Entrevistas

Miriam Ardizzone: “Estar sin red de apoyo para criar a mis hijos me ha hecho una mamá más fuerte»

La editora cuenta cómo ha sido su maternidad y el cambio de vida que supuso mudarse a Madrid con su marido y sus niños hace casi nueve años.

Briamel González Zambrano

En una sala de espera del Aeropuerto Internacional de Maiquetía (Venezuela), Marco González Ardizzone, un bebé a punto de cumplir un año, empezó a caminar por primera vez. Al rato, el niño embarcó en el vuelo que lo llevaría a Madrid junto con sus padres y su hermano Martín de cuatro años. Era agosto de 2011.

Ese momento fue especial y simbólico para su madre, Miriam Ardizzone, que tenía por delante el inicio de su propia andadura migrante en un país donde no tenía amigos, ni conocidos, ni contactos. Así que la aventura empezaba como para Marco, pasito a pasito. En una vídeollamada en plena cuarentena me contó la historia de esos pinitos en España, parte del relato de su recorrido vital.

Ardizzone ha dedicado su vida profesional al sector editorial, el mundo de las publicaciones en Caracas. Se licenció en Letras en la Universidad Católica Andrés Bello y su trayectoria incluye el paso por fundaciones, orquestas, instituciones públicas y privadas dedicas al patrimonio, la investigación, la literatura y la cultura. Trabajando fue como conoció a su marido Manuel González “Mago” hace 17 años. Él era el diseñador de la revista que ella coordinaba. Surgió la chispa.

En el año 2004 se casaron y en 2007 nació Martín, su primogénito. Miriam relata que fue un embarazo complicado, una revolución hormonal que la llevó a mudarse a casa de sus padres para tener atención las 24 horas porque tenía ataques de ansiedad, taquicardias e insomnio. Cuando superó esos episodios volvió a trabajar con una barriga de seis meses de gestación. “Después de pasarlo tan mal, me vino la energía de pronto y trabajé hasta el último día antes de dar a luz”.

La llegada de Martín supuso para Miriam un cambio de piel. Se fue a otro trabajo y pasó de editar doce autores a editar trescientos. También tenía decidido ser una mamá profesional, que conciliara sus tareas de crianza con la de los libros. Iba cada mediodía a casa de su madre a darle el pecho a su niño, sin importar que esto le implicara luego mucho agobio al volver a la oficina.

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Miriam con sus hijos Martín y Marco en el aeropuerto de Maiquetía en agosto de 2011

En 2010 nació Marco, el pequeño caminante de Maiquetía. Ardizzone se había hecho trabajadora autónoma, editando revistas y publicaciones para clientes de la empresa privada. Ella se encargaba personalmente de sus hijos, con la ayuda invaluable de su madre, su padre y el apoyo de sus hermanas, con quienes se reunía cada viernes en la casa de sus progenitores para juntar a los hijos y compartir las noticias de la semana.

Toda esa rutina de soporte cotidiano se acabó cuando Mago volvió de un viaje de trabajo a España y le dijo: “Creo que tenemos oportunidades allá. Tengo ya varios clientes en Europa. Tú tienes papeles italianos. ¡Vámonos!”. Esa misma semana el gobierno venezolano había expropiado a un cliente importante de Ardizzone y ella calculaba cómo sus ingresos mermarían en las próximos meses. Así que la respuesta a su marido fue: “Vámonos, chamo”.

A su partida también contribuyó que les habían robado un automóvil a punta de pistola, que habían visto cómo secuestraban a un vecino y que la inseguridad en Caracas se les hacía insostenible.

Al llegar a Madrid vivieron en un apartahotel varias semanas hasta encontrar el piso donde residen hasta hoy. “Dormimos en colchones tirados en el suelo, sin muebles ni nada. Hasta que fuimos armando nuestro hogar”.

.-Háblame de tu adaptación a España como mamá migrante

.-Fue un proceso largo que me costó mucho aprendizaje en el que he estado muy sola. Tienes que conocer el sistema de salud, asumir una nueva identidad porque aquí yo soy eso que llaman “Comunitario”, es decir, una persona con pasaporte de la Unión Europea, pero no soy española. Además, debes aprender cómo es el sistema escolar, el tema de las plazas en los colegios, cómo se relacionan los padres del colegio entre sí, cómo son las actividades extraescolares, etcétera. A ese mundo me fui aproximando mientras buscaba en internet y resolvía para que mis hijos estuvieran dentro del sistema.

Todo esto añadiendo un duelo-país muy tremendo que yo tenía. Que me duró los primeros tres años. Porque venía mi mamá de visita y cuando se iba yo lloraba, extrañaba y así. De hecho, sigo extrañando lugares, olores, sabores de Venezuela. Además, hacer amigos aquí no es fácil cuando ya tienes hijos. No hay la misma cercanía y proximidad a la que yo venía acostumbrada. Adicionalmente, aunque suene frívolo, yo tenía dos chicas que me ayudaban en mi casa en Caracas (una planchaba y la otra cocinaba y limpiaba), yo me daba masajes dos veces a la semana, mis uñas y mi peinado siempre están impecables. Eso lo había perdido también.

De repente, te das cuenta de que no tienes con quién compartir las alegrías, los éxitos, los fracasos. Que no tienes a alguien de confianza con quien dejar a tus hijos para ir a resolver temas de trabajo.

Cuando miro para atrás me doy cuenta de que en esta vorágine yo he sido capaz de matar dragones, de que estar sin mi tribu, sin red de apoyo para criar a mis hijos me ha hecho una mamá más fuerte.

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Miriam con los niños en un paseo reciente en Salamanca

-¿Por qué? ¿Cómo notas esa fortaleza?

.-Porque mis hijos son mi proyecto más grande, más importante. Mi familia es el proyecto vital. Siempre quise ser mamá…(Solloza un poco). Emprendimos este viaje migrante por ellos, para que crecieran en un lugar tranquilo, con paz, con oportunidades (Le saltan las lágrimas, se seca y prosigue). Si a mí mañana me dicen que me tengo que ir a África por mis hijos, lo voy a hacer. Arranco con mis muchachos y mi marido para allá y así sea a cortar el césped me pongo. Ellos son mi motor, mi fuerza y sé que donde vaya por ellos y con ellos, vamos a salir adelante.

Yo soy la cohesión de mi hogar. Soy la comida, los deberes, el médico, cada detalle. He dado todo lo que tengo y lo que no tengo, y por eso te digo que me siento muy fortalecida después de haber tenido todo este recorrido no exento de dificultades.

 

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La familia González Ardizzone en Madrid

.- ¿En todo este proceso qué te ha dado España?

.-Me ha dado la oportunidad de trabajarme a mí misma como persona. Venía de estar siempre muy acompañada para todo, con una estructura mental muy cerrada para algunas cosas y el estar sola te hace crecer y verte por dentro. España me ha dado también amplitud de miras en muchos temas. Me ha dado aprendizaje.

¿Sabes lo que es celebrar las fiestas navideñas nosotros cuatro solos? ¿Los cumpleaños solos? Eso me ha pasado en España y me ha permitido saber que puedo con muchas cosas que no me hubiera imaginado jamás.

.-¿Qué consejo le darías a familias que tienen planeado migrar o que lo acaban de hacer?

.-Que no se vayan a países donde no tengan conocidos. Es importante contar con referencias. Que tengan un plan, así no se vaya a cumplir, pero tener foco y objetivos siempre ayuda. Por último, que se centren en hacer aquello que se las da bien y les gusta. Si no se puede al principio, no pasa nada, pero que esa sea su meta porque veo a mucha gente muy frustrada por pasar muchos años muy lejos de los suyos y en trabajos que no les gustan para nada.

 

 

 

 

Entrevistas

“Cocinar con mis hijos es un regalo y una bonita forma de enseñarles muchas cosas”

Conversamos con el autor del libro de recetas “La cocinita de papá”, cuya historia de inmigrante incluye diez países, un matrimonio, tres hijos y muchas aventuras periodísticas.

Briamel González Zambrano

Caminamos por la fría noche invernal madrileña buscando un lugar tranquilo para hacer esta entrevista a José Baig, periodista y autor del libro ilustrado “La cocinita de papá”, que contiene recetas preparadas por un padre y sus tres hijos, con el acompañamiento de la madre. Paramos en un bar en pleno Paseo de La Castellana. No había clientes y tenía tapas que lucían ricas, así que nos pareció el más apropiado. Sin embargo, durante toda la conversación nos acompañó el fondo musical aleatorio que salía del televisor cercano a nuestra mesa.

A Baig lo conozco desde principios de siglo, cuando ambos reportábamos una crisis política en Venezuela en la que intervino la Organización de Estados Americanos. En aquella época, él trabajaba como reportero en la BBC de Londres y yo, en el diario El Nacional. Como es natural, desde entonces hemos cambiado de trabajo, de países y de peso, y nos hemos seguido encontrando para honrar la amistad nacida entre micrófonos, grabadores y portavoces diplomáticos.

Pedimos una ración de jamón ibérico y un par de cañas y nos sentamos. Baig vive en Holanda y viene con frecuencia a España, porque sus padres  residen en Cataluña y en Madrid tiene una legión de amigos. De hecho, fue en la capital española donde se diseñó el libro “ La cocinita de papá” y donde fue presentado a los medios en mayo de 2019.

.-Antes de llegar al libro, me interesa que hagamos un recorrido por tu historia como migrante. Naciste en Uruguay y llegaste a los cuatro años a Barquisimeto. Tu padre es catalán y tu madre es uruguaya. De manera que ser extranjero y lo de migrar lo conoces desde pequeño.

.-“Sí, en mi familia está esto muy presente. Somos cinco hermanos, soy el tercero y el último en nacer en Montevideo. Ser extranjero en aquella época en una ciudad pequeña como Barquisimeto no era un impedimento para nada. Desde pequeño tuve la conciencia de que mis padres eran de otros sitios, pero yo siempre me he sentido venezolano, porque uno es de donde creció, donde hizo los primeros amigos, las primeras aventuras”.

.-De Barquisimeto te vas a Caracas a estudiar en la universidad

.-“Sí, con 19 años y no pocos tropiezos me fui a estudiar Comunicación Social en la UCAB.  Vivía en una residencia en Montalbán. De ahí me mudé a Santa Fe. Luego mi movilidad social hacia abajo (risas). Me fui a Los Flores de Catia, luego a La Vega. Trabajé como preparador (asistente de cátedra) de la materia Géneros Periodísticos. Empecé a trabajar en Radio Fe y Alegría, que fue una gran escuela para mí”.

–Suena en nuestro fondo musical televisivo: Let It Be, de Los Beatles

.-¿De Fe y Alegría saltaste al Radio Caracas Radio (RCR)?

.-“No vayas tan rápido. Luego estuve en la corresponsalía de El Tiempo de Puerto La Cruz en Caracas y allí me pilló el golpe del 4 de febrero de 1992. En lugar del poner el ‘por ahora’ que dijo Hugo Chávez, escribí ‘por el momento’y no puse la frase histórica del tipo” (risas).

En ese instante el camarero le llama insistente: “¡Joven, joven, por favor!”

.-¿Ah, es conmigo? Es que como ha dicho “joven”.

Reímos. Recibimos la ración de jamón.

De El Tiempo,  Baig se fue como reportero de Economía a RCR, donde reportó la crisis bancaria venezolana del año 1994 y también aprendió inglés gracias a un curso en el British Council que le pagaba la emisora. De RCR saltó a la consultora Burson Marsteller donde llevaba la cuenta de una cadena estadounidense de comida rápida, y estando en esta multinacional le preguntaron si conocía a alguien que quisiera trabajar para la BBC en Miami. Él dijo la frase: “Yo mismo soy”.

—Suena “Te quiero” de Rosario Flores—-

.-¿Qué tal esa experiencia migratoria a Estados Unidos?

-“Muy mal. La recuerdo fatal. Era 1996. Yo tenía mis papeles, mi trabajo, pero para mí fue un año horrible. Me costó muchísimo adaptarme a la ciudad, a aquella vida. Supongo que no estaba del todo preparado. Estuve allí dos años. En 1998 me mandaron a Londres. A finales de ese año, por supuesto me enviaron a Venezuela para cubrir las elecciones presidenciales donde ganó tú sabes quién.

En ese viaje a Caracas, fui a una fiesta en casa de unos amigos. Iba en el ascensor y se subió una muchacha muy guapa que me dijo: ‘Tú eres el famoso Josito, ¿el que vive en Londres, no?’. Yo dije para mis adentros: ‘¡Upa, esas bujías no son Champion!’ (aludiendo a que había notado cierto chispazo). Me fui del lugar con el número de teléfono y la dirección de correo electrónico de la moza”.

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José Baig reunió en un libro recetas que cocina con sus tres hijos

.-¿Volviste a Londres?

.-“Para recoger mis cosas, porque me mandaron a abrir la corresponsalía en México”.

.-Por tu cara, parece que fue mucho mejor que Miami ¿no?

.- “Es que México es el amor. Yo creo que todos los latinoamericanos somos un poco mexicanos. Recordemos que la radio venezolana tuvo durante muchos años un programa que se llamaba ‘Guitarras, mariachis y canciones’, están Juan Gabriel, El Chavo, Armando Manzanero, Cantinflas, Capulina. Todos son referentes para casi cualquiera de la región. Fui muy feliz en México. Cubrimos la victoria de Vicente Fox, vimos perder por primera vez al PRI. Pasaron muchas cosas. Entre ellas, que Cecilia, la chica de la fiesta, se vino a vivir conmigo a Ciudad de México y además encontró trabajo a las dos semanas de llegar.

En esa época empecé a prepararle platos a mi novia. Yo cocinaba de pequeño con mi madre. Le pasaba los ingredientes. Picaba verduras. La cocina es una ambiente donde me ha gustado estar siempre. En esa fase mexicana empecé a destacarme para impresionar a la muchacha que lo había dejado todo por venirse conmigo. Un tiempo después nos casamos” (risas).

.-¿Cuál fue el siguiente destino?

.- “Bogotá. Me tocó cubrir la guerrilla, el proceso de paz, la primera victoria de Álvaro Uribe, la primera Miss Colombia negra de la historia. También allí cocinaba cuando podía, como un hobbie, pero tenía muchísimo trabajo.

De Colombia nos fuimos en 2002 para vivir en Buenos Aires. Allí estuvimos hasta 2004. Una ciudad hermosa, un país en el poscorralito, con unas crisis económica muy profunda. Muchos frentes abiertos. Cubrí la victoria de un señor entonces muy desconocido llamado Néstor Kirchner.

En lo personal la etapa argentina la recuerdo un poco de tristeza porque vivimos cosas duras. Falleció mi suegra, intentamos tener bebés y tuvimos dos pérdidas. Tuvimos muchos duelos. Sin embargo, de Argentina saltamos a Londres de nuevo y en 2004 nació nuestro hijo Manuel. Después en 2006 llegó Yolanda y en 2007 vino Jorge en Miami.

Entre 2006 y 2009 volví a Miami, pero ya con mi familia. Fue otra experiencia migratoria, otra vida distinta a la del ’96 y con muchas más herramientas para enfrentar la migración”.

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Los niños aprenden cosas como picar, pelar,  calentar y la calidad de la comida

.-¿En 2009 dejas la BBC?

.-“Sí, después de trece años y esa cantidad de países y coberturas. La cadena dejó de hacer radio en español y yo no vi lugar para mí. Así que me fui a Cataluña, de donde es mi padre. Allí estudié cocina, empecé el blog La Cocinita de Papá, daba clases de radio en un máster, empecé a correr maratones. Hasta que en 2011 me contrataron en el departamento de comunicación del Banco Mundial y nos mudamos a Washington. Una gran experiencia. Los niños creciendo en ese entorno. Allí cocinábamos también cuando podíamos. Vivimos seis años en DC, hasta 2017 que nos fuimos a Santa Cruz de la Sierra (Bolivia) donde me contrató un fondo financiero.

.- De Estados Unidos a Bolivia hay un cambio drástico, ¿no?

.-“Sí, es evidente. Los niños lo notaron y mi mujer y yo también. Vuelves a ver pobreza extrema, profundos problemas sociales. Nada desconocido para un venezolano, pero sí fue un cambio importante. Duró poco. Nos quedamos allí hasta finales de 2018. Para enero de 2019 ya estábamos en Holanda, a donde me fui a estudiar un máster. En esa misma época empecé a escribir en el diario La Vanguardia sobre La Cocinita de Papá y la columna se llama Baig Cooking, donde hablo también de cocinar en lote.

.- Y en mayo de 2019 lanzaste el libro “La Cocinita de Papá” en Madrid.

.-“Sí, que por cierto, no fuiste a la presentación, pero no importa (risas). Hacer el libro implicó un trabajo muy cuidado por parte del diseñador y de la ilustradora. Tiene mucho detalle. Lo pensamos como un proyecto para toda la familia. Al final, cocinar con mis hijos es el mejor regalo que nos podemos hacer y una bonita manera de enseñarles. Es una gran herencia. Por muchas razones, porque aprenden de dónde vienen los alimentos, entienden la importancia de comer sano, conocen conceptos como tiempos de cocción, temperatura, calidad de las verduras, las hortalizas, formas geométricas, hacer la compra. Es una manera de que entren en contacto con mucha cosas y es un tiempo de calidad que compartes con ellos. Por eso me emociona tanto este proyecto”.

.-¿Los niños también lo ven así?

.-“Habría que preguntárselo a ellos, pero empezamos a cocinar juntos porque se acercaron a la cocina siendo muy pequeños a preguntarme qué hacía y cómo lo hacía. Yo vi una oportunidad y los integré en mis actividades culinarias. Mi madre lo hizo así conmigo y mira cuánto lo aproveché cuando viví solo por ahí. A ellos les gusta. Les hace ilusión, como se dice en España”.

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Una foto de hace unos años. Los niños estaban muy pequeños y ya ayudaban en la cocina.

.-¿El libro también vale para una pareja que no tenga hijos y no sepa cocinar?

.-“¡Claro! De hecho es superútil porque se explica todo con mucho detalle y simplicidad. Especial para quienes no cocinan. Sé que lo preguntas por ti” (risas).

.-¿Cuál es el próximo paso de La Cocinita de Papá?  ¿Un canal de Youtube?

.-“El libro sigue siendo nuestra apuesta. Está en todas las plataformas digitales y lo vamos presentando progresivamente en distintas ciudades donde vemos que hay interés. Seguiremos también con la columna en La Vanguardia y publicando en nuestra cuenta de Instagram”.

.-De todos estos países, viajes, mudanzas y migraciones, ¿qué aprendizaje te queda?

.-Esto lo vi en una película argentina. La frase la dice un italiano que vivía en Buenos Aires: “Mi corazón hace aquí tic y allá hace tac”. Esa es la vida del migrante. En cuanto asumes que casi todo lo que te pase es un aprendizaje, mejor te lo vas a pasar.

.-¿Qué consejo le darías a tantos paisanos venezolanos que están migrando recientemente?

.-Que procuren acostumbrarse lo más rápido posible a su nuevo hogar. No por ello dejarán de ser venezolanos. Que si tienen hijos no se preocupen en exceso por su adaptación. Los niños en general son muy flexibles a estos cambios y los encajan bien y aprenden un montón.

¡Ah! Y que compren el libro “La cocinita de Papá” que les va a encantar (carcajadas).

–Suena “En el boulevar de los Sueños Rotos” de Joaquín Sabina.

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El libro está disponible en plataformas digitales.
Entrevistas

Cuando entrevistan a la entrevistadora

Hace un par de semanas me escribió Alonzo Ianucci , creador de Diáspora Venezolana.

Él: «Te quiero hacer una entrevista para el canal Youtube».

Yo: «¿A mí? ¿Por?».

Él: «Te tengo en la lista desde hace años».

Yo: «¿En una lista? ¡Pero si yo no tengo ningún emprendimiento!»

Él: «Tienes una historia que contar como inmigrante y un blog donde lo cuentas».

Yo:» ¡Ah! Eso sí, y el blog, claro. Los periodistas es que solemos pensar que es mejor entrevistar que ser entrevistados. No sé. ¡Bueno, vamos a darle!».

Así que quedamos en el parque Madrid Río, muy cerca de mi casa. Llegó con su productora Andreína Monaterio. Él me saluda y lo primero que me dice es: «¿Te gusta arriba o abajo?»

Y yo: «Epa, pero ¿qué entrevista es esta? ¿Empieza fuerte, no?»

Él se sonrojó automáticamente. Me dijo: «Perdona. Si quieres hacer la entrevista en la parte de arriba o de abajo de Madrid Río»

Y yo: (risas) «¡Ah! Donde usted decida. Es su canal de youtube»

Bajamos hacia la zona del río. Allí le conté mi historia de diez años como inmigrante: por qué decidí irme de Venezuela, con qué documentación lo hice, en qué he trabajado, qué pienso de España, de los españoles y cómo ha sido mi proceso de vivir aquí.

Lo dejo por aquí a quien pueda interesar.

Cariños.

Briamel

 

Entrevistas

Beatriz López y Antonio Zamora: Una pareja de trotamundos que mezcla jamón serrano y tequeños

A propósito de San Valentín contamos la historia de amor de Beatriz y Antonio, los creadores del blog de viajes Próxima Parada La Luna 

Que se me cae la baba...
Un madrileño y una venezolana recorren el mundo y lo cuentan en su blog

Briamel González Zambrano

Cuando llego a su casa de la sierra de Galapagar (Madrid) veo a Antonio Zamora en la ventana de su cocina con harina entre las manos para dar forma a una mini-arepa, de las muchas que va a meter al horno. Él es madrileño y su mujer Beatriz López, venezolana. Ambos nos reciben (a mi novio y a mí) a mesa puesta, con jamón serrano, nata, varios tipos de queso, cachapas, tequeños y una tortilla de patatas casera.

De pronto nos sentimos como en el programa televisivo de Bertín Osborne «Mi casa es la tuya», donde visitan los hogares de las celebridades, comen manjares variados, repasan las biografías de los invitados y se ríen a carcajadas. Hemos quedado para una entrevista sobre qué significa ser un binomio multicultural, para que cuenten su historia.

La última vez que los vi estábamos en el concierto de Karina en Madrid hace unos meses. Yo los divisé a los lejos y no los pude saludar entre la multitud, pero observé en una parte del recital que él tarareaba las canciones. Beatriz me aclaró en aquél momento por teléfono: «Me quedé loca porque se sabía ‘Mi vida eres tú’ de Ruddy La Scala». Yo le respondí: «Es que ese era el tema de la telenovela Cristal que tuvo mucho éxito en España en los ochenta». Reímos.

El chispazo inicial entre Beatriz y Antonio se remonta al año 2004 donde coincidieron en una parada de “El Camino de Santiago”, una ruta que los marcaría para siempre. Ella había venido desde Venezuela sola para hacer el recorrido. Él era peregrino por sexta vez en esa ocasión. Se cruzaron, conversaron de forma casual, pero ella tenía novio y él acababa de salir de una relación muy larga.

.-¿Cómo fue ese primer encuentro? ¿Hubo química?

Antonio: «A mí me había gustado desde el primer momento, vi algo especial, pero ella había dicho que tenía novio. Yo eso lo quise respetar».

Beatriz: (risas) «A mí me había parecido majete desde el principio. Le gustaba la misma música que a mí y tenía mucha conversación. Yo hubiera querido que me diera una señal mínima, que aunque sea me tomara de la mano, pero no pasó. Así que seguí mi rumbo».

Intercambiaron dirección de correo postal y electrónico. Ella volvió a su país, donde estudió Idiomas y trabajaba como profesora de italiano. La relación con su novio caraqueño terminó. Al poco tiempo, Antonio se fue a vivir a Cracovia con una novia polaca.

Pasaron los años. Antonio y Bea se intercambiaron cartas, (sí, cartas en papel) de forma espaciada. Ella en 2008, alentada por la casi siempre tensa situación venezolana, se fue a estudiar un máster en la Universidad de Pisa.

.-¿En qué momento  retomaron el contacto?

Beatriz: «En otoño de 2009, cuando estaba por terminar su postgrado, él me escribió un comentario en una foto de Facebook que decía: “La sonrisa que mueve al mundo”. Yo pensé: «¿Qué le pasa a este tipo? ¿No y que está feliz con su polaca?”. Pues resulta que habían terminado, claro.  Retomamos el contacto por messenger. Fue como mágico. ¡En ese primer reencuentro hablamos doce horas a través del ordenador! ¡Fue una conexión impresionante!».

Antonio: «No solo fue ponernos al día de todo el tiempo que pasamos sin hablar. Fue también conversar de temas muy profundos. ¡Imagínate estar hablando desde las 8 de la tarde hasta las 8 de la mañana!  Fue frenético. Le prometí visitarla en Pisa».

Camino 2017 - Vacaciones

.-¿Y fuiste?

Beatriz: «Yo me le adelanté porque antes de ir a Pisa, él iba a hacer, una vez más, El Camino de Santiago. Hablé con sus amigos para darle una sorpresa cuando terminara el recorrido. Me planté en la Plaza del Obradoiro frente a la Catedral de Santiago a esperarlo. Yo no sabía qué pasaría al vernos. Tenía el corazón a mil. Llevábamos un par de meses hablando a diario, pero sin la parte física. Estaba muy nerviosa. Cuando nos vimos, nos abrazamos mucho»

Antonio: «Fue muy intenso. Muy bonito. ¡Cuéntale lo del anillo, Bea!»

Beatriz. «¡Ay, por favor! (risas) Es que un paseo por esos días por Santiago, él me puso un anillo de alambre y me pidió que nos casáramos, pero yo no le dí importancia, me pareció que era parte de la euforia del momento. Así que solo sonreí y continuamos andando. Suena un poco mal por mi parte, pero así pasó».

La vida juntos

Antonio cumplió su promesa de la visita a Pisa y al poco tiempo ella recogió todas sus pertenencias y volvió a Venezuela para decir a su familia que se iría a vivir a España con un cibernovio. Sus padres no daban crédito a la noticia, no creían que su hija pequeña se marcharía a la aventura, pero así fue.

Desde diciembre de 2009 Bea y Antonio viven juntos. Ella llegó solo con 500 € que eran sus ahorros.  En una primera etapa de tres años residieron en Burgos, donde él trabajaba en una gasolinera en la que ella terminaría atendiendo la barra poco tiempo después. En 2012 se trasladaron a Madrid y desde 2015 viven en su casa de la sierra donde los visitamos.

.-¿Qué tal fue la adaptación de pareja y de vivir en Burgos?

Beatriz. «La época de Burgos fue difícil, de gran aprendizaje y mucho frío.  De aprender mucho de este país, de sus costumbres, de sus códigos, del pensamiento. Lo mismo atendía a un pastor que me hablaba de sus ovejas, que a un agricultor que me contaba de su cosecha o unas prostitutas de los club de alterne cercanos a la gasolinera. Me curtí mucho en esa etapa. No nos faltaba nada, pero teníamos un presupuesto limitado y aprendes a valorar el dinero y todo lo que consigues.

Antonio es un cielo y una persona muy paciente. Nos ajustamos rápido. Yo en ese tiempo me quité las tonterías de ver las marcas de detergente, de cremas, de cada cosa que compras, algo que es muy venezolano. Asumí que si no son de marcas no tienen que ser malos productos. Crecí mucho. Miro atrás y pienso en ese aprendizaje. A veces veo a paisanos recién llegados que están en su burbuja venezolana y me parece que se están perdiendo una oportunidad maravillosa de conocer este país y a su gente».

Antonio: «Aunque soy madrileño, la ciudad me asfixia, me gusta lo rural. Yo me encontraba bien lejos del asfalto, pero ella estaba en un entorno ajeno».

Beatriz:  Ay, tan bello. Cuando llegué a Burgos me recibió con unas flores y había puesto una bandera de Venezuela grande en el salón. Una belleza.

Antonio. ¡Hombre! Era lo mínimo. No iba a tener el clima de su tierra, por lo menos quise darle ese detalle.

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La pareja en una excursión en Tenerife

.-¿Y cómo arreglaste tus papeles como extranjera o desciendes de familia europea?

Beatriz. «¡Qué va! Soy venezolana por todos lados. Cuando  llevábamos pocos  meses en Burgos llegó el momento de revisar qué hacer para tener mi documentación en regla. Estábamos en el estacionamiento del supermercado. Yo le dije que se me iba a vencer mi estancia de turista y que nos teníamos que casar. ¡Así de romántica fue nuestra pedida! (risas)».

Antonio. (risas) «¡Pero que conste que yo ya se lo había pedido con mi anillo de alambres en Santiago! Ahora en serio, para mí la diferencia entre vivir juntos y estar casados es una firma. Así que no vi ningún problema y nos casamos».

El balance de una década

El próximo mes de abril la pareja celebrará su décimo aniversario de matrimonio. Su balance de esta década juntos es muy positivo. Ella lo resume en que: “Él es más venezolano y yo más española”. Una afirmación que parece cierta porque él trabaja en las oficinas de la cadena Goiko Grill con 90 venezolanos y tiene muchos modismos y un poco de cadencia caraqueña en su acento. Ella labora en una agencia de viajes española, habla de «vosotros» y utiliza jerga madrileña.

Él trabajó en la cocina del restaurante La Cuchara y sabe preparar carne mechada, arepas (con las que nos recibió) y tequeños. Ella lo llama por teléfono para pedirle que le explique las formas de preparación. Se ríen al contar cómo se han compenetrado y solo ven ventajas en ser una pareja multicultural.

.-¿En qué sienten la diferencia de provenir de diferentes países?

Beatriz: «Tenemos muchas anécdotas idiomáticas. El día de nuestra boda le dije que recogiera los peroles, pasara el coleto y buscara algo en el gabinete. Se quedó viéndome y me dijo que no había entendido ni una palabra» (risas).

Antonio: «Nos reímos mucho y nos gustan las mismas cosas, es parte de la clave de llevarnos tan bien. Ella es muy habladora, de expresarlo todo. Yo soy más reservado, muy clásico en ese sentido, pero con los años y con la convivencia me he ido soltando.
Yo le cuento cosas de España que ella no sabe y al revés».

.-¿Y en sus familias cómo se tomaron esta historia de amor?

Beatriz. «La mía no se lo creía al principio, pero cuando lo aceptaron todo fluyó bien. Ahora, si un hijo mío me dice que se va a casar con una chica con la que retomó el contacto hace poco, me da algo. Cuando a sus padres les dijimos que nos íbamos a casar dijeron: «¿Era eso? Pensábamos que estábais embarazados» (risas).

Antonio. «Ya mis padres estaban curados de espanto. Yo me había ido antes con una pareja polaca. Así que se fiaban de mi criterio y a Bea la recibieron con mucho cariño».

Trotamundos a bordo

Además de Idiomas (especialidad en inglés e italiano), Beatriz estudió marketing de viajes y uno de los hobbies que más disfruta la pareja es viajar alrededor del mundo. Han perdido la cuenta de los países y ciudades que han visitado. Para reflejar esas aventuras y recorridos Bea  fundó en 2014 el blog ”Próxima Parada La Luna”, una bitácora donde el lector puede encontrar los relatos en destinos de América, África, Asia y Europa. Todo contado con detalle y desde la experiencia de un dúo viajero y observador. Antonio se ocupa de narrar los destinos que tengan historia y misterio.

.-¿Para qué os sirve el blog?

Beatriz: «Siempre quise ser periodista y contar historias a la gente. El blog me ha funcionado para eso, para mostrar sitios, ciudades, realidades distintas. Eso  me ha dado visibilidad, me ha abierto puertas.  Además tengo una sección llamada Venezuela en Madrid donde cuento los eventos de mis paisanos en la ciudad. Gracias al blog pertenezco a una asociación de periodistas venezolanos. De alguna manera me ha permitido cumplir mi sueño».

Antonio:  «A mí me encanta la Historia y también el misterio. Elijo rutas o destinos que tengan estos dos elementos y allí los cuentos. Somos muchos los frikis de estos temas».(risas)

.-¿Qué destinos os han impresionado más?

Beatriz: «Los tenemos claros: Islandia, Eslovenia y Canaima en Venezuela».

Antonio: «Para mí, Canaima fue como una revelación. Algo me recorrió por las venas. Te lo digo en serio. Es un lugar con una energía y una magia enorme. Creo que en otra vida fui pemón».

Pedida de mano en condiciones - Islandia 2019

La próxima parada no es la luna sino Nueva York, a donde se irán en marzo para  ver la primavera en esta ciudad. Sus próximos proyectos implican dedicarle más tiempo al blog porque dicen que quedan muchos viajes  que aún no han contado.

Para cerrar nuestro encuentro, Antonio saca unas palmeritas de chocolate hechas por él mismo y  ambos nos dejan abierta la invitación a su idílica casa en la montaña.

Madrileño en Canaima - 2013
Antonio y Bea en Canaima en el año 2013
Entrevistas

Carleth Keys: Una venezolana de Nueva York a Madrid y viceversa

La periodista nos cuenta las diferencias que ha visto entre ser inmigrante en Estados Unidos y en España.

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Carleth Keys trabajó con ancla del telediario de NY1 en Nueva York

Briamel González Zambrano

Carleth Keys se fue de Venezuela en 1999. No porque Hugo Chávez tomara el poder ese año, sino por amor. Un novio estadounidense que había conocido por internet y al que había visto en persona pocas veces la flechó de tal manera que apenas terminó la carrera se marchó a Tampa (Florida) y se casaron. Ella abandonó su vida de reportera de la sección de Tecnología en el diario “El Nacional” en Caracas. Muy atrás quedaron sus días acelerados entre la redacción, hacer su curso de inglés en el Centro Venezolano Americano (CVA), ir a sus clases de Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello y luego ir en transporte público a su casa en la otra punta de la ciudad.

Su primer trabajo en Florida fue en una fábrica de chorizo, mientras buscaba con ahínco alguna oferta laboral como periodista. La oportunidad le llegó y se alejó del olor a embutido. Para su sorpresa, pasó a estar frente a las cámaras de “Bays News 9 en español”, un canal que ya no existe, pero donde aprendió cómo moverse, leer las noticias, hacer las pausas, sonreír y estar seria frente a un telediario.

.-¿Qué tal el cambio de periodismo impreso a la televisión?

.-“Yo no sabía nada de televisión. Ni era algo que yo quisiera hacer, pero fue el trabajo que conseguí y me cambió la vida. Al principio fue raro, pero tuve grandes maestros que se tomaron el tiempo de sentarse conmigo con mucha paciencia y enseñarme cómo funcionaba todo”, dice Carleth mientras conversamos en un gélido día de enero en su piso de Madrid.

Sus siete años en Florida fueron de mucha integración con el país. En Tampa no tenía latinos en su entorno y en ese época estrechó amistades con personas locales, por lo que trabajó mucho en perfeccionar su acento en inglés. En esa etapa además adquirió la nacionalidad estadounidense, de la que se siente muy orgullosa y agradecida porque cree que la cultura del esfuerzo y el mérito propio se premia en Estados Unidos.

En 2007 su matrimonio terminó y decidió buscar trabajo en Nueva York. Otra vez dejaba todo atrás para recomenzar. Sin contactos, sin amigos ni familia. Fue a una entrevista y a las pocas semanas le dieron el puesto en “NY1 Noticias”.

.-¿Cómo fue ese nuevo comienzo?

.-“Con mucho nervio porque no conocía a nadie, pero con mucha ilusión y ganas. Fue lo mejor que pude hacer. Los primeros días llamé por teléfono al Ayuntamiento para presentarme porque cubriría esa fuente. La persona que me atendió me preguntó de dónde era y le dije que venezolana. Entonces me comentó que había una paisana en la oficina de prensa. Me la presentó y ella ese mismo día me dijo que si quería ir a una fiesta, que me presentaría a mucha gente. Todas las personas que conocí esa noche son mis entrañables amigos de Nueva York.

Es una ciudad de inmigrantes, donde nadie tiene a su círculo familiar cerca. Entonces aprendes rápido que tus amistades se convierten en tu familia. Con ellos pasas los Días de Acción de Gracias, navidades y fechas importantes. Ellos son tus afectos más cercanos”, comenta.

En la Gran Manzana tuvo una etapa de trabajo frenético. Admite que se volvió workaholic. Además “NY1” también se hizo colaboradora de “Yahoo Moda”, que la llevó a alfombras rojas para entrevistas estrellas de Hollywood y grandes diseñadores.

“Yo no paraba. Trabajaba 24/7 sin descanso. Una vez mis amigos me prepararon una fiesta sorpresa por mi cumpleaños y no llegué porque un avión había caído sobre el río Hudson y yo lo estaba retransmitiendo en directo, porque además se veía desde las ventanas del canal. Así era mi vida de reportera. Yo vivía por y para las noticias: Elecciones, visitas del Papa, moda, estrenos de cine. Al final esa ciudad es la capital del mundo y todo pasa allí”.

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Y en Nueva York llegó de nuevo el amor.  Se enamoró de un español que se convirtió en su actual esposo y que en 2014, cuando nació su primer hijo, le hizo una propuesta. “Vinimos a Madrid a que yo pasara la baja de maternidad. Al volver a Nueva York, tendría en el canal un mejor cargo y mejores condiciones que había negociado mi agente antes de mi embarazo, pero nunca volví.  Decidimos quedarnos en España para que el niño estuviera cerca de sus abuelos, que creciera rodeado de familia. Renuncié por teléfono. Dije que me quedaba en España para ser mamá. Lloré mucho. Sentía que era un suicido profesional”, recuerda.

.- ¿Qué cambio sentiste en 2014 al convertirte en inmigrante  en España?

.-“Un cambio de velocidad total. Aquí las cosas ocurren a otro ritmo, mucho más pausado. La vida es más desacelerada. Al principio eso me costó mucho. Yo quería las cosas para ayer y eso no se podía. Es otra sociedad. El madrileño quiere además su tapa, su caña, ir de marcha, pero no te invita a su casa ni te presenta a su familia inmediatamente. Se reserva ese espacio, lo cuida mucho. No como los latinos que en seguida queremos integrar a nuestros amigos a nuestro entorno familiar, que nos parece lo más natural.

Me costó hacerme a Madrid por eso. Mis amigos de aquí al final son un circulo de expatriados también. Gente de Estados Unidos y hasta Japón. Mi suegra es estadounidense. Lleva 50 años viviendo en España y sus amigos son de otras partes del mundo”.

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Carleth en su faceta de corredora

.-¿Entonces sientes que no te integraste del todo a España?

.-“Sí, lo conseguí, pero me tomó un tiempo. Empecé a correr como una forma de entrenamiento y así he conocido mucha gente. Cuando tienes hijos también amplías el círculo, pero es un proceso más lento. Sin embargo, a día de hoy estoy enamorada de Madrid, de España y de toda la cultura.

Me gusta mucho este país. Aunque en la parte laboral no tuve lo que quise, que era trabajar en la tele. En los canales no hay diversidad, de momento. Si ves las noticias en Estados Unidos hay negros, chinos,árabes, indios, latinos. Aquí no funciona así. Te dicen que hay diversidad porque la chica del tiempo es de Canarias, por ejemplo, pero la realidad es que no hay esa cultura.

Si volviera a trabajar en unos años me plantearía hacer algo propio y detrás de las cámaras. He descubierto que hacer documentales, por ejemplo, me gusta mucho. Ahora mismo lo hago como un hobby y me encanta».

.-Has vuelto a Nueva York hace cinco meses porque el trabajo de tu marido lo envió de nuevo para allá. ¿Qué tal el reencuentro con la “Big City”?

.-(Risas) La sigo queriendo. Sin embargo, ahora tengo dos hijos así que no la puedo vivir con la intensidad de antes. Con los niños las prioridades cambian y echo mucho de menos mi vida pausada de Madrid. La gente en Nueva York vive para el trabajo y yo ya no estoy en ese punto. En Nueva York sigo corriendo y es algo que disfruto mucho, además de mi trabajo de madre que es el más exigente que he tenido.

El tema es que en España se aprecia el gusto de la vida. En Estados Unidos se vive para el trabajo. Veo a mis amigos inmersos del todo en sus trabajos, perdiéndose ver a sus niños crecer porque no les da tiempo de nada. No es lo que quiero para mí.

Es curioso, pero con  lo que me costó adaptarme a España, a mi vida tranquila, ahora mi mayor ilusión es volver a Madrid. Supongo que pasaremos unos años aquí y luego ya se verá. La vida está llena de sorpresas”.

Por lo pronto, volverá a Madrid en abril para correr la maratón y disfrutar de la primavera.

Mas información sobre Carleth en https://www.carlethkeys.com/

Instagram: https://www.instagram.com/carlethkeys/

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La familia de Carleth al completo.
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Mis primeros 10 años en España

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Briamel González Zambrano

Hoy es mi décimo Madriversario. Cumplo diez años viviendo en Madrid. Llegué a esta ciudad en un vuelo de Air Europa en diciembre de 2009. Traje mis dos maletas y mis diez kilogramos de equipaje de mano, además de mi viejo ordenador. Me dejó en  Maiquetía un gran amigo. Ya de mi familia me había despedido en el aeropuerto de Puerto Ordaz, aunque en Caracas estaba mi vida, mis amigos, mi hermana, mi trabajo y mis bártulos.

En Madrid me esperaba mi primer invierno, mis amigos de la universidad que ya vivían aquí y mi nueva vida de estudiante de máster de Periodismo. En Cádiz estaban mi hermana, mi cuñado y mis sobrinos. Hubo tantas primeras veces durante aquellos meses que hoy me sacan una sonrisa. Primeras botas, primer abrigo, primeros días de clases en la universidad, primera nevada, primer contacto con la política española, primeros viajes a la sierra madrileña y tanta expectativa como cabía en mi imaginación.

Pasado este tiempo (que no sé si es mucho o muy poco, pero es el que llevo) lo que puedo decir es ha sido de aprendizaje y transformación. Personal, profesional, espiritual. Todos los aspectos de la vida se trastocan viviendo lejos de tu entorno. Eso no es una decisión. Es un hecho. Desde el principio, y pasada una década, lo que hago es agradecer por esta oportunidad, este viaje y la dicha de vivir en este país que tantas cosas me ha dado, incluso en estos años en los que ha pasado por crisis muy profundas.

Podría hablar con la Briamel de 2009 que estaba a punto de abordar aquel avión. Decirle que aprenderá mucho, que sus neuronas se moverán, que vivirá intensamente, que viajará, que adelgazará mucho y luego engordará, que se enamorará y que construirá una nueva historia. Podría decirlo todo eso, pero ella ya había decidido vivir todo lo que le tocara y lo haría, en efecto, con ilusión.

En un punto de este camino de diez años, por allá en 2013, decidí escribir este blog para contar mi experiencia migratoria, lo que pensaba de este país y del mío, el que dejé a 7 mil kilómetros con un mar de por medio. Justo este año es cuando menos he escrito en La Rorra en el teclado, aunque he publicado mucho en la cuenta de Instagram.

Aprovecho mi décimo Madriversario para presentaros en nuevo logo del blog (ver arriba) que me ha diseñado un profesional con mucho cariño, contaros que nos hemos mudado aquí a wordpress y que hay planes muy bonitos para 2020 que os iré contando. Son planes de esos que se escriben en la lista de deseos y que pienso cumplir.

GRACIAS enormes a quienes se han pasado por estas líneas y que han sido  más de 130 mil, según las estadísticas.

GRACIAS a todos los que me han apoyado en esta década. Han sido tantos, desde mis amados amigos (en Venezuela, en España y en el mundo) , mi familia, mi amor y los nuevos amigos hechos en este camino.

GRACIAS a España

GRACIAS a Venezuela.

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Aquí en una de mis primeras clases del máster en Madrid. Jugando a hacer un telediario. 

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Esta imagen me la tomó la fotógrafa Génesis Rojas en Madrid Río el verano pasado
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Un lugar reconocible

Briamel González Zambrano

Salí esta semana con una pareja de amigos y ella me decía que lleva siete años en España y nunca ha vuelto a Venezuela. Que echa de menos muchas cosas y que iría mañana de visita si las circunstancias se lo permitieran. Su marido, en cambio, negaba con la cabeza y dijo:

.-¿Cómo vamos a llevar a nuestros hijos para allá? ¿Cómo vamos a pasar nuestras vacaciones en un lugar donde no hay agua, no hay electricidad, no sabes cuánto cuestan las cosas, no hay seguridad ni comida? ¿Cómo vamos a ir a un sitio donde no funciona la sanidad? Un lugar de donde la gente sale caminando por la frontera porque no aguanta más. Hay que dar margen para que todo mejore un poco y entonces vamos.

Ella respondió:

.-Se nos van pasando los años dando ese margen y yo lo que quiero es abrazar a mis padres y a mis hermanos.

Yo, que estoy de acuerdo con el marido, me quedé conmovida. Estuve pensando en toda la gente que vive esa saudade perenne, esas ganas de abrazo apretado, ese duelo de no entender del todo qué hace tan lejos de su casa,cuando allí están sus familiares más queridos y su corazón sigue latiendo a la mitad.

En breve cumpliré cuatro años sin ir al país. En este tiempo han pasado tantas cosas que creo que si fuera hoy una buena parte me resultaría desconocida, como un tío muy querido al que llevas años sin ver y te sorprenden los cambios que la edad ha hecho en su físico. No entiendo la moneda, ni he visto nunca los billetes nuevos, no sé cuánto valen las cosas, no he visto en directo las colas para la gasolina, la delgadez de todo el mundo, las yincanas para comprar comida o medicamentos, la falta de suministro eléctrico. «Aunque lo veas en las noticias, una cosa es leerlo y otra vivirlo», me repite mi madre.

Otra amiga fue en marzo a Caracas en medio de los apagones y volvió tan espantada que dice que no regresará jamás, que no comprende la ciudad (como si alguien la comprendiese), que no entiende el funcionamiento de nada, que pasó días sin poder salir de casa por la falta de agua y luz.

¿Cuánto nos han desdibujado al terruño a quienes nos fuimos y a quienes siguen allí? ¿Cuánto lo han destruido? Me da por voltear las preguntar y pensar: ¿Qué aspectos de la vida no ha tocado la demolición nacional? La respuesta sale sola aunque no aplique para todos: A los afectos más profundos. Ese es el lugar reconocible, fulgurante, espacioso, inmenso.  Por ellos, hay quien siempre tiene ganas de volver de visita sin importar las penurias. Esa es la fuerza más poderosa, la del amor.

 

 

Texto recomendado:

El Apagón, un podcast de Radio Ambulante.

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"La hija de la española" , una muestra del país como perenne demolición

Briamel González Zambrano

A Karina Sainz Borgo la conozco, podría decirse, que de vidas pasadas. Las dos fuimos pasantes (becarias) en la revista “Primicia”. Ella, cómo no, en la sección de Cultura y yo en la de Política. Ni la revista existe, ni el diario en papel que da nombre a la compañía que la editaba: “El Nacional”, ni la sede es la misma. “Primicia” estaba ubicada entre Puerto Escondido y  la avenida Baralt. Una zona horrenda, sucia y maloliente del centro de Caracas. Muy cerca del “Urdaneta”, el único cine porno de la ciudad, de un prostíbulo y de un sitio espantoso de comida casera al que le decían “El Mosquero”.

Un día en mi casa de Puerto Ordaz descubrí que había libros de Carlos Sainz Muñoz, el padre de Karina, debido a que el mío compartía con él la especialidad: “El Derecho Laboral”. Aquello me sacó una sonrisa al pensar en las casualidades de la vida que, por otro parte, no terminarían en esa anécdota. Han pasado más de tres lustros de aquellos inicios en el reporterismo. Desde hace años coincidimos como migrantes venezolanas en Madrid. Nos vemos en las presentaciones de libros de nuestros amigos escritores o poetas venezolanos y cuando nos visita alguna amiga en común. Karina no para de leer y escribir. Por eso no me sorprendí cuando hace un par de meses se anunció que “La hija de la española”, su primera novela, se había vendido a veintidós países y se auguraba un éxito editorial imbatible. Poco después de esa noticia nos vimos en la presentación de la reedición de “Blue Label” de Eduardo Sánchez Rugeles. La felicité y ella sonrió, pero me advirtió: “Vamos a ver cómo le va”. Me lo dijo con la sincera convicción de quién no cree en triunfos anticipados por titulares. Me lo dijo cauta, poniendo su manita abierta en señal de “Ya va, esperemos”.

A pesar de su sigilo, yo no tuve dudas. No solo por el talento de Sainz, sino por su perseverancia, su fuerza.  La historia que cuenta “La hija de la española” es venezolana sí, aunque solo aparezca el nombre del país unas pocas veces, pero también es, a su manera, universal. Se respiran Caracas y Ocumare. También aparecen Madrid y Galicia. Adelaida Falcón cuenta la historia de su madre homónima y la suya somo superviviente de un entorno hostil y atroz como el de la Venezuela en protestas, apagones y comandos parapoliciales que asechan a ciudadanos civiles que protestan por un lugar mejor donde vivir. Es en esa lucha intestina y en el escenario complejo y absurdo donde el lector encontrará el espacio para acompañar a Falcón en su travesía y ver cómo desentraña dilemas y toma decisiones.

 Hay personajes que te recuerdan a cualquier amigo que tengas que sea hijo de inmigrantes, al portugués de la panadería, al italiano del taller y al gallego de la tasca. Hay anécdotas íntimas que hacen pensar en la tía solterona y en las miles de madres solteras que criaron solas a varios hijos, a las que nunca se les conoció pareja y de repente te sorprenden con su prole. Hay pasajes que te llevan a aquellas calles caraqueñas fétidas donde vimos sangre, muerte y oscuridad. Donde todo se torció, donde el gas lacrimógeno desdibujó todo y nos hizo picar los ojos y la garganta. Hay escenas donde ves retratadas a Lina Ron y a Iris Varela. No importa si no sabes quiénes son ellas, las de la vida real. Las que pinta Karina son igual de espantosas y violentas. Sainz dibuja la desolladura que es el país, la herida, la cicatriz y también la idea del crimen, el latrocinio y la demolición, como eslogan constante de una pesadilla que tiene a una nación secuestrada y sin poder pagar aún su rescate, sin conseguir su liberación.

Cuando empecé a leer la novela se lo comenté por Twitter a su autora. Ella, de nuevo, fue considerada con mi yo lectora. “Si estás bajita de ánimo, ve con cuidado”, me dijo. Así que,  aunque no estaba decaída, le hice caso y alterné la lectura con otros textos. Un par de amigas se la habían leído con fruición y en tan solo dos noches. Yo, a propósito, quise saborearla lentamente. Como si fuera un chocolate caliente. Poco a poco, sorbiendo el dulzor y la amargura.

Me encontré entonces en la novela con este párrafo que compartí en el chat con mis amigos del colegio (el 90% de ellos son hijos de inmigrantes europeos llegados a mi natal Puerto Ordaz entre los años 60 y 70) y debatimos:

“Nací y crecí en un país que recibió a hombres y mujeres de otra tierra. Sastres, panaderos, albañiles, plomeros, tenderos, comerciantes. Españoles, portugueses, italianos y algunos alemanes que fueron a buscar al fin del mundo un sitio donde volver a inventar el hielo. Pero la ciudad comenzó a vaciarse. Los hijos de aquellos inmigrantes, gente que se parecía poco a sus apellidos, emprendían la vuelta para buscar en los países de otros la cepa con la que se construyó la suya. Yo, en cambio, no tenía nada de eso”.

Ese párrafo me representa y a tantos y tantos que sin papeles ni abuelos extranjeros han partido a otro lugar, llevando para siempre y aún sin querer, una cicatriz y una alegría, un estandarte de mar, montañas, sueños y dolor. Una uve y una curita para que no escueza tanto en la distancia. Una esperanza.

Gracias Karina por el chocolate caliente, aunque haya quemado un poco.

 

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El país es

Briamel González Zambrano

El país en un sobresalto. Una taquicardia. Un reflujo que te despierta en la madrugada, te hace tener pesadillas y te da la sensación de que vas a vomitar fuego.

El país es una interrogante. Cuando nos preguntan sobre él no sabemos explicar bien lo que ocurre porque hay que dar contexto histórico, causas, consecuencias, características. Así como nos enseñaron en el colegio.  Describir, pintar y contar un país cuando estás lejos para que tus amigos comprendan la ignominia y el terror. Para que les quede claro que no hay ropaje ideológico que justifique la inseguridad, la violencia, el hambre y la megainflación.

El país es oscuridad. Dejaron al 70% del territorio sin suministro eléctrico, generando caos, angustia, pérdidas y dolor. Soy del estado Bolívar, donde están las centrales hidroeléctricas más potentes y este escenario de tinieblas no nos extraña porque sabemos de la falta de mantenimiento de turbinas, sistemas e infraestructuras. En algunas zonas persisten los apagones y no se augura pronto una solución general. Las consecuencias de las fallas de electricidad están siendo tremendas y devastadoras para todos. Leo que a la gente se le está quebrando la salud, el ánimo y las emociones.

El país es sombra e insomnio. Con la detención de activistas y periodistas acusados en programas de la televisión pública, sin pruebas, sin delito, sin debido proceso y con mucha saña.  Ver la fuerza de portavoces de todo el mundo exigiendo libertad da sosiego. Ver que los dejen libres devuelve el alma al cuerpo.

El país es luz. La contrapartida del corte eléctrico y la ignominia es la esperanza rabiosa de la gente. La ilusión y terquedad furiosa del que sigue allí para ver el final del horror, contarlo y participar en la reconstrucción.  El brillo de venezolanos que tienen proyectos pintados, escritos y en su cabeza para cuando el oprobio se acabe. La fuerza que veo en amigos queridos que saben que hacer refulgir al país decente tomará tiempo, pero no les importa porque quieren hacer  y estar ahí.

El país es resplandor porque en todos los lugares del mundo a donde ha llegado un venezolano se está contando esta historia de infamia que vive Venezuela y a la vez se muestra el tesón de quienes nos hemos ido y trabajamos por integrarnos en nuevas culturas sin olvidar la nuestra.

Me aferro al brillo, a la esperanza. No como un acto de negación del ultraje y la indolencia. Sino como reafirmación de que podremos acabar con eso. El país es eso también. La insistencia en que todo puede ser mejor.

Las centrales hidroeléctricas están ubicadas en el estado Bolívar.

 

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Un contencioso sin resolver

Briamel González Zambrano

En Navidad se suele alborotar la nostalgia (según el diccionario de la Real Academia Española la nostalgia es 1.- La pena de verse ausente de la patria, de los deudos o de los amigos. 2.- Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida).  Entre los adornos, los anuncios publicitarios y que se supone que hay que tener un ánimo determinado porque es una temporada del año para estar feliz. Uno de lo que se acuerda es de que está lejos de los suyos, que atrás quedaron otros tiempos (como es natural, desde luego), que llevas años sin ver a mucha gente que amas, que hay un sol resplandeciente, calor y playa y tú estás lejos de todo aquello. Pero no, yo lucho contra la mentada señora. Recuerdo que mi vida está aquí, mi ahora es aquí y también mi alegría.

Tengo un contencioso con la nostalgia desde hace muchos años. Nos miramos de frente, pero yo la quiero lejos, como si fuera una apestada. Le reviro los ojos. Le cierro las puertas. Ella busca colarse por las ventanas. Se me aparece disfrazada en forma de arepa, en una canción, en un libro, en una hallaca con un lindo poema de mi amiga Adriana Bertorelli, en un pan de jamón y hasta en las respuestas que doy cuando algún amigo español me pregunta algún dato sobre Venezuela (desde cuánto petróleo se produce hasta por qué se han ido millones de personas del país). Yo la vuelvo a ver  y le digo: “Quieta. Atrás, vete lejos y no vuelvas. No echo de menos ni las cuñas de navidad de los viejos canales de televisión, ni Guaco a todas horas, ni a Nancy Ramos y su: «Voy corriendo a mi casa a abrazar a mi mamá», ni a José Feliciano, ni Vos Veis (ahora San Luis) y su «Navidad y yo tan lejos»,  ni que se vaya la electricidad, que los supermercados estén repletos de escasez o que no funcione internet. Así que déjame tranquila y lárgate. No quiero echar de menos algo que ya no existe”. La tipa es terca. Yo también.

Hay un momento de diciembre en que ella siempre me gana. Y yo claudicante, le regalo esa pellizco de victoria momentánea, porque en el fondo es el día en el que ella baila y yo…me achicopalo un poco. Cada 31 de diciembre que echo de menos a mi madre, a mis hermanos, a mis tíos y primos, a mis amigos (aunque me queden pocos en Venezuela), a las maletas corriendo por la calle Venecia, el ruido, la música, la guitarra y el cuatro en mi casa siempre sonando. Cada 31 de diciembre que pienso en que mi padre ya no está en este mundo para, aunque sea, cantarme por teléfono y decirme que me abrigue, que debe hacer mucho frío en España. Cada 31 de diciembre flaqueo, me pongo tontorrona, lloro un poco, quedamente. Mi amor me abraza fuerte. Se me pasa. Porque el 1 de enero ya estoy fuerte y a la tipa esa, la nostalgia, no le doy ni agua.

Deseo que la mantengan a raya, que celebren la vida en el nuevo destino, que agradezcan, que abracen, que festejen y que por su puesto tengan: ¡Felices Fiestas!

El árbol del Parque de la Navidad en Puerto Ordaz, Venezuela.