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Erika, tipo en Madrid

 

Briamel González Zambrano

 

Llega con algo de retraso porque se perdió. Solo habían pasado seis horas desde que Erika de la Vega había aterrizado en Madrid y acude a la cita con unos veinte periodistas de Venezuelan Press para charlar sobre su vida laboral, sus planes. Aparece perfectamente maquillada  y peinada.  Saca  de su bolso un pequeño trípode y una cámara que enciende enseguida. “Yo también los voy a grabar. ¿Qué creían?”, dice, y ríe.

Ha venido a España por la gira de su monólogo: “Tú no sabes quién soy yo”, que la llevará además a Barcelona, Coruña, Tenerife, París y Londres.  Escogió el nombre de la pieza para hacer un juego de palabras. “La frase la puedes  pronunciar y entonar de diferentes maneras. Si vas a buscar trabajo donde nadie te conoce, te toca decirla suave y sin ego”, dice sonriendo.

En el espectáculo habla en clave de humor de las mujeres,  la maternidad, las relaciones, los trabajos y los cambios. Esta última palabra le toca mucho. Desde hace cuatro años vive en Miami, dejó,  de momento, las ondas hertzianas y trabaja en Telemundo.  Admite que la experiencia le ha resultado difícil por todo lo que tuvo que abandonar y la nueva etapa en la que sus veinte años de experiencia en radio “no significan nada” , debe mostrar su talento y conquistar espacios. Sin embargo, ha sabido digerir las espinas y atajado las oportunidades. “Le dije a un amigo que sentía que me habían robado el futuro. Él me respondió que no era cierto, que solo me lo habían cambiado. Que aprovechara ese giro. Esa respuesta me gustó y vi la manera de darle la vuelta a la situación”.

Sobre la migración venezolana en Estados Unidos dice que no se atreve a calificarla porque considera que,como comunidad, tiene un camino que recorrer. “No siento que deba o pueda meternos a todos en el mismo saco. Estamos aprendiendo y tratando de seguir con nuestras vidas y la única vía de hacerlo es mirando hacia adelante. También les repito una frase de Lorenzo Mendoza: Migrar es cambiar unos problemas por otros y en eso estamos todos. A mí me encanta verme con venezolanos, conversar, intercambiar ideas. Lo hago mucho con el show y en general. No puedo negar de dónde vengo”.

En medio de la conversación suena insistentemente su móvil. Lo saca y muestra a todos la pantalla que dice: “Sacar la basura”. Es su alarma de oficios del hogar. Dice: “Pues nada, hoy no se sacan las bolsas en mi casa”.  Reímos todos. Un compañero le suelta la pregunta: “¿Dónde te ves dentro de quince años?” y ella responde: “En el  cirujano plástico estirando todo lo que haya que estirar (carcajadas). Ahora en serio, como han cambiado tanto los planes, es mejor no organizarse tanto. Es mejor dejar que la vida te sorprenda un poco ¿no?”.

 

Así entre risas se acabó el conversatorio y con ella diciéndonos: “¡Gracias por esta sobaíta en el alma! ¡Qué bonito estar con ustedes y hablar de todo un poco! Eso ayuda y reconforta”.

 

COORDENADAS
Si pinchas aquí puedes ver el detrás de cámaras de su gira en Europa. (Canal oficial de Youtube).
Twitter: https://twitter.com/ErikaDLV
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Dos mundos

Briamel González Zambrano

 

“A fuerza de vivir en varios lugares, uno acaba de ser de varias partes a la vez y de ninguna enteramente. Por haber vivido aquí mucho tiempo, conozco a París como la palma de mi mano. Pero también a Barranquilla. Y a Caracas. Por no hablar de Boyacá, mi tierra: sus laderas, sus perros ociosos que ladran al paso de un automóvil o sus crepúsculos melancólicos son míos también. A veces, por azar, dos de esos mundos resultan confrontados y uno intenta, sin fortuna, serviles de puente”.

Esto lo escribió el colombiano Plinio Apuleyo Mendoza para evocar una noche en la que llevó a un amigo paisano suyo a comer croissants de chocolate a las 3 de la madrugada en la capital francesa y el visitante rechazó la oferta y  le dijo: “Yo lo que quiero es comerme una yuca”. ¿Cómo explicar ese tubérculo a las parisinas que los acompañaban?

Así me ha pasado al intentar describir qué es una arepa, una hallaca o un bollito de maíz tierno. Explicar a qué sabe el queso guayanés, una cachapa o una polvorosa de pollo. Aquí en la universidad tuve que escribir de gastronomía y yo le decía al profesor: “Es que no cocino, no sé de ingredientes, porciones y cocción”. Él me respondía muy seriote:  “Usted no cocina, pero come. Así que escriba y haga que sus compañeros y yo, que nunca hemos visto esos platos, sintamos ganas de comerlos”. No sé si lo conseguí porque aquellos textos los hice a regañadientes y esa es casi la peor manera de rasgar las teclas del ordenador. Sin embargo,  ayer me escribió una madrileña  ex compañera de clases para decirme que había tropezado con un restaurante venezolano y que entró con su familia.


“Comimos  las cachapas y ese queso de tu tierra del que siempre hablabas. Lo que me apunté fueron los tequeños, qué ricos. ¿Cuándo quedamos para nos los prepares?”, escribió la muy ingenua criatura que no se quiere enterar de que frente a los fogones tengo poco que hacer.

Con ese texto suyo sentí que se mezclaron los mundos y agradezco que se haya desarrollado tanto la hostelería venezolana en España y especialmente en Madrid. Así, cuando tenga que explicar qué es una “pelúa”, los mando para estos locales y listo. Agradezco que estén mostrando y divulgando todo sobre la comida con la que crecimos.  Agradezco poder tomarme una chicha, o un toddy, o comerme un pabellón  y que puedo además llevar a mi novio y a mis amigos españoles y de otras nacionalidades  a que los prueben.  ¡Qué suerte!

Mis sitios recomendados para comer venezolano en Madrid:

 

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Un inesperado cambio de planes

Briamel González Zambrano

“Gorgojos, gorgojos. En esta casa lo que hay es gorgojos en todos los gabinetes de la cocina y  por todos lados”,  me contaba y mostraba por Skype mi amiga María que fue desde Francia a Venezuela a visitar a sus padres hace un par de años. Lo decía riendo resignada al constatar la vejez de sus progenitores, la merma en sus facultades, el cambio patente de su casa familiar.

Aquel viaje tuvo intenciones exploratorias. Fue a comprobar el estado físico de sus familiares para luego convocar una reunión con sus tres hermanos (que tampoco viven en Venezuela) y determinar el destino de los papás. Esos señores, que soñaron con una vejez abandonando Caracas y viviendo frente a las olas de su apartamento en Margarita, ahora se encontraban septuagenarios, sin hijos ni nietos que los visitaran los fines de semana y con el único divertimento de verlos crecer a través de las redes sociales.

Después de conversaciones, charlas con abogados y averiguaciones, ganó la opción de que se vinieran a España con uno de sus hijos que está residenciado en Galicia. Al principio se resistieron, pero luego, dadas las circunstancias de Venezuela,  no tuvieron más remedio que venderlo todo, empacar su vida y venir a un país que solo conocían de los libros, las películas y de sus breves vacaciones. No ha sido fácil para mi amiga y sus hermanos esta nueva etapa.  Deben afrontar las manías de los papás, sus achaques, verles quejarse del frío del invierno, del calor del verano, de que no entienden el vocabulario, de que quieren hablar hasta con las piedras en la cola del supermercado, de que no se acostumbran a que todo se hace caminando o en transporte público y además estar pendiente de su salud. Sin embargo, todos se sienten más aliviados al tenerlos cerca y de que sus hijos tengan abuelos presentes y no en fotografías.

 

En las últimas semanas me he encontrado con distintos amigos (por lo menos cinco) cuyos padres vinieron de visita por navidades. Todos están en la misma disyuntiva que María enfrentó hace un par de años, discutiendo qué hacer, dónde es más conveniente que vivan, sacando de la ecuación económica la pensión de Venezuela o la venta de los inmuebles porque, de momento, nada está claro. He visto a los padres, sin excepción, hablando con desesperación y desesperanza. Con ganas tremendas de dejarlo todo atrás por la simple razón de que sus hijos no están allí y ellos no tienen fuerzas para hacer colas por comida, por medicamentos, por repuestos para sus vehículos y que le tienen terror a un secuestro, a un robo, a la hostilidad en la que están ahora.

 

Uno de los señores me preguntó cabizbajo en estos días: “¿Qué nos pasó? ¿Cómo nos dejamos arrebatar el país?… No sé, no sé.  ¿Cómo me voy a morir en otro paisaje? Nunca me voy a acostumbrar a este frío ni a ponerme abrigo, pero yo ya poco tengo que vivir y que decidir. Que los muchachos vean qué nos conviene y eso haremos”.  Yo me quedé callada. Como ahora que termino estas líneas en el conticinio de una helada madrileña, pensando en todos los padres de tantos y tantos amigos regados por el mundo. Están solos allí, testigos del derrumbe del país. Esperando que a lo mejor todo cambie o que los vayan a buscar un domingo para tomar un avión y no regresar jamás.

Lectura recomendada:
«Partir, arraigar, volver a los 80 años» de Lena Yau.
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País-duelo

En las últimas semanas se me ha hecho muy patente la pena y cierta lástima que despertamos en los demás cuando decimos: «Soy de Venezuela». Cambian los gestos y la mirada del interlocutor y en seguida llega un discurso de tristeza. Parece que el gentilicio se ha traducido en una condolencia automática y solidaria.  «I am deeply sorry about that«, me dijeron repetidas veces en un foro internacional reciente. Hay gente que se tapa la boca como en señal de sorpresa y hasta te quiere abrazar apretado.

Luego de que te saben venezolano, te preguntan si tu familia sigue allí, te conminan, cómo no, a sacarla cuanto antes de aquel lugar que desconocen, que solo han visto en las noticias, pero que tienen la certeza de que está en guerra. El interrogatorio no para, ni tampoco ciertas sentencias: «You have oil and hungry people at the same time. I dont understand», me dijo otro. Me apetecía decirle: «Ayyyy mejo. Yo tampoco entiendo nada. Solo sé que duele como una muela con el nervio taladrando el cerebro». Sin embargo, solo asentí.

La guinda ya del lamento la puso un guardia del aeropuerto de Santa Cruz de la Sierra en Bolivia que, mientras revisaba sin guantes mi maleta de mano y auscultaba entre mis sujetadores , mi cepillo dental y miraba la foto de mi pasaporte,  me dijo: «¿Periodista y de Venezuela? ¿Cuándo se va a acabar aquello? ¡Se tiene que acabar! Dan mucha lástima, eran los ricos y ahora no tienen nada». Como ese diminuto uniformado tenía mi documento tan preciado en sus manos, solo atiné a decirle: «¿Quién sabe? ¿Puedo pasar ya al avión?».

Hoy la gente ha salido a la calle a marchar para reclamar su derecho a revocatorio y me acuesto con menos sensación de pésame. Sé que algunos dirán que manifestando no se logra nada, pero yo estoy lejos y es lo que haría si estuviera allí. Eso y escribir, como ahora mismo. Hoy he visto, en fotos, sonrisas en medio del cansancio y de la tragedia cotidiana de no conseguir comida o encontrarla a precios impagables. Hoy vi por primera vez la imagen del bebé caraqueño recién nacido de una amiga.  Hoy el pesar es un poquitito menos y quiero que se acabe ya esta sensación de país-duelo. Ojalá tenga en breve hechos que me permitan aniquilarla.

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Arianna Arteaga: La comeflor que busca y encuentra lo hermoso de Venezuela en medio del caos

Briamel González Zambrano

Nos vemos una mañana de agosto en el vestíbulo de un hotel que nos guarece del aplastante verano madrileño. Arianna Arteaga aparece puntual, me da un abrazo (como si nos conociéramos de siempre) y pide al camarero: “Un café intravenoso, por caridad”. Él sonríe y al rato cumple el deseo y le trae la taza a la pequeña mesa en donde ella se mete en el papel de entrevistadora y empieza preguntándome con su voz dulce y su acento caraqueño: “¿Cómo estás? ¿Cuánto llevas aquí? ¿Te va chévere, mi amor? Tu nombre me suena mucho. Seguro te he leído por ahí”.

La Rorra le había pedido unos minutos a esta periodista, fotógrafa y bloguera de viajes venezolana para conversar sobre qué significa recorrer la Venezuela actual, qué la trajo por Madrid y qué experiencias comparte con los compatriotas venezolanos que se encuentra en sus aventuras alrededor del mundo.  Ella, divertida y con el desparpajo de acompañante, aceptó la invitación ipso facto. Con Arianna inauguramos la serie #PasanPorMadrid, que serán entrevistas a venezolanos que nos visiten.

A sus preguntas iniciales le contesto, le hablo de La Rorra en el teclado y de que pertenezco a la asociación Venezuelan Press (que reúne a periodistas venezolanos residentes en España). Paso pronto a ser yo quien interroga a esta trotamundos inagotable y experimentada. Ella que se declara contemplativa, autora del blog La pequeña comeflor, que separa en sílabas las palabras cuando quiere hacer hincapié en sus emociones y que además, se permitió el lujo de llamar en su cara “negra mojona” a La Rorra en el teclado.  A-LU-CI-NAN-TE.

.-Entiendo que estás por Madrid por trabajo por el proyecto 3 Travel Bloggers . Cuéntame de esa experiencia.

Es un programa en el que trabajo desde mayo de 2015. Somos 9 blogueros de viajes y visitamos destinos de 3 en 3 en América Latina y ahora con Madrid inauguramos Europa. José Luis Pastor, mi jefe y creador del proyecto, me llamó una primera vez y dije que no porque tenía mi propio show web llamado Al Aire Libre, un programa de televisión llamado La Cocinita de Babel, donde entrevistaba a extranjeros que viven hace muchos años en Venezuela y les preguntaba sobre cómo hacían los platos de sus países de origen.

.-¿Qué pasó con esos proyectos? ¿Cuándo dijiste que sí a 3 Travel Bloggers?

Yo dejé la puerta abierta y la segunda vez que me llamaron estaba en un punto de quiebre en mi vida. Me acababa de divorciar, los patrocinantes no me habían renovado los contratos.  Me quedé  sin trabajo y preguntándome: “¿Y ahora qué, jeva?”. Me llamaron otra vez y dije que sí. ¿Sabes? Antes de que Venezuela estuviera en una situación tan complicada, yo siempre quise hacer el trabajo de mi mamá (la periodista de viajes Valentina Quintero), pero en Latinoamérica. Lo quería hace mucho. Antes de tener este apego con mi país tan de enfermo terminal, en vez de amante saludable. Luego todo cambió y decidí que Venezuela era mi fuente, mi arraigo y el lugar que yo quería mostrar.  Ahora apareció esta oportunidad y la estoy disfrutando mucho. Me dio mucha tristeza que fuera un proyecto en el extranjero el que me salvara de ese momento tan difícil. Sin embargo, ha sido una experiencia extraordinaria y mis seguidores han sido tan generosos. Me dan consejos, sugerencias, se alegran de que yo visite sitios y que represente a Venezuela. Estoy encantada. Me veo recorriendo estos lugares y me doy con una piedra en los dientes y me digo: “¡Qué trabajo tienes!”. Hemos ido a Medellín, Botogá, Cali, Lima, Quito, Galápagos,  Manaos, San Salvador y ahora Madrid.  Además, como ahora en todas partes hay venezolanos, ellos descubren conmigo sus ciudades y es muy divertido.

Arianna Arteaga en faena fotográfica

.-¿Cómo ves la relación de los venezolanos que viven fuera con Venezuela?

Es muy dura, muy difícil porque ustedes no tienen oportunidad de ver las cosas bonitas. Quienes vivimos en el país, estamos inmersos en la tragedia, sin duda, pero hay gente que sigue trabajando muchísimo. Hay  expresiones de solidaridad que son bellísimas, podemos reencontrarnos con  la naturaleza, con los posaderos que son unos tercos porque de verdad quieren atender a la gente. Tienes oportunidad de ver cosas lindas. Si las buscas, claro. Reconozco que también es una cuestión de actitud. De encontrarte con una Venezuela maravillosa que sigue latiendo, con una inmeeeensa capa de mugre, desidia, corrupción, eso sí, pero hay una Venezuela que subyace, que está allí y que necesita su espacio.

.-¿Te han acusado de evadir la realidad al exponer estos argumentos? Quiero decir, por estar siempre viendo bellezas  en medio de la catástrofe. 

(Pone gesto serísimo por primera vez). ¡Uffff! Muchísimo, pero siempre respondo que la realidad es mucho más amplia, más compleja. Cuando me dicen que me evado porque veo lo bonito, NO es verdad, pana. Eso que yo cuento, los paisajes y las personas que están haciendo cosas hermosas también es realidad y está pasando y tiene que contársele a la gente. En este caos, en medio de este mierdero, también hay  que cosas buenísimas que  pasan todos los días y que son pequeños instantes de luz. ¡Todos necesitamos de esa luz! Mi blog se llama La pequeña comeflor. Eso ya es una declaración. Lo mío es la contemplación. Yo no engaño a nadie, me la paso viendo las maticas, los paisajes, los atardeceres, las cascaditas, las playas, las montañas.  Me gusta ver y contar eso.

Una foto de Los Roques (Venezuela) por Arianna Arteaga

.-¿Qué tal la experiencia de ser profesora de fotografía en la Escuela Foto Arte? ¿Qué te han ofrecido esos viajes con alumnos alrededor de Venezuela?

Eso es bellísimo y a eso también dije que no al principio (risas). La fotografía fue un instrumento, una afición, una pasión. Tenía una suerte de baja autoestima de fotógrafa. Ni me sentía fotógrafa profesional, aunque a veces me pagaban más por mis fotos que por mis textos. Me ofrecieron dar clases y lo veía imposible porque me la paso de un lado a otro. No me imaginaba en un aula. De repente, hice la propuesta de hacer viajes con estudiantes de fotografía. Me la aprobaron y ya llevamos cinco años haciendo los “Destinos Fotoarte”. Además de ser una maravilla la docencia, ha sido una estupenda de experiencia-país. Mis alumnos se reencuentran con el país, se reenamoran de su luz, sus aromas, sus sabores, de su tierra, de su gente. Creo que es lo más bonito. Son quince personas y tengo la oportunidad de encontrarme con las cosas bonitas de Venezuela. Cuando me llevo a este pequeño grupito ellos también pueden vivirlo directamente. Cuando ellos están conmigo y lo ven, yo les digo: “Ahí lo tienes”. Este año voy a celebrar el aniversario en La Laguna de Ologá y en Congo Mirador (ambos en Zulia) donde todo empezó.

.-Vendes tus fotografías en el exterior.  ¿Cómo te ha ido con eso?

Muy bien.  Inclusive vendiéndolas desde Venezuela y haciendo los envíos por paquetería internacional. Hago envíos a Doha, al polo Norte, a Noruega. Llegan estupendas a sus destinos. Nos ha ido maravilloso porque hay mucho venezolano viviendo fuera. Mis fotos de verdad son pedacitos de mi ser. Esa decisión del “click” es para mí crucial cada vez que la hago, son  momentos especiales para mí. ¡Son instantes en los que dejé el alma, jeva! Es mi alma viendo a través de este lente. Estas fotos que vendo son firmadas con mi propia manito, el certificado yo lo hago, todo a mano. Le escribo: “Trátela con cuidado”. Quiero enviarles mi cariño, dejarles un abrazo, mandarles mi afecto profundo desde el país que a ellos les dolió tannnto dejar…

 

(Pausa para respirar de La Rorra. Repentinos e inesperados ojos vidriosos.  La última frase ha sido un puñal afilado rozando órganos vitales y sin intención. Una sensación inopinada. Un desarme. Una estocada. Aprentando los labios fuerte uno contra otro. Dedos en las pestañas inferiores para detener una lágrima. Arianna lo nota.  También pestañea rápido, solloza y suelta: “¡Ay ,mi vida!”, y se pasa la mano por su lacrimal derecho.
Yo intento recuperar rápido la compostura y retomar el hilo de la conversación. Le pido disculpas y le digo que tal cosa nunca me había pasado en muchos años de reportera y que ha sido muy cursi. Sigo preguntando.)

.-¿Cómo es la relación de los venezolanos con los que te encuentras en los viajes, aparte de esto que acaba de ocurrir?

Yo estoy clara en que ser hija de mi madre significa asumir cosas abrumadoras. A veces me provoca decir que solo soy una tipa que viaja. Una niña normal. Yo salí de ella, pero nada más. En el fondo sé que significo mucho más que eso. La gente cuando me ve es como si se encontrara un pequeño tepuicito y me quiere abrazar. Es bonito. En Quito fuimos a hacer el recorrido de los seis templos y puse en las redes que se acercara el venezolano que estuviera por allí y que quisiera. Estaba una familia con la mamá que tenía dos años sin ver a sus hijos. Nos vimos y nos pusimos a llorar. Así, como nosotras ahora. (Ríe suavemente y me mira a los ojos.)

.-Y eso va a seguir pasando…

Me pasa en un montón de lugares. La gente me abraza. Me besa. Y a mí me conmueve mucho, porque siento que les regalo un poquito de esperanza, o un poquito de la calidez que… que…

.-Que somos o que fuimos, no sé…

Sí, que somos y que extrañan. La gente cuando recibe su fotos me manda correos, me manda fotos de la foto, de dónde la montaron, el orgullo que sienten al verlas. Gente que a veces quiere justificarse por haberse ido. Y no, eso es una decisión tan personal, tan válida, soy incapaz de juzgar a nadie. Irse es difícil y quedarse también.

.-Y es un debate tan fútil y estéril…

También. Con todo lo que hay por hacer, cada quien siga luchando desde donde esté.

.-Con todo lo bonito que hay, no me atrevo a recomendar a mis amigos españoles que visiten Venezuela  por temas de seguridad. Eso me hace sentir mal, pero es así.

Yo misma digo que todavía no. Salvo en ciertas condiciones. Canaima, por ejemplo, está bien y se puede planificar un tour con medidas seguras. Lo que no se puede es a la cañona, pero con un tour organizado sí.

Eso que te pasa es natural, pero también creo que hay una sensación muy loca. Es como que hablar bien de Venezuela, de invitar a ciertos lugares para conocer sus bellezas, fuera prácticamente justificar al chavismo.

.-¿Tú crees?

Sí, hay esa sensación. Si ves los periódicos chavistas eso es Disney. Hay esa idea de que la única manera de denunciar las atrocidades del chavismo es  hablar de los desastres. Entonces nos hemos convertido en unos pésimos embajadores. Parece que tenemos que decirle a la gente que no hay papel de baño, que se va la luz, que no hay nada. Y no, me niego. Hay expresiones bellísimas de solidaridad con desconocidos, de afecto, de profundo amor. Historias que enternecen en la calle. Gente que habla con los demás sin conocerlos. La gente se mete en las conversaciones sin saber quién eres. Me encanta, lo amo.

.-¿Lo amas? Algunos no entendemos eso. Digamos que no conectamos con esas conversaciones espontáneas en una cola o en una ascensor, en un avión,  o donde sea… No lo hacemos para nada.

¿Quéeeeee? En este sentido, yo soy pro-fun-da-mente  venezolana. Yo en un supermercado le pregunto a una señora una receta. Yo me pongo de toooda la vida con el señor de la cola, con el que me pregunta una dirección. Con todo el mundo.

.-Yo para nada… Contesto la hora y lo justo que me preguntan.
(Ríe.) ¡Es decir, que eres una negra mojina, bueno, mojona más bien!

(Reímos las dos.)

Puede ser…

¿Qué les dices a los venezolanos en el exterior que quieren tener una relación saludable con el país?

Que los países son construcciones. El país está en ti. Búscalo aquí (y se señala el pecho).

COORDENADAS
Arianna Arteaga
Instagram: Arianuchis

 

Twitter: Arianuchis
Interesados en comprar sus fotografías pueden escribir al correo gabo@fotosarianuchis.com y les enviarán el catálogo.
Una foto del Roraima por Arianna Arteaga
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¡De fruta madre!

Briamel González Zambrano

Tardé tiempo en entender qué contenían los yogures y cereales incluidos en la clasificación “frutos del bosque” aquí en España. Te puedes encontrar unas uvas pasas, una almendra, una cereza, una nuez o una fresa , pero no te enteras muy bien de qué hay en realidad dentro. Cuando preguntaba a mis amigos, todos siempre se miraban extrañados de mi interrogante: “Joer, frutos del bosque, pues  está más claro que el agua: fresas, frambuesas, endrinas, grosellas”.  Aunque no me convencía mucho, yo les daba la respuesta por buena y ahí quedaba el asunto.

Un día se volteó la tortilla porque un amigo volvió de unas vacaciones en Costa Rica y me dijo: “ A ver, listilla, ¿a qué llamáis en América “frutas tropicales”? Están allí en todas partes, en las cremas de cuerpo, en el champú, en los zumos, en las salsas de la comida, en los potitos de bebé y siempre está la foto de un plátano y nada más”. Le respondí que todo lo que quepa en un sombrero de Carmen Miranda es una fruta tropical: “Mango, piña, plátano, coco, guanábana, parchita (aquí le dicen fruta de la pasión y me entra la risa, la verdad), tamarindo normal y tamarindo chino, durazno, guayaba y una deliciosa lista”. Los dos reímos y él me dijo que nunca ha visto un coco, ni sabe qué es una guayaba. Pensé que le debía una descripción, pero en otro momento. Otro amigo lleva varios días publicando en su Facebook fotos de frutas (de aquí y de allí) y eso me ha hecho pensar que ha llegado el día de explicarlo todo.

Hay un universo de frutas en la geografía ,desde México hasta la Patagonia, que mis amigos españoles no han visto ni en fotos, ni puedo explicarles su sabor, su textura, su olor y lo pegajosas que son las ramas de algunas de sus plantas. ¡Trataré de ilustrarlos con este quinteto que me estremece el paladar con recuerdos y risas!

Spondias purpurea. Ciruela para mí. Los caraqueños le dicen Ciruela de huesito. Crece desde México hasta Brasil. Es pequeña y roja oscura, tirando a granate por fuera y amarilla por dentro. Solo se da en una vez en todo el año y en la infancia manchabas tus camisetas blancas del colegio y quedaba con unos lunares amarillos que también aparecían en tus dientes.  La comes con fruición hasta dejar la semilla desmechada.

Cuando viví en Anzoátegui, un alcalde enviaba cajas enteras de esa fruta a las redacciones de los periódicos como invitación al Festival de la Ciruela que hacían en su localidad. ¡Simplemente deliciosa!

 Syzygium malaccense. Pumalaca o conocida también como pumagás o manzana de agua. Es de un rojo menos intenso y blanca por dentro. En mi casa de la infancia había una mata así que la comí durante años. Tiene un sabor entre ácido y dulce. Pumarrosa  Inolvidable.

 

Ziziphus Mauritiana. Ponsigué. Es pequeño como una cereza pero puede ser verde, marrón y también roja.  En mi tierra se hace un licor con ron y esta fruta, y está buenísimo.

 


Melicoccus bijugatus
. Mamón. Es un adjetivo despectivo en España, pero para nosotros es una fruta que se come también frotando los dientes contra la semilla y chupándola  hasta sacarle toda la pulpa.  Es verde por fuera, pero al quitarle el cascarón se queda en un color precioso amarillo salmón. Tiene un sabor dulce y se adhiere a la dentadura.

Annona squamosa. El anón es primo de la guanábana. Verde por fuera y blanco con semillas negras por dentro.  Es dulce y tiene un olor potente.

Este quinteto que nunca he visto en España reúne gran parte de mi infancia y de lo que tendré que explicar durante años a quienes nunca lo hayan visto y que quieran saber, a mis sobrinos, a mi hijo futurible y al futuro que venga.  Esas con las frutas con las que crecimos al otro lado del mar.

 

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Humor de lejos

 



Briamel González Zambrano 


Desde que vivo en España he visto muchas veces a humoristas venezolanos de gira con sus espectáculos por aquí. Laureano Márquez, Emilio Lovera, Claudio Nazoa, Amílcar Rivero, Luis Chataing,  George Harris han pasado por Madrid estos años. Con algunos he conversando informalmente en charlas con periodistas. A todos los he visto en directo o en internet reflejar la realidad del país con ingenio, poderío y gracia. Todos hilarantes.

 

Leo a estos comediantes en su redes sociales anunciar su trabajo y cómo van a decenas de países alrededor del mundo donde siempre hay venezolanos esperándolos con ansias. Quizá estas giras tan exitosas no hubieran sido posibles sin la ingente migración que lleva años en aumento. Los inmigrantes quieren una risa que les conecte con el país que dejaron atrás, con el lenguaje, con la identidad. Los aplauden con cariño y fervor en diferentes ciudades de  Estados Unidos, Canadá, México, Panamá, Colombia, Ecuador, Argentina, Australia y, claro, aquí en España, otros países europeos e incluso árabes.

Me gusta que casi todos cuentan con ejemplos cotidianos e inteligencia la crudeza de lo que ocurre, de la crisis, de la escasez, del desastre económico. Sin embargo, también reflejan que hay mucha gente talentosa, noble y estupenda cuya raigambre y  fortaleza los mantiene ahí, luchando, haciendo proyectos, lanzando discos, obras de teatro, investigando, creando un país distinto desde su trinchera. Ellos, los comediantes, también son un ejemplo de esto. Así como las generaciones nuevas que están haciendo standup comedyy recorren y llenan los teatros de Venezuela.

Yo les quiero agradecer las risas, la conexión que ellos nos permiten establecer con lo que pasa en nuestro país y las reflexiones que nos provocan. Este humor de lejos que, claro está, lo sentimos tan cerca, tan en la cédula ( que muchos tenemos guardada en un cajón porque no la usamos en nuestro destino actual) y tan dentro de nuestras familias.

Mención aparte merecen quienes hacen humor en inglés como Ivan Aristeguieta (que vive en Australia)  y Joanna Hausmann que en Estados Unidos explica lo que es ser venezolana, latina, pelirroja y judía y cómo esa mezcla es fantástica. Aplausos de pie a todos y aquí algunos ejemplos de sus desternillantes ocurrencias.

George Harris->  ¿Quién se quiere ir?
Ivan Aristeguieta -> La inseguridad

 

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Un enorme reflector: ¡Spotlight!

A Tamoa, Lisseth , Laura, David G y Joseph P.

Briamel González Zambrano

Llevo años enamorada del actor Mark Ruffalo a pesar de que ha hecho películas malísimas, Pero también las tiene muy buenas. Así es el amor, si él está en el cartel, veo la cinta. La más reciente que vi fue «Spotlight» hace un par de días y… claro, caí rendida. Ya no por ese gesto que hace con la boca cuando se molesta y su dulce sonrisa, sino porque me hizo recordar a varios amigos y su mal genio cuando un trabajo periodístico estaba en peligro de no ser publicado o de ser destapado por la competencia antes de tiempo.

La película, ya galardonada en los premios SAG y una de las favoritas para los Oscars, reivindica el trabajo del periodismo de investigación. Además tiene la fortaleza y el impacto de estar basada en hechos reales que le hicieron ganar un premio Pulitzer a un equipo de reporteros del periódico Boston Globe por reventar el tema de la pederastia dentro de la iglesia católica.

Mientras la veía, pensé y recordé momentos, amigos y las muchas presiones que reciben los periodistas de investigación en Venezuela. Tantos y tantos casos que son noticia un día y no hay seguimiento porque no se tiene tiempo, dinero o porque no interesa al poder. Temas como el asesinato del fiscal Danilo Anderson, los desfalcos y el latrocinio del gobierno venezolano en temas como Mercal, la red Bicentenario, el Plan Bolívar 2000, las misiones, las cuentas de PDVSA. Tantas y tantas cosas que quedan aún por ser reveladas. También sonreí al recordar aquellas que sí se han publicado y han puesto freno a exapruptos del poder, por ejemplo: Maletines llenos de dólares rumbo a Argentina, Los Bolichicos, El nepotismo de Cilia Flores, Obras asignadas sin licitación y un etcétera donde aparecen firmando los textos grandes, admirados y entrañables amigos.

De ahora en adelante, hay que mandar corriendo a ver «Spotlight» a aquel que aún repita esa vieja consigna de: «La libertad de expresión es un problema de los periodistas, allá ellos si se quedan sin trabajo y sin medios». Sepa usted que sin esa contribución de unos reporteros insistentes, apasionados, comprometidos y, por qué no decirlo, muy tercos, no se sabrían las inmundicias que se comenten con el dinero público y desde distintas esferas del poder.¡Larga vida a todos los Spotlight que existen en la vida real, en redacciones reales!

 

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Las más violentas, los más corruptos

Este primer mes del año cierra con Venezuela destacando en dos listas que dan pena y vergüenza: Caracas encabeza la clasificación de las más violentas del mundo, pero también aparecen mi natal Ciudad Guayana, Valencia, Maturín, Cumaná, Barcelona y Maracaibo. He vivido en tres de estas urbes y me entra un frío por la espalda al leer estas noticias y ver cómo se hacen famosas en grandes titulares y por esta deshonrosa característica. La otra «medalla» que nos han colgado esta semana es la de «El país más corrupto de América Latina», según la ONG Transparencia Internacional. Vamos, que estamos apañados por todas partes.

Un amigo cuestionaba estos días, no sin razón, los parámetros para medir la violencia de las ciudades. Alegaba que muchas veces esto de Caracas, San Pedro Sula y otros, se utilice para dar visibilidad en prensa, pero que no tienen por qué ser más violentas que ciertos pueblos de Medio Oriente o de África en las que hay conflictos armados en desarrollo. Yo quiero suponer que estas listas se hacen calculando una media de la cantidad de armas, crímenes y muertes por cada cierto número de habitantes. Por otra parte, la cuantificación de la corrupción creo que se verá en la opacidad de los gobiernos, sus funcionarios y sus procesos. El hecho es que en ambas ligas Venezuela sale entre los campeones y uno palidece, se enfada, se indigna…

La guinda ha sido el inquietante vídeo publicado esta semana en el que aparecen reclusos del penal San Antonio de Margarita disparando al aire libre con armas largas para «homenajear» a un peligroso compañero muerto en una balacera. La Guardia Nacional (esa que ha atacado a estudiantes) los custodia y observa mientras suena el coro de metralletas y saltan las balas. Estas imágenes han sido virales. Nadie del gobierno ha emitido un comunicado, dimitido o tomado medidas. ¡Ah, bueno! La Ministra de Asuntos Penitenciarios ha dicho: «Hay que ponerlos en cintura», como si fueran unos chiquillos que han hecho una travesura. Resulta increíble, asombroso y es una muestra patente y dolorosa de en manos de quién está el país.

Hubiera querido empezar el año hablando con ustedes, apreciados lectores, de las lindas playas de mi país, de lo mucho que echo de menos ciertas piezas de la gastronomía, de que me antojé de mamón, de ciruela de huesito, de casabe y cuando tengo frío este mes siempre canto la estrofa de Alejandro Sanz:»¿Quién llenará de primaveras este enero?». Sin embargo, la actualidad me ha golpeado fuerte esta vez. Dispensen ustedes que me enerve y me lleve las manos a la cabeza por tener que explicar a mis compañeros de trabajo que aparecemos en estas listas tan vergonzosas y que, de momento, seguiremos en ellas.

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No volverán

«Sueñan con volver a un país que ya no existe
Y que no reconocerían más que en los mapas
De la memoria
             Mapas que confeccionan cada noche
En la niebla de los sueños
Y que recorren en naves blancas
Perpetuamente en movimiento.
Regresan todos los días en el vuelo
De pájaros que se pierden
Del cielo de sus ojos
O regresan en caballos alados,
De crines como llamas.
Si volviera
No reconocerían el lugar
La calle, la casa
Dudarían en las esquinas
Creerían estar en otro lado.
Pero vuelven cada noche
En las naves blancas de los sueños
Con rumbo seguro»
Por Cristina Peri Rossi
Estado de exilio 

 

Esta semana conocí a un venezolano (pongamos que se llama Raúl) que lleva 9 años en Madrid y no ha ido a Venezuela desde 2009. «No volveré, no tengo nada que buscar ahí. Veo las noticias muy de vez en cuando, pero nada más». Me lo dijo con desazón y convicción. No había desprecio en su gesto. Era más bien resignación. Fue la confesión de un tipo afable, casi melifluo, que relataba cómo el miedo que  sintió en su última visita a Caracas le arrancó las ganas de repetir la experiencia. Así que cada año paga el pasaje de su madre, hermanas o tías y las trae a España y se van de paseo. Él ya tiene una decisión tomada y es la del no retorno. Literalmente.

Esta conversación se me quedó como un zumbido la cabeza. Yo voy cada año y, ciertamente, veo las cosas peor, el pánico se me siembra en el esófago cuando recorro el camino entre Maiquetía y mi destino en Caracas. También siento terror de los motorizados en Puerto Ordaz. Mi familia me prohíbe salir de noche o ir a sitios que eran para mí como un patio de recreo. Todo es peligroso. Nadie es inmune. Pese a este panorama, nunca me he planteado esto de no volver. Creo que es una renuncia muy costosa, dolorosa y que no tengo necesidad de hacer. Sin embargo, sospecho que Raúl no está solo en su postura. No sé cuántos de los millones de venezolanos que nos hemos ido piensan como él. Sí sé que la seguridad es el principal motivo para plantearse no regresar, hay también razones económicas (el costo de los pasajes y de un viaje en general), además hay familias repartidas por varios puntos geográficos y sin ningún miembro ya en el país.

He comentado esto a un par de amigas. Una española y la otra cubana. La primera me ha dicho que, aunque suene duro, es natural no querer volver. Que muchos europeos que se fueron a América, huyendo de guerras y de dictaduras, no quisieron regresar ni de vacaciones. Quisieron borrar todo aquello.  La de Cuba me ha confirmado que tiene muchos compatriotas que pasan décadas sin ir a la isla o no la pisan nunca más (por razones casi obvias, creo). Yo no estoy en contra de esta determinación de no regresar. Es respetable.Solo que me sorprende mucho, me conmueve, me parece una derrota, el testimonio patente de darse por vencidos, el desarraigo más abismal e irreversible.

Supongo que mientras tenga amigos y familia seguiré yendo. Supongo que a lo mejor mis viajes se espaciarán en el tiempo, pero mientras crezca allí mi sobrino, esté allí mi madre y reposen los huesos de mi padre y de mi abuela, yo seguiré viendo vuelos por Internet y comprándolos. Quisiera pensar que muchos de mis paisanos emigrantes me acompañan en este sentimiento.