mercado inmobiliario razonable para venderla. 

Los sitios de la infancia no permanecen físicamente para siempre. Eso lo sabemos todos. Sin embargo, hay quienes sentimos que nos robaron la posibilidad de visitarlos cuando nos apetezca, de ver a los vecinos y algún imprudente te diga que has aumentado de peso o de que te vas a quedar para vestir santos, de pasear por los parques, de ver a las tías cada domingo, o de que los hijos crezcan con primos o padrinos cerca, de que esos niños sepan lo que es una mata de mango porque se subieron a ella y que visiten a los abuelos sin Skype de por medio. Eso nos lo arrebataron de cuajo a algunos. Siempre trato de no quejarme de ello, de agradecer donde estoy y la vida que tengo. Sin embargo, la foto de esta fachada me ha dejado tan pensativa que no pude evitar hacer esta reflexión. 

Ya no hay domingos familiares porque los hijos estamos en diferentes países o ciudades, ya no hay vecinos porque muchos también se han marchado, ya no hay parques porque toca encierro, porque la inseguridad mata y lo hace cada día. No hay: «Inventemos una parrilla este domingo que hay béisbol, fútbol, elecciones o porque ha nacido un bebé», porque comprar carne es casi de millonarios. Ya no hay visitas desde Caracas a Puerto Ordaz porque no quedan casi vuelos, ni repuestos para el coche, ni carreteras seguras. Ya no hay invitaciones para tomar café porque ese es un producto escaso, como el papel del baño, como  los medicamentos, los alimentos, las servilletas, como casi todo. Escribo esto y no desvelo nada. Todo es conocido, pero tenía que decirlo otra vez. Esa fachada, la de quinta Firenze, me habló, me dijo cosas, me llevó a lugares y por eso lo he querido contar. 

El periodista canario Juan Cruz dice que los seres humanos: «Somos nuestra infancia, lo primero que se aprende es lo último que se olvida, según se pierden los recuerdos uno se despide de sí mismo».  Así que conservemos nuestros recuerdos tanto como podamos. Que esta devastación tan horrorosa no nos los quite. 

Muchas de las casas en Venezuela están clausuradas o muy deterioradas por la situación actual del país.
Esta foto es en Puerto Ordaz.
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Los que más crecen, los que más piden

Briamel González Zambrano

El diario ABC publicó esta semana una nota según la cual la comunidad venezolana es la colonia extranjera que más crece en Madrid. Estamos en casi todos los barrios, en todas las escalas sociales y ocupamos cargos en diversas industrias. Casualmente, en estos días estuve con una persona de Cáritas, la rama de la iglesia católica que trabaja con los más excluidos y  me dijo: «Los venezolanos son los extranjeros que más acuden a nuestras sedes para pedir comida, ropa y trabajo en España». Yo me quedé pensativa. Estuve cavilando sobre el tema, sobre este desembarco que no cesa, imaginando las caras que hay detrás de todos esos números: Mis paisanos.

Retrocedí también a mi vida en mi natal Puerto Ordaz. Una ciudad planificada y repleta de inmigrantes. Allí crecí viendo cómo mis amigos, hijos de colombianos, se ayudaban con otros colombianos, lo mismo pasaba con españoles, portugueses, italianos, chilenos, peruanos, bolivianos, libaneses y griegos. La lista de las aulas de mi colegio era una retahíla de González, García y Pérez mezclados con apellidos venidos desde todas partes, a veces impronunciables . Los vi ayudarse, tener sus clubes, hermandades, celebrar las fiestas y hacer las recetas de los países de origen, mezclar su sangre y su vidas con venezolanos, crecer.

Ahora estamos nosotros los venezolanos en esta tesitura. Somos los que más crecemos en número y también los que más pedimos a la beneficencia. Es lógico. Se está huyendo. A la luz de lo acontecido esta semana, la violencia del gobierno aterroriza, espanta y hay quien sale corriendo con lo puesto. Tenemos un gobierno que asesina en directo, que involucra grupos paramilitares en operativos en los que trabajan los Cuerpos de Seguridad del Estado. Esto nadie lo explica. Una periodista pregunta qué ha pasado y llama a la reflexión en la tele y la echan de su trabajo, luego de 17 años de servicio. Aprovecho para presentar mis respetos para Alba Cecilia Mujica, una periodista que ha sido guía y formadora de varias generaciones.

Hay semanas así. En que Venezuela es un aliento contenido, una herida con la carne enrojecida y que no se cierra. Es una metralla de acontecimientos desafortunados que te golpean. Mientras tanto, las cifras nos hablan por sí solas. Un país con un goteo indetenible de personas que huyen y otra parte de su población que resiste, que lucha, que sobrevive allí. Ambos grupos con el corazón en un puño, soñando que todo cambie, que todo mejore, que termine la pesadilla.

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Los retornados

«Me voy para volver.
Vuelvo para irme.
 Y así he vivido.
Sin acabar de irme.
Sin poder quedarme.
Sin saber por qué»

Fernando Vallejo

Briamel González Zambrano

 

Miles de inmigrantes desembarcaron en La Guaira sin saber a dónde habían llegado

Me conmueven mucho siempre las historias de los inmigrantes que pasaron décadas en Venezuela y ahora han vuelto a sus países de origen debido a la situación actual. De verdad se me saltan las lágrimas al escucharlos hablar con profundo amor de aquel país que los recibió y cobijó por décadas.  Quieren, añoran y sueñan con ese lugar que, para mí ya no existe, ya no es.

Siempre que tropiezo con alguno de ellos los entrevisto, les pregunto sobre su llegada allí, sobre lo que hicieron, lo que construyeron y lo que vivieron. Les pido que me cuenten cómo conocieron a su pareja, si criaron a sus hijos con las costumbres del lugar de origen, si volvieron de visita a sus casas. Me relatan esos desembarcos en La Guaira, ese clima tropical que desconocían, ese sol picante que les hizo brotar más pecas y ese mar Caribe caliente. Adoptaron a un equipo de béisbol local, casi siempre a Los Tiburones de La Guaira. Se hicieron amigos de sus paisanos, construyeron su empresa: un taller mecánico, un supermercado, un vivero, un restaurante, un comercio de cualquier ramo en medio de un país pujante, boyante y vibrante.

Ahora vuelven a su terruño en  Europa (Italia, España y Portugal principalmente) y en otros países de América Latina (Chile, Ecuador, Perú, Colombia) con la desazón de dejar atrás aquello que construyeron con tanto sudor. Vuelven tristes, apretando su lata de galletas llena de fotos sepia de cuando eran jóvenes e inexpertos. Sin ganas de usar el abrigo, viendo siempre las noticias de Venezuela. Sin entender la política de su país de origen. Se deprimen, pero se sobreponen por sus hijos, por sus nietos. Sus miradas se humedecen en cuanto les pregunto por sus años en la Venezuela del pasado, la que ellos disfrutaron.

«Todo era alegría y calor. Nunca aprendí a bailar, pero lo hacía con los ojos,  al ver a los venezolanos. Me fui de Galicia siendo una adolescente. Todos los días pienso en Venezuela. Pasé 52 años años allí antes de volver a España. Cin-cuen-ta y dosss. Así que ¿quién es más venezolana, tú o yo, carajita?», me dijo una gallega con sonrisa tristona, su acento marcado y mirándome a ojos.

Abrazo a  todos los padres de mis amigos inmigrantes que vivieron en Venezuela, a todos mis panas que ahora vuelven a las tierras de sus abuelos para hacer lo mismo que ellos, buscar un futuro. Esta vida cíclica de ida y vuelta nos está enseñando mucho a todos. Sigamos aprendiendo y oigamos las historias de aquellos que fueron a nuestro país, siempre tienen algo bueno para contarnos.

PS:  Mi recomendación de la semana es que escuchen este programa de Radio Ambulante. Hablan los periodistas Sinar Alvarado y María Gabriela Méndez sobre migración venezolana , el país que fue, cómo es irse, cómo es regresar.  Denle al play: Radio Ambulante: Boom y colapso.

 

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Razones para creer

Briamel González Zambrano

Tengo una visión muy pesimista sobre Venezuela y su posible salida de la crisis económica, política y social. Creo que se puede conseguir, pero que es un proceso largo y tan complejo que llevará mucho tiempo. Tanto, que no creo que yo lo llegue a ver. Seguramente lo harán mis descendientes.

Siempre he pensado que nuestro problema como nación, y también la solución, radica en nosotros. Me refiero a nosotros los venezolanos como ciudadanos, como personas que conciben un país distinto, mejor. No me interesan los paisajes, ni las playas, ni las montañas como argumentos para tener un buen país. Sobre todo porque nada de eso lo ha hecho ningún venezolano. Estaban ahí desde antes.

 

Más allá del chavismo y del madurismo está la gente. Está ese que se colea cada vez que puede, que pasa el semáforo en rojo siempre, que toca la corneta e insulta en un atasco. Prolifera el que ve siempre la manera de convertir un trámite en una mafia para sacar un beneficio económico: trapicheo de medicamentos, de comida, de pasaportes, de partidas de nacimiento, de artículos de aseo personal. Está el que lanza la basura en la playa, en las plazas, en el metro porque ¿total? los espacios públicos no son nadie. Ignoran que son de todos. Están los funcionarios públicos que se van acostumbrando a trabajar uno o dos días a la semana y cobrar el mismo sueldo que devengaban cuando tenían su horario completo. Está eso llamado “viveza criolla” que, por cierto,  aquí tiene su versión española llamada “picaresca”.  Finalmente es un tema de educación que demorará mucho en reconducirse.

Pese a todo lo anterior, tengo que decir que no me siento a gusto teniendo esta percepción. Aunque me parezca muy realista y la sienta desde antes de haberme ido del país. No me gusta pensar que Venezuela se ha convertido en presa de esos protagonistas, los “vivitos criollos” , los pillos, los malandrines, los sifrinos ladrones, los bolichicos. Más que nada porque, como todo, tiene también un “lado B”. Es decir, hay una versión del venezolano cumplidor, trabajador, respetuoso, educado, responsable, emprendedor. Quizá hace menos ruido que los otros, pero está ahí con sus latidos, con su invención, con sus ganas de que la pesadilla acabe.

Creo en la fuerza de los pequeños emprendedores y artesanos como Iraida, la autora de esta muñeca que tengo en Madrid

Laureano Márquez repite insistentemente que aquél es el país de Uslar Prieti, Andrés Bello, Jacinto Convit, Francisco de Miranda, Teresa de la Parra, Lucila Palacios, Teresa Carreño. El país de quienes hicieron el puente sobre el lago de Maracaibo, la represa de Guri, el teleférico de Mérida, la Universidad Central de Venezuela. Dice que cómo vamos a perder la esperanza teniendo estos antecedentes. Sin embargo, esta retahíla me es insuficiente porque me resulta lejana. Así que decidí buscar mis propias razones para creer…Honestamente he encontrado muchas y aquí se las comparto como un pequeño bálsamo:

  • Los médicos y el personal sanitario. Siguen en pie de lucha en hospitales donde no hay ni algodón. Arriesgando sus vidas por los temas de bandas violentas que llegan tiroteando. Los galenos que siguen enseñando en los hospitales universitarios. Viendo a sus pacientes desnutridos y sin medicamentos. A todos ellos un aplauso.
  • Las madres. Su fuerza, su empuje y su entrega mueven a tanta gente. Las madres venezolanas de todos los estratos. Son tenaces, insistentes, corajudas. Hacen colas tremendas para los alimentos, las medicinas, los pañales de sus hijos. No les importa pasar hambre con tal de que sus hijos sí coman. Las madres en todos sus colores, en todas las clases sociales están ahí en las trincheras de la lucha diaria. Las madres, siempre las madres. Los abuelos que,pese al pésimo internet, hacen todo para ver  a través de una camarita a sus nietos que viven lejos. (Este punto lo tenía pensado y lo olvidé al escribir esta entrada. Me lo ha sugerido, cómo no, Ariana Arteaga Quintero).
  • Las Organizaciones No Gubernamentales. Los que se dedican a buscar medicinas, a ayudar a pacientes oncológicos, con VIH, con diabetes, con todo tipos de enfermedades crónicas. A quienes pasan sus días asesorando a familias víctimas de la violencia social y política. A los que ayudan a las madres adolescentes,  a los indígenas, a las adictos y a los indigentes.
  • Los maestros. Con sueldos vergonzosamente bajos. Con pizarras, programas educativos y técnicas caducas, pero con toda la ilusión de formar a sus alumnos. Los he visto. Tengo familia y amigos docentes. Su fe es inquebrantable.
  • Los periodistas que siguen en el país. A pesar de los salarios devaluados, a pesar de las condiciones durísimas para obtener la información, a pesar de lo peligroso que es ejercer, continúan viviendo y trabajando en Venezuela. Buscando datos, fundado nuevos medios digitales, actualizándose. Dándolo todo.

 

Creo en mis amig@s en Caracas que resisten, que hacen cosas increíbles por la ciudad, por los demás.
  • Ciertos jóvenes políticos cuyos discursos erizan la piel y a quienes no les ves los vicios de la vieja política. Dejan sus años, su esfuerzo y su salud en cada cita electoral, en cada acto. Ojalá les merezca la pena.
  • Las editoriales. He visto desde lejos el nacimiento de varias casas editoriales en un país donde no hay papel para los periódicos ni para nada. Siguen creyendo en la literatura y en los escritores. Organizan ferias del libro y actividades culturales extraordinarias.
  • Los artistas plásticos, creadores, músicos, humoristas y también los pertenecientes a nuestra menguada farándula. Ahora hacen teatro y recorren las grandes salas de colegios del país y llevan entretenimiento a quienes pueden pagar la entrada. Mi hermana, por ejemplo, es cantante de ópera y no para.
  • Las grandes empresas que resisten la inflación y todo el desastre económico. Esas empresas que son referencias del país por  trasladar valores a sus empleados.  No diré el nombre de ninguna, pero usted puede imaginar cuáles son.

 

Creo en la generosidad de mis amigos del colegio en Puerto Ordaz que, a pesar de habernos graduado hace muchos años, se ayudan todo el tiempo.
  • Los que recorren el país para mostrar sus maravillas naturales en la tv, en la radio, en la prensa y que luchan para que no se desvanezca el turismo en un país lleno de escenarios extraordinarios, pero asaltado por delincuentes y estafadores. Un país petrolero donde las carreteras está rotas y donde te pueden robar, el parque automotor de autobuses está deteriorado, los vuelos nacionales e internacionales están reducidos. La gente que quiere preservar el turismo merece también un aplauso. Por su empuje, por sus ganas, por su pasión.
  • Los productores agropecuarios. Siembran, siembran y siembran en condiciones tan adversas, con márgenes de ganancia ínfimos, con todo en contra. Allí siguen buscando en las extrañas de la tierra lo que pueden ofrecer.

 

  • Todas las personas anónimas que están reconvirtiéndose y resistiendo en el país. Que son emprendedores y están haciendo camisetas, bisutería, repostería, artesanía, comida, flores y muchos productos hechos a mano y de mucha calidad.

 

  • Los profesionales que ahora tienen hasta tres trabajos para poder alimentar a su familia. Ingenieros que al salir de la empresa hacen tortas en su casa y venden helados. Profesores que son taxistas al salir de dar clases , abogados que van de los tribunales a su venta de arepas. Todo al mismo todo. Buscándose la vida.

 

  • Los estudiantes. No hay mucho que explicar sobre ellos. Arriesgaron sus vidas ante un gobierno que les mostró sus dientes y sus armas.
  • Los intelectuales que allí siguen. A lo mejor su labor no se siente, pero sé de muchos que están permanentemente pensando en una transición y en lo que harán para colaborar cuando ese momento llegue. Ellos están pensando el país del futuro. Están tramando ideas para verlo resurgir. Están escribiendo y creando, siempre.

 

  • La fuerza y las ganas de quienes nos fuimos. A lo mejor muchos no volvemos, pero ofreceremos nuestro talento (si es que contamos con alguno) y nuestras herramientas para hacer cosas por la reconstrucción del país. Eso será así, desde donde estemos. Es un pequeño acto de fe. Es así.
Estas son mis razones. Me gustaría conocer las suyas, si las tienen.

 

¡Gracias!
PS: Mi lectura recomendada de esta semana es -> «No hay olvido posible cuando el país que dejas te persigue»